Cuando el progreso no alcanza
por Tomás Pérez Muñoz (Chile)
4 meses atrás 3 min lectura
Nos prometieron que la razón y el progreso traerían libertad para todos. Pero mientras unos pocos concentran riqueza y poder, las mayorías siguen atrapadas en la precariedad y la exclusión. Cuando el progreso no alcanza a quienes sostienen el mundo, deja de ser esperanza y se vuelve privilegio.
«Nuestras esperanzas, en cuanto al futuro de la especie humana, pueden resumirse, en fin, en el verdadero perfeccionamiento del ser humano», escribió Nicolás de Condorcet en los años más duros de la Revolución Francesa. Aun bajo persecución política, abogó por una idea ilustrada que se constituyó como uno de los axiomas centrales de la Ilustración: la fe en el progreso. Para los ilustrados, el empleo de la razón, la ciencia como sostén del conocimiento y la educación nos empujarían, como especie, hacia la perfección.
Hoy, el mundo parece todo lo contrario a lo que debió haber sido según los ilustrados. Basta con revisar la sección de noticias internacionales para percatarse de ello. Lo anterior entra necesariamente en conflicto con el horizonte ilustrado. Sin embargo, el problema no radica únicamente en el incumplimiento de la promesa de progreso en los términos señalados, sino en que sus propias condiciones han mutado. La razón, que para los ilustrados era el eje de la emancipación humana frente a la intemperie de la ignorancia, ya no ocupa el mismo lugar.
Francisco de Goya, connotado pintor español, ilustró esto con una precisión brutal. «El sueño de la razón produce monstruos», reza uno de sus grabados más famosos. Hoy pareciera que vivimos bajo un constante ensueño de la razón. O, más bien, en los términos de la post-política en que autores como Chantal Mouffe han caracterizado el mundo actual, vemos cómo, ante la emergencia de una razón que ha perdido su vocación emancipadora y se ha vuelto fría, técnica y excluyente, el ser humano busca calor en las pasiones oscuras.

Debido al fracaso del “perfeccionamiento humano” de Condorcet y de la razón ilustrada en su dimensión material para las mayorías, la población ha abrazado una reacción iliberal de corte ultraderechista, que apunta a ejercer control frente al estado de cosas, aunque sea mediante una identidad excluyente.
Frente a este escenario, se abren dos caminos para las izquierdas comprometidas con las causas justas. Podemos ser la última línea defensora de un edificio en ruinas, como lo han sido aquellas izquierdas que se han resguardado en el consenso y han protegido con uñas y dientes la democracia liberal y sus instituciones. O bien, podemos atrevernos a redefinir el progreso humano.
Parte de la construcción de una nueva hegemonía pasa por esto último. El progreso no es un algoritmo que administre nuestra precariedad. Por el contrario, la emancipación verdadera implica también el fin de la precariedad y de toda forma de explotación.
Nuestra tarea no es pedir permiso para entrar a defender un orden ya en crisis. Hoy, precisamente, consiste en derribar sus muros para que el progreso, por fin, alcance a quienes nunca estuvieron invitados al banquete de Condorcet. Solo así la política dejará de ser la gestión en decadencia para volver a ser la herramienta de nuestra emancipación colectiva.
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