Sharon: «pacifista, héroe»…y carnicero
por Robert Fisk (Gran Bretaña)
13 años atrás 6 min lectura
¿ Por qué tanto dolor no tiene nombre
en Sabra y Shatila ?
¿ De qué me estás hablando amigo mío ?
¿ No ves que mi conciencia está tranquila ?
¿ Que tengo yo que ver con lo ocurrido
en Sabra y Shatila ?
Del poema-canción Sabra y Shatila de Alberto Cortéz
Estimados suscriptores,
La muerte efectiva de Ariel Sharon ( llevaba 8 años en coma ), dio lugar a que las agencias y grandes medios de comunicación sacaran de sus cajones las honras fúnebres preparadas con antelación a la noticia. En general, coinciden en ensalzar la trayectoria personal y militar del fallecido.
Una parte del pueblo israelí: los colonos ultras que ocupan tierras palestinas, los religiosos ortodoxos y los nacionalistas radicales, le consideran un héroe. Su decisión de retirar el ejército israelí de Gaza en el 2005, ha sido el argumento para que alguna prensa le adjudique también el calificativo de «pacemaker» (pacifista). Omiten que aquella decisión no fué un rasgo de generosidad o de comprensión. Bren Scowcroft, primer consejero de seguridad nacional del presidente Bush explicó entonces: «Sharon se retira de Gaza porque necesita dedicar la mitad de su ejército para proteger a los 8.000 colonos israelíes» (ocupantes de tierras palestinas).
Esta distorsión de la realidad sobre el personaje, apenas es rebatida en el llamado «mundo occidental». En medios palestinos sí se recuerda su crueldad, su intransigencia, su bloqueo de toda gestión dirigida a la pacificación y la convivencia.
Y las masacres, como la del campamento de refugiados de Sabra y Shatila en 1982.
Ver, por ejemplo, www.lavanguardia.com/internacional/20140111/54398009926/ariel-sharon-masacres-sabra-shatila.html
( Aquella barbarie dio lugar a que el propio gobierno israelí creara una comisión investigadora. Pocos recuerdan ya que aquel organismo, la «Comisión Kahan», dictaminó que «al señor Sharon se le considera responsable de ignorar el peligro del derrame de sangre y la venganza cuando aprobó la entrada de los falangistas a los campos de refugiados»).
Por eso, y en la modesta intención de contrarrestar la sesgada versión de la prensa sumisa, desde SERPAL compartimos con nuestros suscriptores esta nota de uno de los más reconocidos cronistas europeos, Robert Fisk, periodista y escritor inglés que ejerce la corresponsalía del diario británico «The Independent» en Medio Oriente, y vive desde hace más de 25 años en Beirut. En una columna reciente, Fisk hacía una irónica referencia a los calificativos recibidos por Sharon: «icono», «legendario», «audaz», «bulldozer», etc. En el artículo que les adjuntamos,
Fisk añade el suyo a ese perfil de Sharon: calificativo breve pero contundente: «carnicero».
Un cordial saludo,
Carlos Iaquinandi Castro
Redacción de SERPAL
SERPAL 474 – 14 >> Sharon: «pacifista, héroe» …y carnicero.
Por Robert Fisk (*)
Cualquier otro líder de Medio Oriente que sobreviviera ocho años en coma habría sido tema favorito de todos los caricaturistas del mundo. Hafez Assad habría aparecido en su lecho de muerte, ordenando a su hijo cometer masacres; Jomeini habría sido dibujado exigiendo más ejecuciones mientras su vida se prolongaba hasta el infinito. Pero en torno de Ariel Sharon –el carnicero de Sabra y Chatila para casi todo palestino– se ha tendido un silencio casi sagrado.
Maldecido en vida como asesino por muchos soldados israelíes, así como por el mundo árabe –que ha sido bastante eficaz en masacrar a su propio pueblo en años recientes–, Sharon fue respetado en sus ocho años de muerte virtual: ninguna caricatura sacrílega dañó su reputación, y sin duda recibirá el funeral de héroe y pacifista.
Así recomponemos la historia. Con qué rapidez los complacientes periodistas de Washington y Nueva York retocaron la imagen de este hombre brutal. Luego de enviar a la milicia libanesa consentida de su ejército a los campos de refugiados de Sabra y Chatila, en 1982, donde fueron masacrados hasta 1700 palestinos, una investigación realizada por el propio Israel anunció que Sharon tenía responsabilidad personal por ese baño de sangre.
Fue él quien condujo la catastrófica invasión israelí de Líbano tres meses antes, contando a su primer ministro la mentira de que sus fuerzas sólo avanzarían unos kilómetros más allá de la frontera, y luego puso sitio a Beirut, al costo de unas 17 mil vidas. Pero al reascender con lentitud en la peligrosa escalera política israelí, resurgió como primer ministro, retirando los asentamientos judíos de la Franja de Gaza y por tanto, en palabras de su vocero, poniendo en formaldehído cualquier esperanza de un Estado palestino.
Para el tiempo de su muerte política y mental, en 2006, Sharon –con ayuda de los crímenes de lesa humanidad de 2001 en Estados Unidos y su exitosa pero mendaz afirmación de que Arafat había respaldado a Bin Laden– se había convertido nada menos que en pacifista, mientras Arafat, quien hizo más concesiones a las demandas israelíes que cualquier otro dirigente palestino, era retratado como superterrorista.
El mundo olvidó que Sharon se opuso al tratado de paz de 1979 con Egipto, votó contra una retirada del sur de Líbano en 1985, se opuso a la participación israelí en la conferencia de paz de 1991 en Madrid y al voto del pleno de la Knesset a favor de los acuerdos de Oslo de 1993; se abstuvo en una votación por la paz con Jordania al año siguiente y votó contra el acuerdo de Hebron en 1997. También condenó el método de retirada de Israel de Líbano en 2000 y para 2002 había construido 34 nuevas colonias judías ilegales en tierra árabe.
¡Vaya un pacifista! Cuando un piloto israelí bombardeó un conjunto de departamentos en Gaza, matando a ocho niños junto con el mando de Hamas, que era su objetivo, Sharon describió la operación como un gran éxito, y los estadounidenses callaron, porque él se las ingenió para imbuir en sus aliados occidentales la extraña noción de que el conflicto palestino-israelí era parte de la monstruosa batalla de George W. Bush contra el terror mundial, de que Arafat era un Bin Laden y que la última guerra colonial del planeta era parte del enfrentamiento cósmico del extremismo religioso.
La pasmosa –en otras circunstancias, hilarante– respuesta política a la conducta de Sharon fue la afirmación de Bush de que el israelí era un hombre de paz. Cuando llegó a primer ministro, los perfiles en los medios no destacaban la crueldad de Sharon sino su pragmatismo, evocando una y otra vez que era conocido como El Bulldozer (“la topadora”). Y, desde luego, años después de la muerte de Sharon entrarán bulldozers de verdad a limpiar terreno árabe para más colonias judías, y así asegurarán que nunca – jamás – habrá un Estado palestino.–
* Robert Fisk es el corresponsal del diario británico The Independent en Oriente Medio. Es el corresponsal extranjero de origen británico más premiado. En su propio país, recibió en siete ocasiones el Premio al Periodista Internacional del año. Y en 1998 y 2000 recibió el premio a la prensa de Amnistía Internacional. Está considerado uno de los mayores expertos en Medio Oriente.
fuente original: http://www.independent.co.uk/voices/comment/ariel-sharon-peacemaker-hero-and-butcher-9053699.html
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