¿Qué nos indica el resultado de la elección presidencial?
por Jorge Franco (Chile)
9 meses atrás 3 min lectura
17 de noviembre de 2025
Los resultados electorales del 16 de noviembre evidenciaron con meridiana claridad a lo menos tres cosas:
primero el profundo descrédito ciudadano que recae sobre las cúpulas políticas que han dominado el escenario político en las últimas décadas;
segundo lo falaz e inconducente que resulta concebir la acción política prioritariamente en términos cupulares;
tercero, lo profundamente desastroso que para fuerzas políticas que se reclaman de izquierda resulta ceder políticamente ante las presiones directas e indirectas de la clase dominante.
En efecto, el descrédito de la llamada «clase política» por su constante indolencia frente a los graves problemas que sufre la mayoría de la población, su situación de privilegio y la corrupción que prolifera en buena parte de ella es de sobra conocido. En consonancia con ello, los grandes triunfadores en la contienda electoral han sido fuerzas políticas que, pese a no contar con una estructura organizativa firmemente consolidada, buscaron y en gran parte lograron sintonizar tanto con algunas sentidas demandas ciudadanas como con la desconfianza y repudio de que es tributaria la desprestigiada «clase política» en muy amplios sectores de la población.
Fue así como la alianza de los grandes aparatos partidarios de la derecha se vio claramente sobrepasada por las candidaturas de Kast y aún de Kaiser. Y algo parecido evidenció la sorpresivamente alta votación alcanzada por la candidatura de Parisi, que en varias regiones del país alcanzó incluso la primera mayoría relativa. Cabe recordar que la alianza que respalda a Jara está compuesta nada menos que por ocho cúpulas partidarias y que dicha coalición fue impulsada por fuerzas que se reclaman de izquierda con la ilusión de «mejorar la correlación de fuerzas» pero al precio de extremar la moderación de sus propuestas programáticas.
Esto ha significado en la práctica la total desaparición de una propuesta programática que desde la izquierda desafíe seriamente el orden social existente, señalando los constantes abusos e injusticias que le son inherentes y cuyo peso inevitablemente recae sobre las espaldas del pueblo trabajador.
Por su parte, la ausencia de una candidatura presidencial capaz de expresar clara y consistentemente una alternativa de esta naturaleza contribuyó decisivamente a invisibilizar las iniciativas que algunas débiles y fragmentadas fuerzas de izquierda se empeñaron en levantar en el plano de la elección parlamentaria.
La actual inexistencia de una consistente fuerza política de izquierda, a pesar del actual descrédito del sistema político y el generalizado, y aun explosivo descontento presente en la mayor parte del pueblo trabajador, constituye un gran vacío en la escena política nacional que urge superar.
Pero una política de izquierda, para ser tal, necesita estar fundada en un conocimiento serio y profundo de la realidad social, que sustente un actuar capaz de sintonizar con el sentido común popular, evitando obedecer al mero impulso de las emociones.
En tal sentido, el criterio para medir lo pertinente de una línea de acción política revolucionaria no puede ser otro que la medida en que ella sirva para elevar los niveles de conciencia, organización y movilización popular.
Es preciso recuperar la gran capacidad de convocatoria que tiene la lucha por hacer prevalecer los intereses, derechos y aspiraciones del pueblo trabajador en el debate público. En congruencia con ello, un accionar político robusto desde una perspectiva revolucionaria no puede desconocer ni restar importancia a los eventos electorales, aunque éstos no sean más que un termómetro para evaluar los estados de conciencia política prevalecientes en la población.
Y en el escenario que se abre con el resultado que hemos conocido, tampoco podemos permanecer indiferentes o neutrales ante el eventual desenlace de la segunda vuelta de la elección presidencial. Aun cuando por la naturaleza de su programa no podemos brindar ningún apoyo político a la candidatura del mal menor, que solo aspira a administrar de mejor manera el orden social existente, lo que si se impone ante nosotros es llamar claramente a votar contra la alternativa que para el pueblo trabajador representa claramente el mal mayor.
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