“Pacificación de la Araucaníaˮ: Tergiversación de una paz impuesta y opresión del pueblo Mapuche
por Jaie Michelow (Chile)
9 años atrás 5 min lectura
08 de enero de 2017
Las imágenes fueron insertadas por piensaChile y actualizadas el 27 de octubre de 2025
Este artículo, de la arqueóloga de la Universidad de Chile, Jaie Michelow fue publicado el
Concebimos la paz como un estado ideal, de plenitud, sosiego, libertad; cada pueblo tiene el derecho de buscar la paz, y para esto debe llegar a acuerdos con otros pueblos y naciones con los que cohabite. Así, estructuramos un concepto teórico de paz que implica que ésta debe ser alcanzada por acuerdo entre las partes, un contrato mutuo.
El proceso político y militar de imposición de la presencia del estado chileno en los territorios al sur del Biobío en la segunda mitad del siglo XIX ha sido denominado “pacificación de la Araucanía”[1]. En este episodio de la historia nacional, es claro como una serie de acciones planificadas y unilaterales son organizadas en torno a la idea del “bien común”, y buscando acallar las voces rebeldes, imponiendo los intereses del estado por sobre los de individuos y la comunidad indígena, velando una situación de dominio y opresión bajo la etiqueta de la paz.

En la década de 1850, Chile enfrenta una guerra civil, en la cual parte del pueblo mapuche participó dando su apoyo a uno de los bandos. Esto fue interpretado por parte de los sectores conservadores como un nuevo alzamiento indígena, el cual dejaba en evidencia la falta de soberanía en los territorios sureños. La primera respuesta oficial fue el plan del coronel Cornelio Saavedra (implementado en 1886), propuesta que consideraba la ocupación militar al sur del Biobío, la enajenación de terrenos para el estado chileno y la colonización efectiva del territorio por individuos no indígenas, asegurando la presencia nacional soberana y relegando a las comunidades indígenas a reducciones.
El Mercurio_Los bárbaros de AraucoLas incursiones militares y la aplicación sistemática de todos los esfuerzos del estado chileno por asegurar su presencia en los territorios de la Araucanía, acabaron con el diálogo bilateral establecido previamente en forma de los “parlamentos” (institución de origen colonial que asegura un tiempo y espacio de encuentro y negociación entre líderes españoles y mapuches). Desde este momento, el estado chileno rehúsa negociar acuerdos o establecer diálogo en un marco de mutuo reconocimiento y valoración, sustituyendo esta tradición que alternaba rebeliones y acuerdos de paz entre entidades equivalentes, por un nuevo sistema, impositivo y reticente al reconocimiento de los derechos y reclamos de la contraparte.
El resultado de este proceso violento (el cual no dejó de enfrentar resistencia) fue la expansión del territorio nacional de Chile al sur de Concepción, la fundación de nuevas ciudades, la enajenación de territorios por parte del estado y la reducción de los individuos y las comunidades indígenas en terrenos restringidos, limitados y aislados. Las consecuencias para el estilo de vida de las comunidades indígenas fueron nefastas, produciendo su fragmentación, empobrecimiento y amenazando su supervivencia. Las consecuencias para el estado chileno, en cambio, arrojan un balance positivo; se amplía el territorio nacional con ocupación efectiva, se abren posibilidades de nuevos recursos a explotarse. Los nuevos territorios son ofrecidos para la “colonización” por parte de voluntarios nacionales y extranjeros, y se atisba un futuro próspero para las áreas incorporadas, reduciendo la amenaza de respuesta armada por parte del mundo mapuche. Es evidente que en este caso, la única paz alcanzada, es aquella obtenida por políticos y militares en la capital, que creen haber alcanzado una solución definitiva a un conflicto de 400 años de duración y no refleja en modo alguno la situación de los actores del drama en la Araucanía.

La llamada Pacificación de la Araucanía es la etiqueta civilizada y racional con que la historia de los vencedores relata un proceso brutal, cuyo desenlace fue la pérdida total de equidad entre las partes involucradas. La situación de conflicto y tensión anterior, sostenida por cuatro siglos, si bien suponía dos frentes antagónicos, ambas partes se enfrentaban con la dignidad de ser enemigos paritarios. El balance de fuerzas garantizaba el éxito probable de cualquiera de las partes, alternando rebeliones, levantamientos, derrotas y diálogo, paces firmadas, remansos en los cuales las fronteras se volvían permeables y tanto soldados como campesinos de uno u otro bando tenían ocasión de conocerse y reconocerse como iguales. El éxito de la ocupación militar hacia fines del siglo XIX zanjó una victoria política que acabó con cualquier posibilidad de negociación entre iguales.
Una paz impuesta no es una paz real, es imposible tanto en la teoría como en la práctica; la pacificación de los territorios mapuches significó una paz opresiva, desigual, discriminatoria y expoliante; el resultado a largo plazo no fue sinónimo de plenitud y prosperidad, sino al contrario, alimentó tensiones e insatisfacciones al interior de las comunidades mapuches, lo cual ha llevado a la actual situación de conflicto entre el Estado y el mundo indígena. Cabe preguntarnos hoy si es posible enfrentar la situación desde una nueva óptica, de reconocimiento y reparación, a fin de encontrar dialogantes que sean equivalentes, para alcanzar acuerdos satisfactorios para los involucrados, en busca de una paz fructífera y duradera.
*Fuente: ElDiarioJudío
Nota
[1] Bengoa, José, 1985. Historia del Pueblo Mapuche. Historia del Pueblo Mapuche Ediciones Sur.
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