Ministra Lincolao, la pobreza no es un regalo
por Maritza Ortega Palavecinos (Chile)
15 mins atrás 10 min lectura
23 de abril de 2026
Ministra Lincolao, la pobreza no es un regalo: es una deuda para las personas y un desafío diario para el Trabajo Social
Yo también fui pobre. Lo digo así, directo, porque importa que se sepa desde dónde escribo. Crecí sabiendo lo que es mirar para el lado cuando alguien pregunta si quieres algo, para no tener que decir que no hay plata. Sé lo que es no tener para la micro y caminar paraderos de más, contando las cuadras para no llegar tarde. Trabajé desde los trece años para aportar en la casa, no porque fuera un valor familiar bonito, sino porque no había otra opción. Llegué a ser trabajadora social por mérito, sí – por esfuerzo, por sacrificio, por noches estudiando con cansancio encima. Pero jamás diría que llegué hasta aquí porque la pobreza fue un regalo. Eso sería mentira. Y sería una burla.
Porque un regalo, por definición, es algo que se entrega con afecto, que se recibe con alegría, que suma a quien lo recibe. Un regalo es voluntario, es generoso, es bienvenido. La pobreza no es ninguna de esas cosas. Es una condición que no se elige, que no se agradece, que no suma: resta. Resta tiempo, resta oportunidades, resta salud, resta futuro. Los regalos son una sorpresa. La pobreza es una herencia. Y nadie hereda lo que no le dejaron.
Una burla, especialmente, para todas las personas que hicieron el mismo camino que yo – o uno más difícil – y siguen siendo pobres. Porque ese es el dato que la narrativa del «yo pude, tú puedes» siempre olvida: la mayoría no llega. No porque no quiera, no porque no se esfuerce, sino porque la pobreza no es una prueba que se supera con suficiente voluntad. Es una condición estructural que aplasta, que agota, que cierra puertas antes de que alguien pueda tocarlas. Por eso, cuando la ministra Ximena Lincolao declaró que «uno de los mejores regalos que tuvo fue haber sido pobre», algo en mí se tensó con fuerza. No fue sorpresa. Fue reconocimiento: el de quien sabe exactamente lo que esas palabras le hacen a quienes todavía están adentro.
La pobreza no es solo la falta de dinero. Es la privación sostenida de las condiciones necesarias para vivir con dignidad – acceso a salud oportuna, a educación de calidad, a vivienda segura, a alimentación suficiente. En su dimensión más profunda, es la suma de múltiples carencias que se refuerzan entre sí y se transmiten de generación en generación. Y aquí aparece la palabra que más importa: dignidad. La dignidad es el valor intrínseco que tiene toda persona por el solo hecho de existir. No se gana. No se merece. No depende del esfuerzo ni del origen. Es anterior a todo logro y posterior a todo fracaso. Una sociedad que respeta la dignidad humana construye condiciones para que nadie tenga que «superar» la pobreza como prueba de su valía. La combate porque su sola existencia es una afrenta a ese valor.
Hay algo, sin embargo, que las definiciones técnicas no alcanzan a capturar: el miedo. El miedo cotidiano, permanente, que habita en los cuerpos de quienes no saben si al final del mes habrá algo en la olla. El miedo de la madre que escucha un golpe en la puerta y no sabe si es el cobrador o el arrendador. El miedo del niño que aprende muy temprano a leer el estado de ánimo de sus padres antes de pedir cualquier cosa, porque sabe que pedir puede desencadenar una crisis. La neurociencia lo ha documentado con claridad: la pobreza sostenida altera el desarrollo cerebral, eleva el cortisol, afecta la memoria y la capacidad de tomar decisiones. No es metáfora. Es biología. La pobreza se inscribe en el cuerpo de formas que ninguna voluntad individual puede revertir sola. Ese miedo no es una etapa. Para muchos, es una condición de vida permanente.
Lo sé porque lo he visto de cerca, durante más de 15 años, en mi trabajo. He acompañado a personas en situación de calle – no la imagen “romántica” del que eligió vivir diferente, sino hombres y mujeres que llegaron ahí después de una cadena de pérdidas: el trabajo, la vivienda, la familia, la salud mental, la dignidad en pedazos. Vivir en la calle significa dormir con un ojo abierto, porque el cuerpo es territorio sin protección. Significa que enfermarse puede ser mortal no porque la enfermedad sea grave, sino porque no hay techo desde donde pedir ayuda, ni dirección que poner en un formulario, ni número al que llamar. La situación de calle no es una elección ni una escuela de vida. Es el resultado de un sistema que no sostuvo a tiempo a una persona que estaba cayendo. Y tiene un nombre más honesto que «vulnerabilidad»: se llama abandono.
Ese abandono también tiene dirección. Lo he visto en los pasillos de los hospitales públicos: una persona mayor, sola, en una camilla, con una bolsa plástica con sus pocas pertenencias bajo la cama. Sin quien pregunte por ella. Cuando uno indaga, la historia se repite con variaciones mínimas: vivía sola, los hijos no pueden venir porque perder el turno significa perder el trabajo, no hay recursos para un cuidador, no hay red. La pobreza no solo empobrece el presente. Empobrece la vejez. Empobrece la enfermedad. Empobrece la muerte. Y lo que más duele es que ese abandono en los hospitales muchas veces no es crueldad – es también pobreza, la de los hijos que tampoco tienen cómo estar ahí sin hundir lo poco que sostienen. La pobreza no es individual. Se expande, contamina los vínculos, rompe lo que debería ser irrompible.
Pero si hay una imagen que no puedo sacudir, es la de una madre llorando porque el sistema ha determinado que sus condiciones materiales la hacen no apta para criar a su hijo. No hablo de negligencia ni de violencia. Hablo de madres que viven en una pieza compartida sin agua caliente, que no pueden comprar leche ni pañales, que trabajan turnos nocturnos en lo único que encontraron y no tienen con quién dejar a sus hijos de noche. El sistema las llama «vulnerables». Yo las llamo pobres, porque eso es lo que son – y la pobreza no es una característica de su personalidad: es una condición que la sociedad les impuso. Esas separaciones dejan marcas que duran décadas: en los hijos que crecen preguntándose por qué su madre no pudo quedarse, y en las madres que cargan una culpa que no les pertenece. La pobreza no solo quita cosas materiales. Quita la maternidad. Quita el vínculo. Quita lo que no tiene precio.
La historia de Ximena Lincolao es extraordinaria, y no lo digo con ironía. Salir de la pobreza, emigrar con quinientos dólares, construir empresas, llegar a ministra: eso no es el camino de la mayoría. Es, precisamente, la excepción. Y las excepciones no deberían convertirse en política pública ni en mensaje social. Cuando una autoridad dice que la pobreza fue un regalo – aunque lo diga desde la emoción y la gratitud personal – está, quizás sin quererlo, enviando un mensaje peligroso: que la pobreza forma el carácter, que endurece, que enseña. Que quienes no salieron de ella es porque no supieron aprovechar ese «regalo». Ese razonamiento tiene nombre: meritocracia mal aplicada. Y su consecuencia es la culpabilización silenciosa de millones de personas que no necesitan más culpa. Necesitan condiciones.
Y si aún queda alguna duda de hasta dónde lleva esa lógica, hagamos el ejercicio completo. Si la pobreza es un regalo, entonces los países que han logrado erradicarla deberían estar tristes – privados de ese don formador, sin la bendición del hambre ni la fortaleza que supuestamente entrega la escasez. Noruega, Dinamarca, Finlandia – naciones que encabezan todos los índices de bienestar, educación y calidad de vida- deberían lamentarse por no tener ese regalo que nosotros sí tenemos. Y Chile, con millones de personas en pobreza, debería sentirse afortunado. ¿Alguien lo cree realmente? ¿Alguien se lo diría a la cara a quien no tiene qué comer esta noche, a quien duerme en la calle, a la madre separada de su hijo? La sola pregunta revela la crueldad que se esconde detrás de romantizar el sufrimiento. Llamar regalo a la pobreza no es una reflexión filosófica profunda. Es una forma de mirar hacia otro lado.
Frente a todo esto, esas palabras no son solo una imprecisión. Son una cachetada. Una cachetada a quienes duermen en la calle esta noche. A quienes están solos en un pasillo de hospital. A las madres que no están con sus hijos. A las personas que hicieron el mismo camino que la ministra – o uno más largo, más oscuro – y siguen pobres, sin que nadie los entreviste ni los celebre. Son una cachetada al Trabajo Social, que existe precisamente porque la pobreza no forma: destruye, y alguien tiene que estar ahí para acompañar los pedazos. Son una cachetada a quienes, como yo, también fueron pobres y jamás lo vivimos como un regalo – porque no lo era. Y son, sobre todo, una cachetada a la dignidad: esa palabra que debería ser el centro de cualquier política pública y que se vacía de sentido cada vez que se romantiza el sufrimiento.
El Trabajo Social existe porque la pobreza no es un regalo. Existe para estar con la persona en situación de calle cuando nadie más está. Para acompañar a esa madre en el proceso más doloroso de su vida. Para sentarse al lado de ese adulto mayor abandonado en un pasillo y decirle, con presencia, que no está solo. Para hacer preguntas incómodas a un sistema que prefiere la estadística al rostro. No como acto de caridad, sino como ejercicio de derechos. Nuestra disciplina se construyó en la tensión entre asistir y transformar: no solo aliviar el sufrimiento inmediato, sino cuestionar las estructuras que lo producen. Trabajamos desde la convicción de que ninguna persona debería tener que forjarse en la escasez para merecer una vida plena.
La dignidad no se gana superando la pobreza. Es lo que tienen las personas por el solo hecho de existir, y lo que el Estado tiene la obligación de proteger. Una sociedad que respeta la dignidad no le pide a la gente que agradezca haber sido pobre. Le construye condiciones para que no tenga que serlo. Esa es la diferencia entre un relato individual y una política pública. Entre una anécdota inspiradora y una responsabilidad colectiva.
La historia de la ministra Lincolao quizás merece respeto. Es suya. Pero el cargo que ocupa no lo es: pertenece a todas las personas que el Estado debe proteger, incluidas las que hicieron su mismo camino y no llegaron al mismo lugar.
Por eso le pido, desde aquí, desde el ejercicio de esta profesión que decidí estudiar siendo pobre, y terminé con esfuerzo: cuidé las palabras. Se lo pido como trabajadora social que no trabaja sobre la pobreza desde un escritorio – sino con personas en situación de pobreza, dentro de su realidad, al lado de su dolor. Se lo pido porque conozco los rostros que hay detrás de las cifras. Porque he sostenido las manos de quienes el sistema abandonó. Porque he escuchado llorar a madres que quedan cesantes con 4 hijos que mantener. Porque he caminado pasillos de hospitales donde nadie pregunta por el paciente de la cama del fondo.
Cuando una autoridad dice que la pobreza es un regalo, todos ellos escuchan algo muy distinto. Escuchan que su dolor no cuenta. Que su miedo no importa. Que, si siguen pobres, es porque no supieron aprovechar el regalo.
Eso no es verdad.
La pobreza no es un regalo que se desaprovecha. Es una deuda que la sociedad aún no ha pagado. Y mientras no se pague, el Trabajo Social seguirá ahí – no para celebrar la adversidad, sino para acompañar a quienes la viven, exigir condiciones dignas y recordarle al Estado lo que le debe a su gente.
Decirlo en voz alta también es parte de nuestro trabajo.
*Fuente. Le Monde Diplomatique
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