Claudina Morales y el Teatro Social Obrero en el Norte Grande
por Iván Vera-Pinto Soto (Iquique, Chile)
5 meses atrás 5 min lectura
21 de febrero de 2026

Hace algunos días, en una conversación tan grata como fecunda en torno al montaje de la obra Claudina, teatro, amor y revolución en la pampa salitrera —basada en la novela homónima del doctor Sergio González Miranda, Premio Nacional de Historia— volvió a abrirse ante nosotros una puerta luminosa hacia el pasado nortino. En esta charla surgió un álbum invaluable: programas de mano, recortes de prensa y cartas de Claudina Morales Pavéz (1892-1972), una de las pioneras y líderes del Teatro Social Obrero en las regiones de Antofagasta y Tarapacá a comienzos del siglo XX.
La revisión de ese material revela no solo la intensa actividad artística de una de las primeras directoras del norte chileno, sino también su profunda vocación comunitaria. Para Claudina, la representación dramática no era mero entretenimiento: constituía una escuela popular, tribuna de conciencia y herramienta concreta de apoyo a quienes vivían en mayor vulnerabilidad.
El Teatro Nicanor de la Sotta: escena y compromiso familiar
Bajo su dirección, el Teatro Nicanor de la Sotta desplegó un repertorio vasto y comprometido. Entre las piezas representadas figuran: El espectro gris, El novio de mi hija, Flores rojas, La silla vacía, La gran hazaña o qué carabina, Venganza de un hijo, Junto a la cuna, Vidas infantiles y La Maiga.
No eran títulos al azar. Muchos abordaban conflictos familiares, dilemas morales y tensiones sociales que dialogaban con la realidad pampina. Especial mención merece Venganza de un hijo, drama en tres actos del autor Humberto Beltrame Curubetto, anunciado en una emotiva nota de prensa bajo el título:
“Velada de arte a beneficio de las esposas y pequeños hijos de los cesantes de Santa Rosa de Huara”.
La crónica relataba cómo un grupo de aficionados —entre ellos Alba Ossandón, María Espineira, Aida y Ofelia Galli-Guillos, Manuel Cabezas, Fermín Codocedo, Valerio Santos, Gregorio Saavedra, L. Vargas y Pedro A. Muñoz— dirigidos por la señorita Claudina de Codocedo, organizaban una función en el Teatro Esmeralda para socorrer a las familias de obreros cesantes albergados en la oficina salitrera Santa Rosa de Huara.
Aquellas funciones no eran simples presentaciones: eran actos de solidaridad. Se apelaba a industriales, comerciantes, empleados y obreros a contribuir “no arrojando el dinero al arroyo, sino sembrando el compañerismo”.
El elenco tenía, además, un marcado carácter familiar. Junto a Claudina Morales actuaban sus hijas, Marina y Rogelia Navarro, así como su pareja, Fermín Codocedo, consolidando una presencia femenina activa y protagónica en la escena nortina.
Arte en tiempos de crisis

La labor solidaria del conjunto no se limitó a los cesantes del salitre. El 10 de febrero de 1929, tras el gran incendio que afectó a Caleta Buena, el conjunto artístico encabezado por Claudina organizó funciones en ayuda de los damnificados. La escena volvía a erigirse como puente entre el dolor colectivo y la esperanza.
También colaboraron con la “Gota de Leche”, institución dedicada a la protección de la infancia y al acompañamiento de madres trabajadoras. Las recaudaciones especiales contribuían a sostener la entrega de leche y orientación sanitaria, reforzando el vínculo entre creación artística y acción comunitaria.
Vida escénica en Iquique
Los programas de la época dan cuenta de una vida cultural vibrante. En el Teatro Esmeralda, a las 21:30 horas, se anunciaba una gran función en honor y despedida del popular humorista Willie Zegarra, con los sainetes Con un pasaporte al cielo y Un hogar tranquilo, donde actuaban Rogelia y Marina Navarro.
En noviembre de 1926, tanto en el Teatro Esmeralda como en el Variedades, el público iquiqueño aplaudía estas presentaciones que combinaban humor, crítica social y talento local. Del mismo modo, en la Sala Obrera sucedía algo similar con su propia programación.
Arte y Revolución: cultura militante
Otra experiencia decisiva fue Arte y Revolución, impulsado por Luis Emilio Recabarren y Elías Lafertte, figuras centrales del movimiento obrero chileno. Este proyecto entendía la práctica escénica como herramienta de propaganda cultural y formación política.
En sus programas aparecían títulos como Pueblo chico, infierno grande, Desdicha Obrera, El sueño de un vaquero, El hombre que yo maté y Los copihues, tramas que denunciaban injusticias y fortalecían la conciencia de clase.
En paralelo, el grupo Germinal presentó El monstruo, mientras el Centro Artístico Cultural “Víctor Domingo Silva” llevó a escena Las víctimas, ampliando el mapa cultural del arte comprometido en el norte salitrero.
El teatro como memoria viva
En las primeras décadas del siglo XX, el territorio nortino vivía agitación sindical y profundas desigualdades. En ese contexto, la actividad escénica vinculada al mundo trabajador fue mucho más que espectáculo: constituyó una forma de resistencia simbólica.
Sobre tablados modestos, bajo luces precarias, sin ninguna ayuda económica del Estado y ante públicos formados por trabajadores, trabajadoras y niños, se representaron dolores reales y esperanzas urgentes. Cada función era un acto de encuentro, reflexión y ayuda concreta.
La labor de la agrupación Nicanor de la Sotta —con esta gestora cultural y sus hijas— y la experiencia militante de Arte y Revolución constituyen hoy un capítulo esencial de la historia cultural del Norte Grande. Su legado demuestra que, incluso en tiempos de crisis, el arte puede transformarse en conciencia colectiva, en gesto solidario y en memoria viva de un pueblo que luchaba por dignidad y justicia bajo el polvo eterno del salitre.
-El autor, Iván Vera-Pinto Soto, es Pedagogo, cientista social y dramaturgo. Antropólogo Social, Magíster en Educación Superior, Académico UNAP, Director Teatro Universitario Expresión
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