Esa legión de desesperados que se rebelan ante el destino amargo que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han escrito, al dictado de las grandes corporaciones económicas que gobiernan a los gobernantes, surge del fondo de nuestra propia Historia. Forman una riada humana incontenible de acreedores individuales, que vienen a cobrar una vieja deuda colectiva. (Y no tan vieja, ya que se sigue incrementando con las distintas formas de latrocinio que escondemos con eufemismos como libre mercado). La inmensa mayoría de sus integrantes ni siquiera lo sabe. Muy pocos lo sospechan, algunos lo intuyen, pero no pueden saberlo: se lo impide el mismo sistema económico que los empobreció. Lo hace para que nunca lleguen a exigir la reparación histórica a que tienen derecho, desde la devolución de riquezas acumuladas a su costa hasta la memoria histórica de los crímenes que se cometieron contra ellos. Los pagarés morales que nos presentan no tienen escritas cantidades de dinero ni reivindicaciones políticas. Lo único que piden es trabajo. Quieren vendernos lo único que les queda: capacidad laboral, fuerza y habilidad para un tajo ajeno. Por una vez, esperan que se lo compremos en lugar de robárselo, como en tantas ocasiones desde la esclavitud hasta el neocolonialismo. Aceptan que serán explotados, saben que su trabajo contribuirá a que, como siempre, se enriquezcan los privilegiados por esa Historia de injusticias contadas como hazañas. Y tienen que resignarse al pequeño beneficio de un salario muchas veces injusto, cuando la falta de papeles aumenta su indefensión.
Claro que los entiendo. Es preciso un acto de mala voluntad para no comprenderlos. Todos somos testigos de cómo se conforman con malvivir, privándose de cuanto no resulte imprescindible, para enviar sus ahorros a sus familias. Modestas remesas de dinero que habrán de resultar decisivas en sus lugares de origen. Quien necesite ejemplos para entenderlo, que se de una vuelta por Extremadura o por Galicia, que pasee por sus campos y ciudades con los ojos abiertos y pregunte. Oirá las mismas respuestas que si lo hace por la serranía de Cuenca, en Ecuador: el dinero de los emigrantes.
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