Adios a mi madre, al pie de su tumba

Querida Mama
En nombre de mis hermanas y hermano quiero decirte estas palabras, que más que dirigidas a ti, porque tú sabes bien lo que pienso y siento, van dirigidas a los que hoy nos acompañan para darte un saludo al comienzo del camino que has emprendido.

Hermanas, Hermano, familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, les queremos agradecer el que estén aquí, compartiendo con nosotros este momento, en que despedimos los restos físicos, mortales, de nuestra madre. Y digo que despedimos los restos mortales, porque su espíritu, en forma de recuerdos, enseñanzas, emociones vividas, seguirán viviendo en cada uno de nosotros, ayudándonos a enfrentar los momentos lindos y los menos lindos de la vida, los momentos fáciles, pero también los difíciles.

En este minuto, quiero decirle a la Mama que yo no sólo agradezco el que me haya dado la vida, como puede y tiene que hacerlo todo ser humano con su madre; sino que yo quiero también agradecerle el tipo de vida que nos dio, los valores que nos inculcó, el ejemplo de vida que nos deja.

Nacimos y crecimos en una familia humilde, como las  hay por millones en nuestro país y el mundo. Pero si había algo que diferenciaba a la familia nuestra de otras, ese era el respeto y el cariño que se nos inculcaba, hacia los demás y hacia nosotros mismo. Tuvimos la suerte de crecer en una familia, que si me piden resumirla, simbolizarla en una imagen, y sin olvidar ese humor  tan propio, nuestro, de los chilenos, yo la asimilaría al escudo chileno. Si, nuestra familia, se ha parecido al escudo chileno: »Por la Razón “y” la Fuerza«. Nuestro Padre fue la Fuerza, pero afortunadamente tuvo a su lado la Razón, nuestra madre. Ella fue la Razón, la inteligencia, la capacidad de darle un rumbo y un norte a esa Fuerza tan poderosa que fue nuestro Padre. Fuerza telúrica, diría Neruda, es decir, que nace y surge del fondo de la tierra, a veces sin que nadie la espere. Fuerza que abrió la tierra siendo campesino; derribó árboles, siendo leñador; rompió rocas, siendo minero; levantó muros siendo obrero de la construcción. Ella fue la Razón que le dio cauce a esa Fuerza. Fue silencio poderoso, capaz de domar y hacer útil y fértil esa Fuerza. Fue la inteligencia. Muchas veces me he preguntado, que hubiera sido ella, si hubiera tenido la oportunidad de estudiar, de llegar a una universidad, de aprender una profesión. Ese sólo pensamiento me duele, por la injusticia que ella, y millones de otras mujeres, han vivido. Nunca la vimos discutiendo o tratando de imponer sus razones a la Fuerza, pero qué duda cabe que las decisiones inteligentes fueron impuestas por ella. De seguro que fue ella, buscando educación para nosotros, la que empujó a que nuestra familia saliera del campo y viniera a la ciudad. Qué duda cabe que fue ella, la Razón, la que nos salvo de terminar como casi todos nuestros amigos de infancia, condenados a una vida de peones sin más horizonte que la lucha por sobrevivir. Qué duda cabe que fue ella la que nos salvó de ser un número más entre las víctimas de Paine que cayeron asesinadas aquellos trágicos días después del 11 de septiembre. Era el pago que habría tenido nuestro padre, la Fuerza, por la dignidad que más de una vez mostró, defendiendo, a menudo solo, a golpes, en un medio hostil, sus deseos de justicia social.

Si de alguien conocí el cariño de niño, fue fundamentalmente de ella. Fue ella la que tuvo una paciencia única para entender y aceptar mis limitaciones y mi carácter. Fue ella la que tuvo la paciencia de enseñarme a leer, cuando las letras me parecían jeroglífos absolutamente incomprensibles; cuando las letras bailaban una danza endemoniada ante mis ojos, fue ella la que me dio la llave de la lectura y la responsable que no parara mas de leer. Era ella la que tenía el poder de aplacar mis rabias y falta de paciencia cuando trataba de construir mis propios juguetes o elevar mis volantines. Si hoy volviera a nacer y no fuera ella mi madre, lo más probable es que me recetarían Ritalin en botella familiar. Era ella la que permanecía día y noche al lado de mi cama cuando me enfermaba, cuestión que ocurría más que a menudo en mi infancia, con enfermedades que hoy me hacen sentir un superviviente de milagro.

Llevaré por siempre grabada en mi memoria las conversaciones tenidas con ella, al lado de su arteza de madera, llena de ropa. Yo le hablaba de lo que había aprendido en la escuela, de las tareas que tenía que hacer, de mis sueños, mientras ella escobillaba montañas de ropa. Hoy adulto, y luego de rodar mundo, me provoca una admiración inmensa y me cuesta entender que en esas condiciones de extrema dureza, ella tenía el cariño y la entereza suficiente para no cortar mis alas, dejándome volar. Es ella la responsable de que los sueños sean para mi nada más que metas, tras las cuales hay que trabajar para alcanzarlas.

Por eso Mama, te lo digo hoy, tú has sido la culpable de que sea y siga siendo un soñador, y que no me canse de seguir detrás de un ideal de justicia, porque nunca me dijiste que mis sueños eran imposibles, porque me enseñaste la generosidad a dar sin pedir, porque cada vez que te confidenciaba un sueño tu me respondías con una dulce sonrisa, porque tus ojos nunca brillaban más hermosos que cuando recibías mi libreta de notas.

Como olvidar Mama, tu capacidad de magia para encontrar algo que poner en la olla para darnos de comer, cuando los tiempos se ponían duros y el papá no encontraba trabajo o el pago no alcanzaba para todo lo que necesitábamos. Tú siempre encontrabas alguna papa, una cebolla, un pedazo de zapallo, en fin, algo que echar en la olla para tranquilizar el estómago de tantas crías. Jamás te escuche una queja, una maldición. Nunca olvidaré tus manos mezclando la harina, amasando el pan, preparando las empanadas, cocinando aquellas deliciosas pantrucas que calentaban nuestros estómagos de niños en los días de invierno. Yo siempre te seguía, te conversaba, te miraba  y grababa todo en mi cabeza de niño y, más tarde, cuando vinieron los años duros, los años de exilio, en la nostalgia de ti, de mi idioma, de nuestros sabores y olores, los recuerdos no sólo me mantuvieron vivo,  sino que afloraron con inmensa fuerza y me empujaron a buscar los ingredientes necesarios y me fui paso a paso, como siguiendo recetas de la nostalgia infantil, mezclándolos, preguntándome y recordando como lo hacías tú, como preparabas el pino, como estirabas las masa, y el olor y el perfume que me llegaba de no sé donde, me dijeron como había que calentar el horno y así surgieron los primeros panes amasados, las primeras empanadas, de mis manos de exiliado, llenas de nostalgia por ti. Y cerraba los ojos, comiendo y pensando en ti, en nuestra tierra, en nuestros sueños, en el día del retorno. Después, un buen día, encontré unos lindos ojos verdes y unas manos tiernas que me ayudaron a hacer la vida más cálida, más dulce, menos sólo, menos extraño y así surgieron los primeros “panes amasados chilenos, con tecnología alemana”. Fueron esos panes, aprendidos de ti, seguramente, los que me ayudaron a conquistar su corazón y luego llegaron también unas pequeñas diablitas, de ojos negros que me recordaban y me recordarán los tuyos.

Mama, ahora ya grande, después de tantas experiencias vividas, padre de 3 nietas tuyas, puedo imaginar, un poquito, lo que debes haber sufrido después del golpe, por mi ausencia.  Quiero y siento la necesidad de pedirte disculpas por esos dolores. Yo sé que ellos, esos dolores, rompieron buena parte de tu gigantesco y generoso corazón. Te pido disculpa por ello, aunque no puede ser mi culpa lo ocurrido. Nosotros sólo queríamos un país como ese que yo te confidenciaba  en nuestras conversaciones de niño, junto a la arteza: con mamás felices, con zapatos y vestidos nuevos, con casas que no se llueven, con jardín, con vacaciones junto al mar (era eso lo que yo te prometía, ¿te acuerdas?)  Se que a través de la ventana mirabas, inútilmente, verme regresar, por la mañana, la tarde, la noche, la madrugada. Me hago mil preguntas tratando de entender lo ocurrido. Me duelen profundamente tus dolores, las angustias que viviste, aunque tú –como siempre- no te quejes. Lo único que te puedo decir y prometer es que siempre haré, todo lo que esté de mi parte, para que, ojala, en nuestro país, nunca más una madre sufra lo que tú y miles de madres sufrieron.
Mama, quiero repetirte hoy, lo que ya conversamos una tarde de verano en nuestra casa. Ya adulto, he podido comprender que la violencia que vive la gente humilde tiene muchas y diferentes formas. Violencia es que una madre no tenga lo indispensable para darle a un hijo, no pueda darle la educación que desea, no pueda darle la atención médica que necesita. Pero también hay otras formas de violencia. Me duele, por ejemplo, el sólo pensar en la cantidad de años que tuviste que vivir sin tener privacidad con el papá, compartiendo la misma pieza con varios hijos, sin poder amar con la mínima libertad. No quiero que te vayas sin que sepas que yo siento como violencia lo que la vida te impuso, negándote aquello a lo que tenías derecho como mujer, como ser humano y que merecían, tú y papa; una felicidad que no tuvieron o que no fue como debiera haber sido o tuviste escasamente porque te la robaron.

Mama, gracias por tu vida, por tu cariño, por tu ejemplo. Deseo que todos nosotros, tus hijas e hijos, tus nietas y nietos, aprendamos de ti y tratemos de ser como tú, en el día a día, en la acción diaria, en el trato con los demás.

En este minuto, Mama, tal como lo dije al comienzo, quiero decirte que yo no sólo agradezco el que me hayas parido, que me hayas dado la vida, como puede y tiene que hacer todo ser humano con su madre. Yo te agradezco el ejemplo de vida que nos diste y los valores que nos inculcaste.

Te digo hasta pronto Mama, porque la vida es un ciclo, que comienza y que termina. Y nos volveremos a ver. Aunque en verdad seguimos juntos, porque sé que estás aquí, a nuestro lado.

Te doy un beso grande, como sólo tu hijo “malito de la cabeza” te lo puede dar.

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