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El Gobierno de Delcy Rodríguez o la Deconstrucción (U.S.A.) de la República Bolivariana de Venezuela

El Gobierno de Delcy Rodríguez o la Deconstrucción (U.S.A.) de la República Bolivariana de Venezuela
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13 de marzo de 2026
En el turbio escenario de la geopolítica contemporánea, donde los límites entre la soberanía y la administración foránea se desdibujan con una precisión quirúrgica, asistimos a un fenómeno que el filósofo francés Jacques Derrida habría descrito como la más perfecta «deconstrucción» de un proyecto político. No me refiero a la deconstrucción como un mero ejercicio intelectual para desvelar las contradicciones de un texto, sino a su versión más brutal y telúrica: el desmantelamiento sistemático de las estructuras de un Estado, la erosión de sus mitos fundacionales y la sustitución de su esencia por una nueva jerarquía de significantes impuesta desde el exterior, lease machacadamente: los Estado Unidos de Norteamérica.

Lo que estamos presenciando en Venezuela bajo el gobierno de la presidenta «encargada», Delcy Rodríguez, no es una transición ni una reconciliación nacional. Es la aplicación de un manual de «logística de la presencia» diseñado en las entrañas de la Casa Blanca, ejecutado por la mano de un Secretario de Estado, Marco Rubio, que ha hecho de la obsesión contra el legado bolivariano su estandarte vital, y bendecido por las corporaciones ávidas que respaldan la locura geopolítica de Donald Trump.

Para entender la magnitud del desastre, debemos aplicar la lupa derridiana. La filosofía occidental, según Derrida, se ha construido sobre jerarquías excluyentes: el habla sobre la escritura, la presencia sobre la ausencia. En Venezuela, la jerarquía sagrada era la del control del Estado sobre el petróleo, la soberanía nacional sobre los recursos, la alianza estratégica con los pueblos del Sur y el mito redentor de Simón Bolívar encarnado por Hugo Chávez. Hoy, Delcy Rodríguez, otrora guardiana de esa ortodoxia, se ha convertido en la gran deconstructora, en la liquidadora del archivo histórico que juró proteger.

La evidencia es tan cruda como la declaración del exministro de petróleo, un hombre que conoce las entrañas de Pdvsa. En declaraciones recientes, Ramírez ha denunciado que la «reforma» del sector hidrocarburos no es tal, sino una «eliminación de 50 años de historia venezolana», borrando de un plumazo la ley de nacionalización de 1975. Al eliminar el control estatal sobre la producción y exportación, al someter las disputas a arbitraje internacional y al reducir las regalías a un insultante 1%, el gobierno de Rodríguez no solo está abriendo la compuerta a las transnacionales; está desmantelando la base material del proyecto chavista. Como bien apunta ese exministro (que no es objeto de mi devoción), esto convierte la membresía en la OPEP en una farsa y nos retrotrae a la época de las concesiones republicanas, cuando el país recibía migajas de su propia riqueza.

Esta «claudicación», como la han calificado sectores socialistas agrupados en la Plataforma Ciudadana en Defensa de la Constitución, es una respuesta directa a las exigencias del imperio. No es una política de Estado; es un guión. La denuncia ya es colectiva:

«El gobierno publicó una ley inicial, pero luego el Secretario de Estado Marco Rubio, hablando en el Congreso, dijo que no era suficiente. Y el gobierno inmediatamente aprobó una segunda ley». ¿Puede concebirse una sumisión más bochornosa? El «padre» de la patria, Simón Bolívar, que soñó con la unión de nuestros pueblos para contrarrestar la voracidad del Norte, debe removerse en su tumba en Caracas al ver cómo el Ministerio de Energía funciona como una filial del Departamento de Estado.

El filósofo y analista Luís Bonilla-Molina ha sido tajante al describir la situación actual como una «situación colonial» que evidencia la «derrota histórica del proyecto bolivariano y del socialismo del siglo XXI». Esa derrota no es solo militar, tras el cobarde secuestro de Nicolás Maduro; es la derrota del espíritu. Bonilla-Molina señala un hecho que duele pero que es cierto: la falta de una respuesta popular autónoma y masiva contra la agresión. El gobierno de Rodríguez ha logrado adormecer el espíritu combativo, mientras sectores de la población, hastiados por la catástrofe económica heredada y exacerbada, miran con indiferencia o, peor aún, con la ingenua esperanza de que la «tutela estadounidense» pueda ser mejor que la «mala gestión de Maduro». Ese vacío, esa desesperanza, es el caldo de cultivo perfecto para la deconstrucción foránea.

Mientras tanto, en el frente diplomático, la masacre de las ideas bolivarianas es igual de sistemática. Las relaciones con Rusia, China, Irán, Cuba y Nicaragua, tejidas con el sudor y la visión geopolítica de Chávez y defendidas estoicamente por Maduro, están siendo dinamitadas. El gobierno de Rodríguez se ha apresurado a liberar a todos los presos estadounidenses, a reabrir la embajada de EE.UU. y a aceptar la supervisión directa de Washington. El académico australiano del United States Studies Centre ya anticipaba los escenarios: el más «favorable» para Trump es que Rodríguez emerja como una líder cooperante para debilitar las redes de apoyo de Cuba, China y Rusia. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo. Se está desmantelando la arquitectura antihegemónica para dejar al país como un apéndice sumiso de la «Doctrina Monroe» que Trump pregona desde Miami y con sus mensajes en su Red Trump Social.

Pero donde la deconstrucción se vuelve grotesca, donde el signo se separa por completo de su significado, es en el ámbito de la seguridad nacional. Según informes de CNN citados por agencias internacionales, la CIA ha sido puesta al frente de la estrategia post-intervención. La orden es establecer una presencia permanente, operar desde instalaciones propias y mantener «canales de enlace» con la inteligencia venezolana antes incluso de que la diplomacia formal se restablezca. La metáfora deja de ser literaria para convertirse en una pesadilla de espionaje:

¿Volverá a haber en el edificio del Ministerio de la Defensa una oficina del Director de la CIA en Venezuela al lado de la del mismo Ministro de la Defensa del País? Ya no será necesario que el Tío Sam invada con botas; lo hará con «consejeros» que dictarán las políticas de seguridad, que vetarán nombramientos y que supervisarán que ningún resquicio de soberanía independentista vuelva a amenazar sus intereses.

¿Qué queda, entonces, de la República Bolivariana de Venezuela? Porque ya lo de “Bolivariana” se evaporó. Queda la cáscara vacía. Queda un grupo de funcionarios, como los hermanos Rodríguez, que han intercambiado el sueño de un mundo multipolar por las migajas de un fideicomiso administrado por Marco Rubio, ese mismo que hoy controla de facto los ingresos petroleros. Queda una institucionalidad putrefacta donde los principios de Simón Bolívar —el antiimperialismo, la justicia social, la unión continental— han sido sustituidos por manuales de «buenas prácticas» redactados en Washington. Queda, como advierte Bonilla-Molina, la necesidad de reinventarlo todo, porque el régimen saliente de Maduro y el entrante de Rodríguez han hecho añicos la posibilidad de una unidad nacional antiimperialista.

Este es el ocaso del Socialismo del Siglo XXI. No lo mató la falta de cuadros ni los errores económicos internos solamente; lo está rematando un gobierno «encargado» que cumple puntualmente el libreto de la derecha global. Es una lección de deconstrucción letal: primero se vacía de contenido la palabra «soberanía», luego se privatiza la riqueza, después se entregan las llaves de la defensa al enemigo histórico y, finalmente, se declara la misión cumplida mientras el pueblo, anestesiado y empobrecido, observa cómo le roban hasta el derecho a tener un destino propio. La denuncia está hecha. La historia, implacable, juzgará a quienes, desde dentro, terminaron la obra que el imperio no pudo consumar durante décadas.

Lema: No a la entrega, sí a la patria. ¡Alerta para desenmascarar la destrucción del Socialismo del Siglo XXI!

De un venezolano, hijo de la Patria del Libertador Simón Bolívar.

*Fuente: Aporrea

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