128 Aniversario de la muerte de Karl Marx. Discurso ante su tumba
por Friedrich Engels (Londres, Inglaterra)
15 años atrás 9 min lectura
Discurso pronunciado en inglés por F. Engels en el cementerio de
Highgate en Londres, el 17 de marzo de 1883:
El 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, dejó de
pensar el más grande pensador de nuestros días. Apenas le dejamos dos minutos
solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sillón, pero
para siempre.
Es de todo punto imposible calcular lo que el proletariado
militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este
hombre. Harto pronto se dejará sentir el vacío que ha abierto la muerte de esta
figura gigantesca.
Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza
orgánica, Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho,
tan sencillo, pero oculto bajo la maleza idológica, de que el hombre necesita,
en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer
política, ciencia, arte, religión, etc.; que, por tanto, la producción de los
medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente
fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la
cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones
jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y
con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al revés, como hasta
entonces se había venido haciendo.
Pero no es esto sólo. Marx descubrió también la ley
específica que mueve el actual modo de producción capitalista y la sociedad
burguesa creada por él . El descubrimiento de la plusvalía iluminó de pronto
estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las
de los economistas burgueses como las de los críticos socialistas, habían
vagado en las tinieblas.
Dos descubrimientos como éstos debían bastar para una vida.
Quien tenga la suerte de hacer tan sólo un descubrimiento así, ya puede
considerarse feliz. Pero no hubo un sólo campo que Marx no sometiese a
investigación -y éstos campos fueron muchos, y no se limitó a tocar de pasada
ni uno sólo- incluyendo las matemáticas, en la que no hiciese descubrimientos
originales. Tal era el hombre de ciencia.
Pero esto no era, ni con mucho, la mitad del hombre. Para
Marx, la ciencia era una fuerza histórica motriz, una fuerza revolucionaria.
Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho
en cualquier ciencia teórica y cuya aplicación práctica tal vez no podía
preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se
trataba de un descubrimiento que ejercía inmediatamente una influencia
revolucionadora en la industria y en el desarrollo histórico en general. Por
eso seguía al detalle la marcha de los descubrimientos realizados en el campo
de la electricidad, hasta los de Marcel Deprez en los últimos tiempos.
Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de
este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las
instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del
proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia
de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones
de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida.
La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una
tenacidad y un éxito como pocos.
Primera Gaceta del Rin, 1842; Vorwärts* de París, 1844;
Gaceta Alemana de Bruselas, 1847; Nueva Gaceta del Rin, 1848-1849; New York
Tribune, 1852 a
1861, a
todo lo cual hay que añadir un montón de folletos de lucha, y el trabajo en las
organizaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que, por último, nació como
remate de todo, la gran Asociación Internacional de Trabajadores, que era, en
verdad, una obra de la que su autor podía estar orgulloso, aunque no hubiera
creado ninguna otra cosa.
Por eso, Marx era el hombre más odiado y más calumniado de
su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le
expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultrademócratas,
competían a lanzar difamaciones contra él.
Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de
araña, no hacía caso de ello; sólo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo
exigía. Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la
causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde la
minas de Siberia hasta California. Y puedo atreverme a decir que si pudo tener
muchos adversarios, apenas tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivirá a
través de los siglos, y con él su obra.
Karl Marx, hace 128
años
Karl Marx nació un 5 de mayo de 1818 en Tréveris, entonces
Prusia. Filósofo, economista y político, creador del socialismo científico
estudió Derecho, Filosofía e Historia en las Universidades de Bonn y de Berlín.
Excluido de la carrera universitaria por razones políticas se dedicó al
periodismo lo que le permitió entrar en contacto con la problemática social
alemana, comprender el Estado como órgano de organización y de poder y conocer
las ideas socialistas. En París, donde emigró en 1843 se dedicó al estudio de
los socialistas utópicos franceses hasta que expulsado se trasladó a Bruselas.
En 1847 y junto con su amigo Engels ingresó en la Liga Comunista. El
estallido de la revolución de 1848 provocó su expulsión de Bélgica y tras una
breve estancia, de nuevo, en París se trasladó a Alemania. Y de nuevo, también,
tras el fracaso de la revolución fue expulsado de Alemania volvió a residir en
París y se instaló definitivamente en Londres.
Los años que siguieron fueron muy duros en cuanto a
privaciones económicas y tragedias varias familiares. Karl Marx, el agitador
alemán, el filósofo, el buen amigo de Engels, el personaje lleno de deudas y
traje sucio, el político revolucionario en perpetua mudanza y perseguido por
los acreedores vivió 34 años de su vida en Londres. Aquí escribió sus obras más
importantes, incluida El Capital. La ciudad nunca le consideró, sin embargo,
como algo verdaderamente suyo, es más a lo largo de su vida Londres le obligó a
luchar permanentemente contra la pobreza, y a su entierro asistieron sólo
veinte personas. Cuando Karl Marx llegó a Londres tenía 31 años, estaba casado
y tenía tres niños, había sido expulsado de Bruselas y de Colonia y no tenía
casi dinero. Su mujer, Jenny Von Westphalen, cuatro años mayor que él, procedía
de una familia noble, pero ninguno de los dos poseía una fortuna personal. La
única fuente de ingresos un poco regular de Marx fueron los artículos que
escribía para el periódico New York Dayli Tribune.
El Londres de la época tenía 2,5 millones de habitantes,
atravesaba una crisis de crecimiento económico y comercial, pero ya había 620
autobuses tirados por caballos. Una curiosidad, la primera estación de Metro se
inauguró veinte años antes de que muriera, y la primera escuela pública, trece
años antes. Sin embargo, las condiciones de vida eran muy difíciles para las
clases más populares. Los casos de cólera y, sobre todo, de tifus eran
frecuentes, y las condiciones higiénicas de la mayor parte de las casas,
desastrosas. La mayoría no poseían agua corriente ni instalaciones sanitarias
individuales por lo que el inicio de la vida londinense de Marx y los suyos fue
más bien desagradable. Poco después de nacer su cuarto hijo, Henry, que no
llegaría a cumplir el año, los alguaciles se presentaron en el pequeño
apartamento en el que vivían, y les expulsaron sin contemplaciones por falta de
pago.
Tras una breve estancia en un hotel en Leicester Square,
Marx decidió trasladarse al Soho. En el numero 28 de Dean Street encontraron un
apartamento de dos habitaciones, donde vivirían seis años. En esta casa nació
otra hija, que tampoco lograría superar el primer año de vida. Allí moriría
también, a los ocho años y por culpa de la tuberculosis, Edgar, un despierto
chiquillo al que su padre adoraba. En el entierro del niño, los amigos de Marx
tuvieron que arrastrarle fuera del cementerio porque quería arrojarse a la
tumba.
El apartamento de Dean Street era diminuto, absolutamente
insuficiente para una familia numerosa, incrementada con la fiel Lenchen, que
vivió siempre con ellos y con la que Marx tuvo un hijo, Henry Friedrich, que
todo el mundo atribuyó a su gran amigo Engels. Un Engels que nunca tuvo hijos,
y que aceptó la paternidad para evitar el escándalo, y que ocultó tan bien el
engaño que la mujer de Karl y sus hijas nunca lo supieron. Seis personas, tres
de ellas niños, en dos habitaciones donde el silencio y el orden resultaban
imposibles.
Marx contaba con un despacho para él solo. Sus artículos en
el periódico neoyorquino no le interesaban mucho, pero eran su única fuente de
ingresos regular. Los escribió al principio con la ayuda de Engels, porque no
se sentía suficientemente seguro con su inglés. Esta fue una de las peores
épocas de su vida. El desorden que le rodeo no le impidió acudir regularmente a
la sala de lectura del Museo Británico, donde preparó muchas de sus mejores
obras. Marx iba por las mañanas, dando un paseo a pie; se instalaba en el
pupitre 07 y estudiaba, caliente y rodeado de silencio, los libros y los
periódicos de consulta que necesitaba. La biblioteca del museo era, y es, una
de las mejores de Europa. Contaba entonces con siete millones de volúmenes y
recibía casi un millón de visitantes anuales. La sala de lectura, que se
mantiene abierta aún hoy y que sigue siendo utilizada por estudiosos y
estudiantes, tiene una gran cúpula que irradia la luz natural; pero en aquella
época, sin luz eléctrica Marx tenía que marcharse cuando empezaba a oscurecerse
a las cuatro de la tarde.
Cuando el periódico norteamericano decidió suprimir su
colaboración, Marx intentó obtener un trabajo fijo en las oficinas del
ferrocarril. Fue rechazado por culpa de su mala letra. Además era un apátrida,
porque el Reino Unido siempre le negó la ciudadanía británica. Dos pequeñas
herencias solucionaron el problema y así, a los 46 años, Marx tuvo, por primera
vez, un despacho para el solo, la familia entera se volvió a mudar a una casa
en el mismo barrio el numero 1 de Maitland Park, sus tres hijas Laura, Eleonor
y Jenny recibieron una buena educación pues fueron a escuelas privadas y
estudiaron música y danza.
*Fuente: Profesionales
PCM
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