El neoliberalismo ha sacado lo peor de nosotros mismos
por Paul Verhaeghe (Gante, Bélgica)
12 años atrás 6 min lectura
19/10/14
Tendemos a percibir nuestras identidades como algo estable y en buena medida separado de fuerzas exteriores. Pero, tras décadas de investigación y práctica terapéutica, estoy convencido de que el cambio económico está teniendo un profundo efecto no sólo sobre nuestros valores sino también sobre nuestra personalidad. Treinta años de neoliberalismo, fuerzas del libre mercado y privatización se han cobrado su precio, a medida que la implacable presión por conseguir logros se ha vuelto normativa. Si están leyendo esto con escepticismo, se lo plantearé con esta sencilla afirmación: el neoliberalismo meritocrático favorece ciertos rasgos de personalidad y penaliza otros.
Hay ciertas características ideales necesarias para hacer hoy carrera. La primera consiste en ser elocuentes, al objeto de ganarse a la mayor cantidad de gente posible. El contacto puede ser superficial, pero dado que esto se aplica a la mayor parte de la interacción humana hoy en día, esto pasará en realidad inadvertido.
Es importante que seas capaz de poner tus capacidades por las nubes todo lo que puedas: conoces a mucha gente, tienes mucha experiencia en tu haber, acabas de terminar un proyecto de envergadura. Luego descubrirá la gente que esto era en su mayor parte pura filfa, pero el hecho de que inicialmente diera el pego depende de otro rasgo de personalidad: puedes mentir con convicción y sentirte poco culpable. Es por lo que nunca te haces responsable de tu comportamiento.
Por encima de todo esto, eres flexible e impulsivo, siempre a la busca de nuevos estímulos y retos. En la práctica, lleva a un comportamiento arriesgado, pero no importa, porque no te tocará recoger los trocitos. ¿La fuente de inspiración de esta lista? La lista de verificación de psicopatías de Robert Hare, el mejor especialista actual en psicopatías.
Esta descripción es, por supuesto, una caricatura llevada al extremo. Sin embargo, la crisis financiera ilustró a escala macro-social (por ejemplo, en los conflictos entre países de la zona euro) lo que la meritocracia liberal hace con la gente. La solidaridad se convierte en un lujo costoso y deja paso a alianzas temporales, siendo la máxima preocupación siempre sacarle más partido a la situación que tus competidores. Se debilitan los vínculos sociales con los compañeros, lo mismo que el compromiso emocional con la empresa o la organización.
El acoso solía limitarse a las escuelas; ahora es un rasgo común del lugar de trabajo. Se trata de un síntoma típico del impotente que desahoga su frustración con los débiles; en psicología se conoce como desplazamiento de la agresión. Hay una sensación oculta de temor, que va de la ansiedad por el desempeño a un miedo social más amplio al otro como amenaza.
La evaluación constante en el trabajo provoca un descenso de la autonomía y una creciente dependencia de normas externas y a menudo movibles. Esto tiene como resultado lo que el sociólogo Richard Sennett ha descrito adecuadamente como “infantilización de los trabajadores”. Los adultos exhiben estallidos infantiles de mal genio y se muestran celosos por trivialidades (“Tiene una silla nueva de oficina, y yo no”), cuentan mentiras piadosas, disfrutan cuando se hunden los demás y abrigan mezquinos sentimientos de venganza. Es el resultado de un sistema que impide a la gente pensar independientemente y que no sabe tratar a sus empleados como adultos.
Más importante, sin embargo, es el grave daño causado al amor propio de la gente. El amor propio depende en buena medida el reconocimiento que recibimos de los demás, como han demostrado pensadores que van de Hegel a Lacan. Sennett llega a una conclusión semejante cuando considera que la pregunta principal de los empleados es “¿Quién me necesita?”. Para un grupo cada vez mayor de personas, la respuesta es: nadie.
Nuestra sociedad proclama constantemente que cualquiera puede conseguirlo sólo con esforzarse lo suficiente, mientras refuerza a la vez los privilegios y ejerce una presión cada vez mayor sobre sus agobiados y exhaustos ciudadanos. Cada vez hay un número mayor de personas que fracasan, se sienten humilladas, culpables y avergonzadas. Siempre se nos dice que tenemos mayor libertad que nunca para elegir el rumbo de nuestra vida, pero la libertad de elegir fuera del relato del éxito es limitada. Además, a los que fracasan se les juzga como si fueran perdedores o gorrones que se aprovechan de nuestro sistema de seguridad social.
La meritocracia neoliberal querría hacernos creer que el éxito depende del esfuerzo y los talentos individuales, lo que significa que la responsabilidad reside enteramente en el individuo y que la autoridad debería otorgar a la gente toda la libertad posible para alcanzar esta meta. Para quienes creen en el cuento de hadas de la elección sin restricciones, la soberanía y la autogestión personales son los mensajes políticos preeminentes, sobre todo si parecen prometer libertad. Junto a la idea del individuo perfectible, la libertad que nosotros mismos advertimos que tenemos en Occidente es la mayor falsedad de esta hora y época.
El sociólogo Zygmunt Bauman resumió con esmero la paradoja de nuestra época: “Nunca hemos sido tan libres. Nunca hemos sido tan impotentes”. Somos desde luego más libres que antes, en el sentido de que podemos criticar la religión, aprovechar la nueva actitud de laissez-faire respecto al sexo y apoyar cualquier movimiento político que nos guste. Podemos hacer todas estas cosas porque ya no significan nada: la libertad de este género proviene de la indiferencia. Pero, por otro lado, nuestra vida diaria se ha convertido en una batalla constante contra una burocracia que dejaría a Kafka embelesado. Hay regulaciones para todo, desde el contenido de sal en el pan hasta la cría de pollos urbanos.
Nuestra presunta libertad se vincula a una condición central: debemos tener éxito, es decir, “hacer” algo de nosotros. No hay que buscar los ejemplos muy lejos. Un individuo altamente cualificado que pone la crianza de los hijos por delante de su carrera será blanco de las críticas. De una persona con un buen puesto que declina un ascenso para invertir más tiempo en otras cosas se piensa que está loca, a menos que esas otras cosas garanticen el éxito. A una joven que quiere ser maestra de escuela primaria le dicen sus padres que debería empezar por hacer un máster en Económicas. Una maestra de primaria, ¿en qué estará pensando?
Hay una constante lamentación sobre la llamada pérdida de normas y valores en nuestra cultura. Pero nuestras normas y valores forman parte integral y esencial de nuestra identidad. Así que no se pueden perder, solo cambiarse. Y eso es precisamente lo que ha sucedido: una economía transformada refleja una ética transformada y produce una identidad transformada. El actual sistema está sacando lo peor de nosotros mismos.
Paul Verhaeghe, profesor en la Universidad de Gante (Bélgica), catedrático en el Departamento de Psicoanálisis y Psicología Terapéutica, acaba de publicar What About Me? The struggle for identity in a market-based society, [¿Qué pasa conmigo? La lucha por la identidad en una sociedad basada en el mercado] (Scribe, Londres, 2014).
Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón
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