Promoción para la guerra perpetua. ¿Nuestros dirigentes son estúpidos o creen ellos que los estúpidos somos nosotros?
por Mike Lofgren (EE.UU.)
15 años atrás 4 min lectura
24/12/11
De acuerdo con el Servicio de Investigaciones del Congreso, los Estados Unidos se han apropiado de 806 mil millones de dólares por el costo directo de la invasión y ocupación de Irak. Incluyendo los servicios de deuda desde 2003, esa suma alcanza aproximadamente 1 billón de dólares. La Casa Blanca estima que el numero de militares americanos heridos son 30.000; el sitio web icasualties.org estima que las víctimas mortales de la guerra de Irak son 4.484. Es imposible estimar con precisión el número de muertos civiles iraquíes, pero con frecuencia se los cuenta por más de 100.000. Hay actualmente alrededor de dos millones de desplazados internos iraquíes en un país de 30 millones de habitantes. A medida que las fuerzas armadas estadounidenses (no los 17.000 empleados del Departamento de Estado, contratistas y mercenarios) abandonan el país, Irak se hunde en una crisis política exacerbada por motivos étnicos y sectarios. Aun si sobreviviese a esa crisis y continuara siendo un Estado unitario, casi seguramente será empujado cerca de la orbita de Irán, nuestro actual cuco.
En vista de los terribles costos, tanto humanos como financieros, así como del desastre estratégico y moral que ha precipitado la invasión a Irak, ¿qué tipo de veredicto crees que nuestros líderes –líderes que representan a una administración presidencial ostensiblemente opuesta a la invasión y que promete esperanza y cambio- se molestan en ofrecernos? Mientras disfrutaba de un costoso viaje oficial a Turquía, el Secretario de Defensa Leon Panetta, el 17 de diciembre, dijo a la prensa lo siguiente:
«A pesar de lo dificultosa que fue [la guerra de Irak], pienso que el precio pagado lo ha valido, pues se estableció un gobierno estable en una región muy importante del mundo.»
La única reacción a esta afirmación es parpadear con desconcierto y preguntarse: ¿Es Panetta tan estúpido, o piensa que nosotros, los supuestos ciudadanos autogobernados de este país, somos los estúpidos? La conclusión más complaciente a la que podríamos llegar es que esta afirmación es un anzuelo tirado al aire para ofrecer consuelo a las familias de estos muertos, o algún tipo de alivio para los supervivientes que quedaron mutilados. Pero esto es un argumento sinsentido; uno imagina que esta gente y sus familiares se han formado sus propias opiniones sobre lo sucedido y no necesitan una justificación condescendiente. Y, en cualquier caso, si hubiese «valido la pena», ¿por qué no deberíamos seguir haciéndolo, no sólo en Irak sino en todo el mundo? Podríamos llamarlo, la guerra perpetua para un gobierno estable.
Otra explicación que viene a la mente es el aspecto propagandístico de esto: algunos gacetilleros gubernamentales realmente creen que si repiten algo hasta el cansancio, sin importar si falso o trillado, un importante número de personas lo creerán. Los republicanos han usado esta técnica durante años, y los demócratas parecen ir camino a alcanzar su dominio de la técnica. Parece ser al menos una táctica parcialmente exitosa: a pesar de todo el derramamiento de sangre y el despilfarro, el 48% de los americanos aun cree que invadir Irak fue una decisión correcta, de acuerdo con una encuesta de Pew Research.
Pero, como dijo Honest Abe, no puedes engañar a toda la gente todo el tiempo. Esa misma encuesta mostró que el 46%, casi la misma proporción de personas, creían que fue una decisión desacertada. Pero aun así, la afirmación de Panetta y de otras innumerables declaraciones ridículas vertidas por funcionarios gubernamentales, no carecen de utilidad. La mayor parte de nosotros piensa en la propaganda como lavadora de cerebros –ya que convence a la gente de creer algo que de otra manera no creería-. Pero podríamos estar subestimando otra utilidad, más sutil, de la propaganda política.
En uno de sus ensayos, en épocas de guerra, George Orwell observó algunas de las evidentemente ridículas consignas de la propaganda totalitaria. Desde su punto de vista, el problema no era si era creíble o no; de hecho, mientras más ridícula, mejor. El problema era que los funcionarios del gobierno tenían que hacer esas declaraciones sabiendo perfectamente bien que eran absurdas; las agencias de información las imprimían diligentemente como si fueran la realidad; y la esfera pública fue envuelta con la absurda propaganda. Como dijo Orwell sobre la marcha con paso de ganso de los ejércitos totalitarios: sí, se ve ridículo, pero no te atrevas a reírte.
Este es el objetivo subestimado de las falsas afirmaciones del gobierno: si bien no convencen, desmoralizan. La declaración de Panetta recibirá una respetuosa cobertura en los principales medios; sátrapas del establishment como David Gregory o Bob Schieffer no discutirán con él en los programas de debate matutinos de domingo; para todas las intenciones y propósitos conseguirá salirse con la suya. Y ningún ciudadano común estará jamás en una posición adecuada para enfrentarlo cara a cara y decirle que está vendiendo políticas destructivas que nos están llevando a la quiebra.
Porque así es como la democracia y la verdad operan en Estados Unidos actualmente.
Mike Lofgren se jubiló en junio de 2011 después de 28 años en el Congreso de EEUU.
Traducción para www.sinpermiso.info: Camila Vollenweider
*Fuente: Sin Permiso
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