¡Qué solo estarás cuando se acaben las hamburguesas y el Ketchup!
por Arturo Alejandro Muñoz (Chile)
4 años atrás 6 min lectura
10 de noviembre de 2022
RECUERDO CON MUCHA nostalgia mi época de niño de provincia, cuyos días domingo eran engalanados solamente por los programas de matinée en el Teatro Victoria, a diez pasos de la hermosa Plaza de Armas de Curicó. Me ha sido imposible olvidar esos pensamientos de entonces: “¿en qué se entretenían los niños en el pasado cuando no existía el cine? ¿Y cómo se irán a divertir los niños del futuro?
A todos mis amigos –mi pequeña ‘pandilla’ de niños buenos- les resultaba impensable aceptar domingo sin películas donde los ’héroes’ eran plasmados en la pantalla por artistas ya olvidados, como Rory Calhoun, Jeff Chandler, Johnny Weismuller, Audie Murphy, Jorge Negrete, Pedro Infante y tantos otros cuyos nombres se han deshilachado en mi memoria. Continúo asegurando que en el cine nadie, nunca más, bailó mejor que la inigualable dupla de Fred Astaire y Ginger Rogers… y también nunca más en el cine hubo hembras que encendieran las pasiones de adolescentes latinoamericanos como lo hicieron Marilyn Monroe, Brigitte Bardot y Claudia Cardinale.
No sólo el cine consumía nuestras atenciones infantiles, pues revistas como “El Peneca” “El OK”, “Simbad el marino”, ‘Barrabases’, y toda la saga de Walt Disney, constituían no ya un regalo, sino un verdadero premio que deseábamos obtener cada semana. Y como el dinero paterno no alcanzaba para tanto, en “la pandilla” nos distribuíamos las adquisiciones. Chicho Gajardo compraba “Simbad”, los hermanos Mellado adquirían el ‘OK’, yo compraba “El Peneca” y Totín Middleton se encargaba de adquirir las revistas Disney, en especial aquellas donde estaba la tira de Peter Pan y el hada Campanita (nuestro primer gran amor de niños ‘machos’).
Pero, inesperadamente, así como la luminosidad de un relámpago escapa de la visual, de la misma forma, casi de un día para otro, esas revistas desparecieron de nuestras vidas al mismo tiempo que las matines dominicales daban paso al cine rotativo, perdiéndose para siempre aquella magia primigenia que había encandilado nuestra infancia, pues, ahora, había llegado el momento de los negocios y la plata dulce. En menos tiempo que demora en cantar un gallo la televisión se entronizó en las vidas de millones de personas, y las nuevas generaciones repitieron las preguntas de sus padres: ¿en qué se entretenían los niños de antes?
Digámoslo sin ambages. Todos logramos sobrevivir. Nosotros y nuestros hijos (en algunos casos, incluso nuestros nietos) fuimos capaces de soportar los cambios de folio y de épocas, pasando de un sopetón del cine dominical, aromatizado a matinée, al mundo virtual de delgadas pátinas culturales, veloz como el rayo y de cero profundidad. En un abrir y cerrar de ojos –al salir del foyer de aquellos viejos cines provincianos- despertamos en medio de malls y supermercados plagados de acrílicos y luminarias que dan cuenta de cuán aséptica es la actual sociedad, tanto cultural como políticamente.
¿En qué momento preciso –o como dicen los sociólogos, cuál fue el evento ‘bisagra’- se produjo la variación de identidad nacional por un caleidoscopio de jerigonzas idiomáticas, espejo de la transversalidad cultural característica en todo pueblo dependiente de metrópolis colonialistas? Tal vez mi error consiste en no querer aceptar que siempre fuimos lo mismo que hoy somos, vale decir, un apéndice de la gran potencia sajona que ha cambiado de seudónimo dos veces a lo largo de la Historia: ingleses ayer, yanquis hoy día… y que aquello de ‘España en el corazón’ fue nada más que un paréntesis en la cadena de dominio verdadero, el cual comenzó a imponer sus término a lo largo del planeta, sin contrapeso efectivo, a partir de la revolución industrial originada en la Inglaterra victoriana.
No poseo antecedentes duros para afirmar lo que a continuación usted, amigo lector, verá escrito en estas páginas. Se trata sólo de una opinión personal, subjetiva, y por tanto falible. Creo que este servidor –así como cientos de miles de chilenos cuyas edades se empinan más allá del medio siglo- es hijo del “equilibrio de poder”, ergo, de la balanza que se mantenía tiritando en el éter sin inclinar sus platillos a la derecha ni a la izquierda. En uno de ellos estaba la URSS, y en el otro se situaba USA.
Eran los años de la ‘guerra fría’, y el mundo temblaba de pavor ante la posibilidad de una guerra nuclear… la que jamás llegó, pero que estuvo en un tris de producirse, y varias veces, a decir verdad.
Estos viejos y expertos chilenos nacieron y crecieron con un mundo dividido cuyas mitades pertenecían a dos gigantes bélicos. Esos ‘polifemos nucleares’ se odiaban, pero también se respetaban y temían, lo que posibilitó –en muchos casos- evitar expoliaciones en países pobres ya que según la ubicación geográfica de la nación hambrienta, la otra potencia, la que no poseía influjo en ese lugar, se dedicaba a controlar y acicatear a la potencia predadora. Hubo paz, y las naciones pobres pudieron contar con mejoras en sus febles sistemas económicos sin necesidad de renunciar a sus raíces y costumbres.
Un día de noviembre del año 1989 (más específicamente, la noche del jueves 09 de noviembre de ese año), la balanza del poder planetario abandonó su fiel y permitió que uno de sus platillos inclinara el juego a su favor. Había caído el muro de Berlín (o “de la vergüenza” como fue llamado en occidente) y los Estados Unidos de Norteamérica dejaron que los halcones de Washington extendieran sus alas para apoderarse del planeta imponiendo –a sangre y fuego- cuanta carajada les conviniese a los mega empresarios predadores sitos en ese país otrora de inmigrantes.
Nuestros hijos nacieron sabiendo que el mundo estaba atrapado por una sola mano. Nada conocen ni intuyen –en términos concretos- qué significa vivir con una alternativa posible pasada la frontera oriente-occidente.
Es el maniqueísmo político del ‘todo o nada’. Se debaten entre la aceptación del sistema neoliberal salvaje y las consecuencias de la aplicación de leyes ‘antiterroristas’, impuestas a las poblaciones por escasas familias enriquecidas que detentan el poder total bajo un disfraz llamado “democracia protegida”… o ‘democracia de los acuerdos’.
Nuestros hijos y nietos no tienen escapatoria. O consumen y se endeudan hasta la tercera generación beneficiando en exclusiva a mega empresarios sin patria ni ley, o, simplemente quedan fuera de este mundo imposible.
No obstante, todo sistema contiene en su seno la semilla que finalmente lo destruirá, o la contradicción que envenenará sus flujos. Ocurrió a Alejandro Magno, a Roma, a España y Portugal, a Inglaterra, a Francia, a los Austro-Húngaros, a la URSS… ergo, deberá acaecer lo mismo, tarde o temprano, con el actual gigante de visión bizca y andar tortuoso. Es ello una constante de la Historia Universal… y quizá lo sea también del ciclo cósmico.
Y ya que lo anterior habrá de producirse hoy o mañana, retomo la pregunta que encabeza estas líneas y que va dirigida a nuestros adultos jóvenes de hoy. ¿Qué harán cuando se terminen las hamburguesas y el ketchup?
Temo conocer la respuesta…aunque prefiero callarla y, ojalá, estar equivocado, pero quienes nunca han conocido otros caminos, otras propuestas -ya que siempre crecieron y vivieron subsumidos en un solo sistema-, no tendrán respuestas para solucionar los problemas que habrán de derivarse de la caída del régimen expansionista de halcones y águilas depredadoras. Pero, deberán enfrentarlo, porque sucederá… y es mejor que comiencen a prepararse desde ahora, pues los primeros remezones y ruidos de resquebrajaduras del sistema ya se están sintiendo.
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