La soledad masculina en la vejez: un silencio que nos mata
por Andrés Kogan Valderrama (Chile)
6 meses atrás 7 min lectura
Según datos actuales sobre la realidad demográfica en Chile, el país atraviesa un rápido proceso de envejecimiento. Actualmente, el 32 % de la población tiene más de 50 años, lo que ha traído consigo consecuencias sociales muy dramáticas para las personas mayores, entre ellas la soledad no deseada y el aislamiento social. De hecho, cerca del 49 % de las personas mayores declara sentirse sola y el 56% presenta un alto riesgo de aislamiento social (1).
Si bien la evidencia muestra que las mujeres enfrentan mayores dificultades en este ámbito —debido a la desigualdad de género en ingresos, discriminación y violencias, además de la sobrecarga en el trabajo doméstico y de cuidados—, me gustaría centrarme en los varones mayores desde un enfoque de masculinidades. Este problema suele ser invisibilizado en los medios de comunicación, especialmente el rol negativo que juega la masculinidad hegemónica en él.
No es casualidad que, según datos del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, entre los hombres la prevalencia de aislamiento social sea 9 puntos porcentuales mayor para quienes no tienen pareja (58,8 %), mientras que para las mujeres este factor no genera una diferencia significativa.
Esto evidencia que la experiencia de separación o viudez genera secuelas graves en la salud de los hombres. Sumado a la cesantía, la jubilación y el propio envejecimiento, el impacto resulta devastador, ya que muchos continúan funcionando bajo lógicas insostenibles para su bienestar integral.
Desde niños se nos enseña que debemos ser autosuficientes, fuertes, productivos, independientes y estoicos, y que no debemos manifestar vulnerabilidad. Esto deriva en que muchos hombres no se autoobserven emocionalmente ni compartan sus emociones con los demás, a diferencia de lo que ocurre con mayor frecuencia entre las mujeres.
Como consecuencia, se genera una identidad masculina con redes relacionales débiles. Las amistades suelen ser funcionales (trabajo, asados, cerveza, fútbol), y la pareja termina convirtiéndose en el principal —y muchas veces único— refugio afectivo ante las dificultades de la vida (problemas de salud, cesantía, pérdidas).
Por eso, cuando los hombres se divorcian o enviudan, presentan mayores problemas de salud mental que las mujeres. La pareja era quien los sostenía emocionalmente. En cambio, muchas mujeres pueden experimentar incluso cierto alivio tras una ruptura, al liberarse de la sobrecarga de trabajo doméstico y cuidados.
No es extraño, entonces, que para el hombre sea mucho más difícil estar solo después de un divorcio o viudez: cuenta con menos redes afectivas y existe una fuerte presión social para que permanezca emparejado. Estar solo puede llevar a que se cuestione incluso su sexualidad.
En consecuencia, muchos hombres experimentan una especie de “desmasculinización” de su autoestima al llegar a la vejez, asociada a la menor fuerza física, la reducción de la virilidad percibida y los menores ingresos. Esto contribuye a que vivan menos años que las mujeres y presenten tasas de suicidio hasta cuatro veces más altas, brecha que se profundiza especialmente a partir de los 70 y 80 años.
El desafío, tanto como sociedad como desde la política pública, es promover masculinidades más saludables en la vejez, alejadas de modelos insostenibles. Se trata de permitir que los hombres acepten e integren su vulnerabilidad como parte de una inteligencia emocional que históricamente se les ha negado desarrollar.
Asimismo, es necesario cultivar y fomentar redes afectivas desde edades tempranas. Desarrollar amistades masculinas profundas, crear grupos de conversación entre varones mayores y generar espacios seguros donde se pueda hablar sin juicio sobre el cuerpo que cambia, la sexualidad que se transforma o el sentido de la vida que ya no depende del cargo ni del dinero.
No basta con programas generales de envejecimiento activo. Se requieren intervenciones específicas que acompañen a los hombres en la transición hacia la vejez: talleres de duelo, grupos de apoyo entre pares y actividades que ayuden a reconstruir lazos.
Pero también es fundamental trabajar desde la educación temprana, en los colegios, para valorar el cuidado de uno mismo y de los demás desde la infancia, dejando atrás mandatos masculinos que persiguen hasta la vejez e impiden vivir una vida más relacional, más presente, más cercana y orientada al disfrute del tiempo libre, en lugar de una retirada resignada y llena de frustración.
En definitiva, la soledad no deseada de tantos hombres mayores es el saldo pendiente de una masculinidad que priorizó la dominación y la autosuficiencia por sobre la vida y las relaciones. Romper ese ciclo no solo mejorará la calidad de vida de los hombres que hoy envejecen, sino que liberará a las generaciones más jóvenes de cargar con el mismo peso.
Es hora de construir, también en la vejez, masculinidades que cuiden la vida: la propia y la de los demás. Porque envejecer no tiene por qué ser sinónimo de soledad no deseada ni de aislamiento social. Puede ser, si nos lo proponemos, un tiempo de mayor conexión, ternura y sentido compartido.
-El autor, Andrés Kogan Valderrama, es Sociólogo, Magíster en Comunicación y Cultura Contemporánea, Diplomado en Masculinidades y Cambio Social
Nota:
1: https://www.uc.cl/noticias/soledad-no-deseada-casi-la-mitad-de-la-poblacion-mayor-declara-sentirse-en-soledad/
Más sobre el tema:
En Chile se encuentra el hombre más viejo del mundo
Se llama Celino Villanueva Jaramillo pero en Chile lo conocen como «don Celino»,tiene 121 años, cuatro más que el hombre reconocido como el más longevo del mundo por el libro Guinness.

«Don Celino» mide poco más de un metro veinte de altura y es el hombre más viejo del planeta según el gobierno chileno, que aseguró que nació el 25 de julio de 1896. Hace 121 años. Jaramillo atravesó tres siglos y es cuatro años mayor que el japonés Nabi Tajima, el hombre reconocido como el «más longevo del mundo» por el libro Guinness de los récords. El problema de Jaramillo es que perdió su certificado de nacimiento junto a todas sus pertenencias cuando su casa se incendió hace más de 20 años. No obstante, los registros oficiales confirmaron lo que decía el anciano. «Al revisar nuestros registros, Celino Villanueva Jaramillo nació efectivamente el 25 de julio de 1896, y todavía está vivo», dijo al diario británico The Guardian Jacqueline Salinas, del departamento de demografía de la oficina de estadísticas de Chile. En 2011, el entonces presidente Sebastián Piñera y su Ministro de Desarrollo Social Joaquín Lavin, incluso festejaron con él sus 115 años y le entregaron un certificado, audífonos, dos bastones y un calefactor a leña. «Lamentablemente, no hubo ofrecimiento de un especialista geriátrico al ser el humano más viejo del mundo. En Chile, esa atención está reservada a pacientes del sistema privado y Villanueva, que es pobre, tiene que ir al sistema público, que es de inferior calidad», apuntó el Guardian. La historia de Don Celino Villanueva Jaramillo
Don Celino nació en la ciudad de Río Bueno, en la Región de los Ríos, y durante la mayor parte de su vida trabajó en el campo para un terrateniente llamado Ambrosio Toledo. Cuando cumplió 80 años, lo reemplazaron por un empleado más joven y el anciano tuvo que dejar la casa que ocupaba.
Gracias a una pequeña pensión, se pudo alquilar una cabaña en la ciudad costera de Mehuín pero un incendio lo dejó en la calle y sin nada poco antes de que cumpliera cien años. Marta Ramírez, una mujer de 63 años, se apiadó de él y lo recibió en su casa «pensando que no iba a vivir mucho más». Pero ya pasaron 22 años y su huésped sigue allí, aunque ya apenas ve ni escucha. «Está casi un 90% ciego debido a sus cataratas, 85% sordo y no tiene dientes hace mucho tiempo, por lo que es muy difícil entender lo que dice», indicó The Guardian . Además un neumonía que sufrió a principios de año lo debilitó mucho. Según Marta Ramírez, don Celino «no es el mismo» desde que fue al hospital. Fuente: tn.com.ar
*Fuente: Caras y Caretas Diario
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