Mario Cruz Bustamante: cuando la danza se vuelve memoria
por Iván Vera-Pinto Soto (Iquique, Chile)
11 meses atrás 5 min lectura
24 de noviembre de 2025
En esta ciudad donde el viento arrastra historias antiguas y el mar parece contar lo que el desierto calla, se ha apagado una de las voces más luminosas de la cultura tarapaqueña. Mario Cruz Bustamante —bailarín, investigador, creador y maestro— partió dejando tras de sí una estela de memoria que seguirá danzando mientras exista alguien capaz de reconocer en los ritmos nortinos un hogar profundo.
Su vida fue una travesía artística guiada por una convicción insobornable: Iquique podía, y debía, ser una capital cultural para Chile.
Los de la Costa: los primeros pasos de un creador
A fines de los años 60, cuando la ciudad sobrevivía apenas con un puñado de espacios para el arte, un Mario muy joven dio sus primeros pasos formativos junto a Carlos “Cato” Aguirre, en el conjunto folklórico Los de la Costa.
Aquellas presentaciones sobre la arena, entre guitarras salitreras y el viento del litoral, encendieron en él la intuición que lo acompañaría toda la existencia: el folclor no era solo técnica, sino una manera de narrar la existencia, un acto de pertenencia y afecto por el territorio.
Quienes lo conocieron en esa época recuerdan al “bailarín con cuaderno”: siempre investigando, siempre preguntando, siempre escuchando. En el Museo Regional de Iquique, bajo la dirección de Jorge Checura, allá por los años 70, fue testigo y cómplice de largas conversaciones, de sueños que echamos a andar y de esa certeza —casi obstinada— de que la cultura debía abrir caminos en una ciudad que aún buscaba reconocerse.
Universidad del Norte: sembrar identidad
Con la vocación ya instalada, Mario fundó y dirigió el Conjunto Folclórico de la Universidad del Norte (Sede Iquique), un proyecto que permitió a decenas de jóvenes explorar la raíz nortina desde el estudio, el rigor y la creación colectiva.
Para muchos, fue allí donde comenzó a articular su visión artística más madura: investigación en terreno, lectura crítica del patrimonio y un compromiso profundo con la comunidad.
Porque hubo un tiempo en que crear era un riesgo
No tardó en llegar un periodo duro para la cultura. Porque hubo un tiempo —y no fue hace tanto— en que crear era un riesgo, y reunirse para hacer música era casi una declaración política.
En los años 80, cuando la dictadura cívico-militar intentaba uniformarlo todo bajo el miedo y una pretendida cultura nacional unitaria, surgieron en Tarapacá pequeños refugios llamados tambos: casas, patios, bodegas o galpones donde músicos, bailarines y vecinos se reunían para tocar, ensayar, conversar y, sobre todo, mantener viva la memoria.
Aquellos tambos eran pulmones clandestinos: rincones donde el arte respiraba cuando afuera faltaba el aire. Bajo el sonido de zampoñas y bombos se tejían amistades, certezas y, también, la esperanza de que el norte grande no olvidaría su propia voz.
Fue en ese contexto donde Mario impulsó la creación del conjunto Araj Pacha, integrado por jóvenes enamorados de sus raíces que recogían el pulso profundo de la tierra para convertirlo en música. Sus ensayos, muchas veces resguardados por la oscuridad del barrio, fueron parte de esa resistencia silenciosa que la dictadura no logró sofocar.
Kirqui Wayra: el viento que danza
En 1989, junto a su compañera artística Rochi Biagetti Cortez, culminó ese largo camino fundando la Compañía de Danzas Tradicionales Kirqui Wayra, bajo el alero del Teatro Municipal de Iquique.
Con este elenco recreó la memoria viva: fiestas patronales, mitos altiplánicos, ritos pampinos y relatos que sobrevivieron al silencio del desierto. Con más de cien montajes, la compañía llevó su arte por Chile, Europa y Latinoamérica.
Una dupla creativa que se volvió escuela
Mario y Rochi no solo dirigieron un conjunto: formaron una comunidad artística, una pasión inagotable. Él, incansable caminante de pampas, fiestas y barrios; ella, traductora sensible de ese universo que él recogía en terreno.
“Somos como dos partes del mismo viento”, dijo alguna vez.
Y así avanzaron: uno encontrando la raíz, la otra transformándola en lenguaje escénico.
Bajo su guía crecieron generaciones de bailarines, músicos, coreógrafos e investigadores que aún reconocen en su legado una ética del arte: respeto profundo por la raíz, rigurosidad en el estudio y un compromiso social que hacía del escenario un acto de memoria.
Embajador cultural del norte de Chile
En 2025, Kirqui Wayra llevó esa identidad a Portugal y España, danzando en plazas, teatros y festivales. La prensa europea los describió como “un estallido ritual del desierto chileno”, testimonio de la fuerza simbólica y la poesía colectiva que Mario y Rochi supieron encender y compartir con el mundo.
Un artífice para la comunidad
Mario no se limitó al escenario. Participó activamente en movimientos ciudadanos por la cultura, colaboró con la Universidad del Norte, y estuvo presente en escuelas, barrios, juntas de vecinos y espacios comunitarios.
Entendía el arte como una tarea colectiva:
“Uno no baila solo por bailar.
Uno baila con los que ya no están, con los que vendrán
y con esta tierra que todavía pide ser escuchada”.
Su partida: la danza continúa
Quienes lo conocimos guardamos aún el eco de sus conversaciones ardientes sobre la ciudad, esa visión que imaginaba un Iquique más vivo y nuestro. Conservamos también su mirada profunda, capaz de reconocer belleza en las tradiciones tarapaqueñas, como si cada gesto cotidiano resguardara un secreto antiguo que solo la sensibilidad sabía descifrar.
Por eso su partida conmueve tan hondo: porque no se va solo un sembrador inagotable, sino también un soñador de horizonte abierto, un artesano de la esperanza y un trabajador incansable de la cultura nortina que supo dejarnos un destello de luz en cada paso.
Pero queda su huella
Queda en los primeros pasos junto a Los de la Costa, en el impulso universitario que formó generaciones, en la resistencia cultural de Araj Pacha, en los montajes de Kirqui Wayra, en cada niño y joven que entendió que la identidad también se mueve, respira y se baila.
Mientras exista alguien que repita un paso aprendido de él, que convoque una danza nacida de su mirada, o que resguarde un sueño cultural que él ayudó a sembrar, la presencia de Mario Cruz Bustamante seguirá latiendo en el mundo.
Vivirá en el pulso de cada tambor, en la memoria que se hace cuerpo y movimiento, acompañándonos con ese espíritu generoso que nunca dejó de abrazar nuestras raíces tarapaqueñas.
El autor, Iván Vera-Pinto Soto, es cientista social, pedagogo y escritor
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