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El cuento inconcluso 

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érase una vez un pueblo dolido, saliendo de la miseria humana, desconsolado por no poder encontrar a sus familiares desaparecidos, por la escandalosa manera en que está repartida la riqueza, por el abismo que separa a los ricos de los pobres, por esos lugares hecho bolsa a causa de los terremotos y diluvios esperando ser reconstruidos, por los puentes que son tan débiles como los de un juego improvisado, por los hoyos en las calles, por falta de planes y soluciones para evitar inundaciones en invierno, por la contaminación producida en el aire por las grandes empresas, por la muerte de cisnes provocados por empresarios intocables, por la destrucción del medio ambiente pretendiendo derribar nuestras reservas de fuentes de agua natural, por el trato a los puebles originarios, por la droga en nuestros jóvenes.

Y – por absurdo que parezca – este mismo pueblo está lleno de esperanzas en un futuro mejor, en intentar olvidar el torturante pasado y reconstruir una patria libre, igualitaria, donde los más necesitados tengan las prioridades y con la utopía de que nuestros hijos nos superaran con una mejor educación, un mejor vivir, desde la base, desde las salas cunas hasta que se titularían algún día de la profesión que ellos mismos eligieran, sin tropiezos en el camino, sin discriminación de clases, de barrios, de regiones, donde todos los colegios contaran con los mismos recursos, las mismas ventajas y la misma calidad de profesores.

Pero la gente  ya no creía en los políticos, estaba cansado y desilusionado de tantas promesas sin cumplir, de la corrupción y del nepotismo. Este iluso pueblo necesitada un líder que no fuera político, sino alguien maternal en quien confiar a sus hijos.

Apareció ese hada madrina que nunca falta en los cuentos, y nos hizo aparecer a ella, La Belle, una mujer impecable, intachable, un mujer aguerrida, sufrida, con la enorme capacidad de entenderlo todo, con una dulce sonrisa que atrapa, que conquista, que encanta. Una mujer bella por dentro y por fuera, donde todo el pueblo la capituló como su única representante para dirigir el país.

Un amigo opositor se refería a ella como la tortuga en el árbol, o sea, qué hacía allí, cómo llegó hasta ese lugar, quién la encumbró de esa manera, pero un coro gigantesco de voces varoniles le respondió:

-La elegimos porque este pueblo necesita una visión distinta, alguien que dirija con ojos de mujer.

Mi amigo opositor no podía creer que los hombres también la apoyaran de esta manera tan categórica, entonces esta vez consultó en otro sector, repitiendo la misma pregunta a los más dolitos, a esas personas que viven, sueñan y se desviven por sus seres desaparecidos por la mano y el mando del tirano cruel,  llevando en sus pechos permanentemente el retrato de ellos. Y ante esa misma pregunta se escuchó un coro triste, cansado, valiente y fuerte, que con voz agónicamente firme respondió:

– Ella va a encontrar sus restos, y podremos darles una digna sepultura. Ella se encargará de encontrar a los culpables. Y no le exigimos que los juzgue porque eso no le compete. Sólo queremos ver sus huesos, tener la oportunidad de llevarles flores a sus tumbas, poder regarlas con nuestras lágrimas y hablarles hacia el suelo, mirando sus nombres, contarles que llevamos treinta años buscándolos.

Nos dirigimos a otro sector muy importante, a las madres de mi pueblo, y ante esa pregunta, un coro de voces finas, entonadas, unidas, como acunando, respondió dulcemente:

– Ella es maternal, va a tratar a nuestros hijos como si fueran suyos. Solamente a ella le encargaríamos el cuidado de nuestros retoños.

– ¡Confiarle a los hijos, a los seres más queridos, a los más desprotegidos, a los más débiles, al futuro de este pueblo, a la razón de nuestro existir! ¿Tanto la quieren? – se repetía el rival.

Quiero aclarar que no he terminado el cuento, que me falta esperar unos días para decidirme cuál va a ser el final. Diría yo que a más tardar la próxima semana va a estar listo. Por esas circunstancias de la vida, me siento confundida, expectante, temerosa del final. Y es por una sola razón. Ya no es por mi hijo que acaba de perder la pega, sino porque mis nietos están arriesgando sus vidas sentados frente a sus colegios con letreros que dicen:

“ ¿La Belle maternal? ¡¡¡ Ja, ja, ja !!!”

Parece una pesadilla esto que quiso ser así como algo parecido a un cuento de hadas.
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