Entre Dios y el Diablo: La necesidad de imponer el catolicismo en el “Nuevo Mundo”
por Rubén A. Hernández A. (Chile)
15 años atrás 3 min lectura
En el presente artículo se analiza brevemente el interés de la Corona española por implantar con éxito el catolicismo en sus posesiones americanas, evidentemente como fundamento ideológico-espiritual del proceso de conquista y colonización, y por tanto como herramienta clave para someter a los indígenas y para forjar y consolidar una nueva cosmovisión. En primer lugar cabe aclarar, para quienes aún creen que Dios y los santos patronos ya estaban presentes en la vida espiritual de los antiguos pobladores del continente americano, que los indígenas no practicaban el culto a figuras o divinidades de origen humano; por lo general adoraban a diversos elementos medioambientales (totemismo), como montañas, lagunas, cuevas o cavernas, el sol, la luna, las estrellas, entre otros. Los aborígenes creían que estos lugares eran sagrados, y por tanto habitados por algunas entidades sobrehumanas.
Resulta obvio, entonces, que la adoración americana a Dios y a los santorales proviene de la imposición del catolicismo desde el inicio del proceso de conquista y colonización europea, y no de las creencias mágico-religiosas de los indígenas. Esta imposición respondió a la necesidad que tenían los colonizadores de dominar ideológicamente a los indígenas y de hacerles creer que como vasallos de la Corona Española debían servir a sus intereses en el “Nuevo Mundo”. Por medio de este control ideológico-religioso, los curas doctrineros y misioneros, personajes encargados de la evangelización en los territorios hispanoamericanos, intentaron, al menos de forma parcial, la erradicación de la filosofía de vida prehispánica, incluyendo las prácticas y rituales totémicos. A medida que se consolidaba el adoctrinamiento, no sólo se lograba volver más dóciles a los nativos y que aceptaran con más facilidad la enseñanza de la fe cristiana, sino que sirvieran con mayor eficiencia al orden colonial.
Ahora bien, la implantación de la religión católica en el “Nuevo Mundo” no fue precisamente un proceso fácil para las autoridades eclesiásticas. Lógicamente hubo gran resistencia de los indígenas a aceptar el evangelio en desmedro de sus tradicionales creencias mágico-religiosas, razón por la que los sacerdotes y otros funcionarios coloniales tuvieron que emplear distintos métodos y procedimientos de amenaza y presión para tratar de imponer a como diera lugar su doctrina. Entre las medidas llevadas a cabo para implantar la fe católica en nuestro continente, destacan una de tipo psicológico y otras de tipo represivo. La primera consistía fundamentalmente en hacer creer a los indígenas la existencia de un Infierno, lugar que de acuerdo a la cosmovisión católica representa la antítesis del Paraíso o del Cielo, y por lo tanto un lugar donde el fuego consume y hace sufrir horriblemente a aquellas almas condenadas por el pecado. Mediante esta especie de terrorismo psicológico, la Iglesia advertía a los naturales de que tenían que rendir culto a Dios, so pena de ser condenados al castigo eterno del Demonio o del Diablo, figura cuya morada era justamente el Infierno.
Respecto a las medidas de corte represivo, la más importante consistía en la destrucción de los santuarios (lugares en los que los indígenas depositaban ofrendas o figurillas en honor a sus deidades), y en la persecución, castigo, y en ocasiones destierro de los chamanes o mohanes (sacerdotes-médicos indígenas). Para las autoridades coloniales las creencias indígenas no eran más que hechicerías o brujerías en honor al Diablo, y en consecuencia debían ser erradicadas si se quería transformar a Hispanoamérica en un mundo “civilizado”.
Si bien la implantación del catolicismo terminó siendo exitosa y beneficiosa para la consolidación del orden hispánico en el continente americano, es importante advertir que ninguna de las medidas aplicadas por los colonizadores pudo liquidar definitivamente a la concepción de vida de los antiguos habitantes. Más aún, algunos de los elementos espirituales característicos de las sociedades aborígenes persisten en el imaginario colectivo, en especial mediante diversas festividades y manifestaciones folklóricas.
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