Por qué las ultraderechas aman a Israel
por Daniel Kersffeld (Argentina)
5 meses atrás 7 min lectura
23 de abril de 2026
Desde hace ya varios años que las ultraderechas viven una suerte de encantamiento frente a Israel, a la que en muchos casos ven como una representación de sus máximas aspiraciones políticas. Hoy es sentido común lo que hace un par de décadas era impensable: las organizaciones ultranacionalistas convertidas en firmes actores sionistas.
Cantó, bailó, lloró, rio… En Tierra Santa, en apenas tres días, y durante los festejos por el Día de la Independencia, Javier Milei vivió un cúmulo desenfrenado de sentimientos y emociones.
En el medio, el presidente argentino se definió nuevamente como uno de los principales aliados de Benjamin Netanyahu, volvió a insertar a Argentina en un conflicto absolutamente inconveniente y que ya generó dos atentados terroristas en su historia reciente y, desde un argumento mesiánico y cultural antes que político, señaló a Irán como un enemigo al que resulta imperioso derrotar. Poco faltó para calificar a la iraní como una civilización a la que se debía eliminar, como lo expresó Donald Trump en el punto álgido de la guerra en Medio Oriente.

Lo de Milei no es una excepción: desde hace ya varios años que las ultraderechas viven una suerte de encantamiento frente a Israel, a la que en muchos casos ven como una representación de sus máximas aspiraciones políticas. Hoy es sentido común lo que hace un par de décadas era impensable: las organizaciones ultranacionalistas convertidas en firmes actores sionistas…
El enamoramiento no es reciente y fue cultivado por Israel desde hace más de veinte años, bajo una lógica predictiva envidiable que imaginó que valía la pena dejar atrás viejas heridas y, en cambio, apostar por grupos y facciones, en muchos casos marginales, pero que, con el paso del tiempo, podrían ocupar desde cargos parlamentarios a ministerios y presidencias. Pragmatismo al mil por ciento y que, sin duda, tuvo sus resultado positivos.
El detonante de este acercamiento fue el ataque a las Torrres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 y el auge del “terrorismo islámico”, una expresión que se ocupó de condensar los nuevos terrores del siglo XXI en torno a expresiones religiosas y formas atávicas de denominarlas y enfrentarlas.
El extremismo de derecha comprendió que el cambio era inevitable si querían participar libremente en el juego electoral, sin condenas sociales. Fue una prueba de fe para su definitiva aceptación dentro de los marcos legales de las democracias y de los sistemas políticos occidentales que ya comenzaban a atravesar sus propias crisis de representación.
En las organizaciones radicalizadas de la derecha se comenzó a operar un cambio de amplias consecuencias. El miedo, como factor político existencial, sufrió un redireccionamiento clave: el judío sería “tolerado” (como hicieron los viejos liberales de los siglos XVIII y XIX) y, en consecuencia, el antisemitismo sería enterrado, aunque nunca destruido o erradicado. Y en lugar del “judío” otros colectivos serían responsabilizados por irradiar terror, como sucede con la población árabe e islámica en Europa, con los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, y con los trabajadores extranjeros, de países vecinos o de la región, cuando se contemplan las variadas expresiones de las ultraderechas latinoamericanas.
Quizás el caso más representativo de este cambio ocurrió en Francia cuando en la década pasada Marine Le Pen llevó adelante el pasaje del Frente Nacional a la Agrupación Nacional para reconvertirla en una organización de extrema derecha “moderna” que, por lo tanto, ya no rechazaba (al menos públicamente) a los judíos, sino que ahora combatía a la inmigración africana y asiática. El auto de fe de la dirigente, que de ese modo expresaría su renovado compromiso con la democracia, fue la expulsión en 2015 de su propio padre, Jean Marie Le Pen, fundador del Frente Nacional y uno de los principales impulsores de la judeofobia en Francia en el último medio siglo.
El acercamiento a Israel fue el principal objetivo trazado por estas organizaciones, como prueba de su “desdemonización”. Así, ocurrió con Vox, de España; con Lega, de Italia, y con partidos de similar orientación en Países Bajos, Croacia, Finlandia, Grecia, etc. Este giro también tuvo lugar en el Partido Republicano de Estados Unidos, impulsado por la derecha y por sectores evangélicos sionistas. Por el lado israelí, fueron dirigentes ultranacionalistas como Bezalel Smotrich, Itamar Ben-Gvir y Gideon Saar, ente otros, quienes se ocuparon de tejer estas vinculaciones.
El atractivo que Israel ejerce sobre estos partidos puede medirse en varias dimensiones. En primer lugar, una visión clásica, impulsada más desde el cristianismo que desde el judaísmo, y que retoma argumentos vinculados a las Cruzadas, le otorga a esta nación un lugar de avanzada occidental en contra de los países árabes. Así, para la ultraderecha (aunque no sólo para ella) Israel debe ser sostenido a toda costa como la “última frontera” de los valores occidentales y racionales.
Por otro lado, el gobierno de Netanyahu encara como ninguna otra administración israelí la ambición de recrear una sociedad nacional a partir de una visión étnica particularista, y en la que el componente judío resulta excluyente. Es, seguramente, el aspecto más controversial en la cosmovisión actual de las ultraderechas, que hace un siglo llevaron adelante el exterminio de la población judía europea y que hoy, en cambio, defienden al ultranacionalismo israelí. Desde ya este aspecto no borra el antisemitismo histórico, sino que lo resitúa en la compleja trama generada por el quiebre de la globalización y por los nacionalismos exacerbados del siglo XXI.
Un tercer aspecto clave en la relación de las ultraderechas con Israel lo constituye la política brutal de Netanyahu contra los palestinos, pese a la amplia condena internacional y a las recomendaciones de organismos multilaterales y de derechos humanos para el urgente restablecimiento de la paz y el fin de la masacre de la población gazatí. Para los dirigentes de la extrema derecha, el Primer Ministro israelí es hoy en uno de los principales referentes del recurso armado contra civiles, enarbolando así un cuestionable imperativo de “seguridad de Estado” que, por cierto, estuvo prácticamente ausente en el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023.
No hay duda de que Milei y otros dirigentes se han dejado arropar por el misticismo y por el pensamiento religioso de sectores de la ultraderecha judía que resumen su visión del mundo en aspectos maniqueos y milenaristas, en guerras del bien contra el mal y en la recuperación de un paraíso perdido aplicando políticas económicas empobrecedoras y deshumanizantes…
Pese al esfuerzo de sus dirigentes, la vocación sionista de la extrema derecha está encontrando sus propios límites cuando se vulneran sus intereses aislacionistas y, más aún, cuando se pretende embarcar al Estado en conflictos no deseados. La actual guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán está replanteando varios ejes en la relación de estas derechas con el gobierno de Netanyahu.
De manera pública y visible, el antisemitismo tradicional de la ultraderecha está reapareciendo en la superficie en el trumpismo de MAGA y en organizaciones como Vox, colocando en entredicho a aquellos dirigentes que insisten en que sus armados políticos se han despojado de los aspectos más negativos de su pasado. En tanto que el régimen neofascista de Georgia Meloni decidió no renovar el actual acuerdo defensivo entre Italia e Israel, profundizando así la distancia con Trump.
En el fragor de una guerra cada vez más impopular, no sería extraño que las ultraderechas de Europa y de los Estados Unidos decidan alejarse progresivamente de Israel, no por pacifismo sino por intereses meramente electorales. Por suerte para Netanyahu, todavía cuenta con aliados como el mandatario argentino, que insiste en comprar un conflicto abierto con Irán, cuando sus pares ideológicos se están replanteando si es lo mejor para su propia estrategia de supervivencia política.
-Artículo enviado a piensaChile por PrensaOPAL
*Fuente: Página12
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