Rambal: crónica de un teatro obrero en Iquique
por Iván Vera-Pinto Soto (Iquique, Chile)
5 meses atrás 5 min lectura
03 de abril de 2026
En Iquique, donde el desierto soplaba su memoria de salitre sobre las calles y el tiempo se medía en jornadas de esfuerzo, hubo quienes encendieron una pequeña llama: la certeza de que el arte también podía habitar ese territorio. No en los salones elegantes ni en los teatros de élite, sino en espacios levantados desde la voluntad colectiva. Así nació, en 1938, el Teatro Rambal, en homenaje al director y actor español Enrique Rambal García (1889–1956).
No fue un teatro cualquiera, sino una necesidad. Los propios integrantes del conjunto lo expresaron con urgencia en su periódico:
“el Arte Regional está completamente abandonado y no tenemos ninguna clase de ayuda” (Arte y Cultura, 1938, p. 1).
Más que una queja, esta afirmación constituyó el punto de partida de una acción cultural.
La escena como respuesta
Esta agrupación artística no esperó financiamiento ni reconocimiento institucional. Se organizó desde abajo, con trabajadores, jóvenes, mujeres y niños que entendían el arte como una forma de educación. En este sentido, su experiencia dialoga con lo que Gabriel Salazar (2000) ha definido como formas de producción cultural popular autónoma, surgidas al margen de las élites y de las instituciones oficiales. En sus propias palabras: “no son de lucro personal ni colectivo” (Arte y Cultura, 1938, p. 3)
Cada velada era más que una función: era una reunión cultural. Conferencias, obras teatrales y números de variedades se mezclaban en un mismo espacio. El objetivo no era entretener, sino formar.
Había en ello una convicción profunda, casi ética: “La ciencia y el arte, son tan necesarios como el pan y el agua” (Arte y Cultura, 1938, p. 1)
Esa frase, que evocaba ideas cercanas a León Tolstoi, condensaba el espíritu del colectivo artístico: el arte como alimento del espíritu en una sociedad marcada por la desigualdad.
Los rostros del Rambal
El escenario del Rambal no estaba ocupado por profesionales consagrados, sino por trabajadores que encontraban en el teatro una extensión de su vida. Entre ellos destacaban Nemesio Ramírez, director artístico y actor; Ezequiel Miranda, director general y responsable escénico; Guillermo Hernández, secretario y actor de carácter; y Enrique Miranda, actor cómico que conectaba con el público desde el humor.
A ellos se sumaban los dramaturgos Nazario Bravo (quien también integró el Teatro Ateneo), autor de Amor sublime y Calla, corazón, y Pedro Bravo, creador de Orfandad, cuyas obras surgían de la experiencia cotidiana y dialogaban directamente con su audiencia.
Un lugar central lo ocuparon también las mujeres: Ana Alfaro, Blanca Cisternas, Marta Valdivia, Teonilda Araya y Beatriz Cortés. Actrices y organizadoras, constituyeron el sostén —muchas veces invisibilizado— del proyecto.
El propio documento no oculta el sacrificio: “no escatiman sacrificios para presentarse ante el culto público” (Arte y Cultura, 1938, p. 4), e incluso “con su alma desgarrada y su corazón oprimido tiene que presentarse al público” (p. 4).

Obras que hablaban de la vida
El repertorio del Rambal no buscaba evasión. Buscaba reflejo. En sus tablas se representaban obras como: Los Perros, de Armando Moock, Amor Sublime, Flores de Cabaret, Madre Desdichada y Orfandad .
Sobre Amor Sublime, el propio texto anticipaba: “un drama que promete… captar las simpatías de cuantos tengan la oportunidad de verlo” (Arte y Cultura, 1938, p. 3)
Eran historias de amor, pobreza, injusticia. Historias del pueblo.
El público y la preocupación por el futuro
Este elenco no solo actuaba para su comunidad; también la observaba críticamente. En particular, a los jóvenes: “Nuestra juventud no se preocupa de culturizarse” (Arte y Cultura, 1938, p. 2)
Había en esa frase una mezcla de frustración y esperanza. La cultura no solo debía existir: debía ser apropiada.
Una tradición más amplia
Esta entidad formó parte de una tradición más amplia de teatro obrero en Chile, vinculada a organizaciones sociales y espacios de sociabilidad popular. El propio documento reconoce la influencia de Eulogio Larraín, a quien describe como “una de las sobresalientes figuras que ha tenido el Arte Regional” (Arte y Cultura, 1938, p. 4).
En este sentido, el Teatro Rambal puede leerse como una expresión concreta de los procesos de reorganización sociocultural que acompañaron la transición capitalista en Chile. Tal como plantea María Angélica Illanes (2002), estos procesos no solo transformaron las estructuras económicas, sino también las formas de sociabilidad y producción cultural, abriendo espacios para iniciativas populares que buscaron disputar el acceso a la cultura.
En diálogo con ello, la existencia de esta compañía escénica puede interpretarse como una manifestación concreta de lo que Mario Garcés (2002) ha identificado como prácticas culturales de los movimientos sociales, donde el arte se configura como espacio de organización, identidad y memoria colectiva.
Cuando el telón no cae
Al final de cada función, el telón descendía lentamente, pero lo que allí ocurría no se apagaba con la escena. Persistía en la memoria de quienes miraban, en la voz de quienes actuaban, en la certeza compartida de que el arte podía abrir un lugar incluso en medio de la precariedad.
El Conjunto Rambal no dejó grandes infraestructuras ni archivos abundantes. Dejó algo más profundo: una huella colectiva, una forma de habitar la cultura desde la dignidad. Su consigna aún resuena, atravesando el tiempo como un eco persistente: “Luz y Cultura es el lema de todo hombre de progreso” (Arte y Cultura, 1938, p. 2). Y en esa frase, más que un lema, sobrevive una promesa.
-El autor, Iván Vera-Pinto Soto, es cientista social, pedagogo, dramaturgo
Referencias:
- Arte y cultura: Órgano oficial del Conjunto Enrique Rambal. (1937). Iquique: El Conjunto (Imprenta Artística).
- Garcés, M. (2002). Tomando su sitio: El movimiento de pobladores de Santiago, 1957–1970. Santiago: LOM Ediciones.
- Illanes, M. A. (2002). Chile descentrado: Formación sociocultural republicana y transición capitalista (1810–1910). Santiago: LOM Ediciones.
- Salazar, G. (2000). Labradores, peones y proletarios: Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX. Santiago: LOM Ediciones.
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