Venezuela: una revolución que nunca fue revolución
por Adriana López Murillo (Venezuela)
3 meses atrás 7 min lectura
Lunes 23 de febrero de 2026
En Nuestra América sufrimos las sangrientas dictaduras décadas pasadas, que nos disciplinaron. La represión feroz que se sufrió, enfrió completamente las luchas populares, desarticulándose toda expresión de protesta y silenciando a las izquierdas. Sobre llovido: mojado, porque luego de esa monstruosa ola de asesinatos y secuestros se nos impusieron los planes neoliberales.
Estas leoninas políticas nos empobrecieron más de lo que ya estábamos. Conclusión: muertos a tiros, torturados, desaparecidos… y muertos de hambre con los planes fondomonetaristas. Un paisaje desolador. Junto a ello, caído el campo socialista en Europa con la desintegración de la URSS, todo el campo popular, no solo de América Latina, sino del mundo, se vio huérfano, sin perspectivas.
En el medio de todo ese desconcierto, de esta noche oscura, aparece la figura de Hugo Chávez en Venezuela. Su llegada a la casa de gobierno no fue una revolución popular, como sí pasó en Cuba en 1959, o en Nicaragua en 1979. Más aún: él no ganó con una plataforma política de izquierda. Su caballito de batalla era la lucha contra la corrupción de la Cuarta República, la moralización de un país que vivía solo de la renta petrolera, despilfarrando en forma irresponsable, por un lado, mientras las grandes mayorías veían desde lejos esa bonanza. La Venezuela saudita, como se la llamaba, no beneficiaba a todos. Las Miss Universo sonrientes y la cultura consumista de Miami eran solo la cara alegre de una democracia engañosa, perversa. La verdadera Venezuela estaba en las casitas precarias de los cerros, en la pobreza y la exclusión de los más.
Montándose en el enorme descontento de la población de a pie que había respondido con una heroica resistencia a los planes neoliberales de Carlos Andrés Pérez con el histórico Caracazo -reprimido sangrientamente, con miles de muertos-, Chávez sorprendió a todo el mundo: de pronto, comenzó a hablar del socialismo del siglo XXI.
Después de la caída del muro de Berlín, y sabiendo los enormes problemas de autoritarismo, burocratización y conductas antirrevolucionarias que había en esos socialismos llamados “reales”, la aparición de un militar nacionalista con estas ideas hizo pensar en que estábamos realmente ante algo nuevo, crítico. Es decir: una bocanada de esperanza para las izquierdas, un nuevo socialismo renovado.
En el ámbito doméstico, también se levantaron grandes expectativas, pues el nuevo gobierno se mostró mucho más comprometido con la causa popular. Por primera vez en la historia del país el “populacho” recibió mucho más de la renta petrolera. Definitivamente, hubo importantes mejoras en las condiciones de vida, en todos los aspectos. Los “negros” de los barrios, ahora pudieron ingresar al elitista e inalcanzable Teatro Teresa Carreño, que dejó de ser Teresa Carroña. Como los ministerios estaban perdidos, porque la corrupción los tenía totalmente corrompidos por dentro, se crearon las Misiones. La llegada de las brigadas cubanas complementó el panorama: se abría una nueva Venezuela, popular, social, volcada hacia la izquierda. Con todo esto, en el mundo se volvía a hablar de algo que parecía sepultado: socialismo, antiimperialismo, poder popular.
De todos modos, hay que decir sin temor que ese preconizado socialismo del siglo XXI nunca fue un verdadero socialismo. O, mejor aún, lo fue de un modo muy confuso. Se volvió a hablar de temas olvidados por la ideología burguesa dominante, pero no se habló de “lucha de clases”. La revolución bolivariana tuvo mucho de improvisación, de falta de definición ideológica clara.
El mismo Chávez, en el 2007, decía que el marxismo “es una tesis dogmática que ya pasó de moda y no está acorde con la realidad de hoy”. Por lo pronto afirmaba que la “tesis como la de la clase obrera como el motor del socialismo y de la revolución están obsoletas”, apuntando entonces a un “socialismo con empresarios”.
Un par de años después, en el 2010, se declaró marxista, aunque reconoció no haber leído El Capital, la obra fundamental de Marx. Obviamente, el proceso bolivariano tuvo siempre un referente ideológico un tanto errático, pues el mismo comandante citaba sin mayores diferencias al Che Guevara, a Plejánov o a la Biblia.
Todo ello dio como resultado un proceso híbrido: para la derecha, era la encarnación diabólica del castro-comunismo. Para la izquierda: un proceso de reformas sociales interesantes, pero no llegaba a ser una auténtica revolución socialista.
Efectivamente, en términos estrictos, no se dieron las cosas que se consideran básicas y elementales para hablar de socialismo: no hubo expropiaciones a la burguesía con una producción controlada por la clase trabajadora, no se destruyó el Estado burgués con toda su institucionalidad y no se instauró un genuino poder popular.
Fue un cambio importante, sin la menor duda, pero hasta allí. Sucede que, en la noche oscura del neoliberalismo, y después de las monstruosas dictaduras que barrieron toda América Latina, el chavismo se vio como una luz en la oscuridad. Pero el socialismo verdadero nunca llegó. Si se esbozó una crítica al estalinismo -cosa que alegró a la izquierda mundial- el culto a la personalidad, entre otra de las cosas discutibles, nunca se cuestionó. ¿Puede sanamente un planteo socialista propiciar “comandantes eternos” con carácter casi mesiánico?
Este confuso panorama sirvió para alentar una oportunista boliburguesía que, con un discurso pseudo-revolucionario, se llenó los bolsillos en forma indecorosa, plagada de hechos corruptos. La derecha tradicional nunca aceptó a estos “nuevos ricos”, porque tras ellos venía -solo para manifestar su apoyo incondicional al proceso en las enormes movilizaciones- una masa chavista.
El imperialismo yanki siempre vio en este gobierno una molestia, no porque realmente fuera un ejemplo de ética revolucionaria, sino porque no le permitía disponer de las cuantiosas reservas petroleras a sus anchas. El pulso en torno a esas reservas marcó todos estos años, pero el socialismo nunca existió.
El PSUV no pasó de ser una maquinaria electoral, sin convertirse jamás en una palanca revolucionaria. Y la clase trabajadora venezolana fue siempre convidada de piedra.
Muerto Chávez, con Nicolás Maduro en la presidencia, las máscaras fueron cayendo. Hasta el día de la intervención yanki, el país se encaminaba hacia un desastre, plagado de corrupción, con un discurso oficial oportunista centrado en el antiimperialismo, pero con una política real de explotación económica a quienes trabajan, y represor de toda disidencia. La derecha vernácula, encabezada últimamente por la deplorable Corina Machado -vergonzoso y repugnante Premio Nobel de la Paz-, es absolutamente impresentable; de hecho, pedía a gritos la intervención estadounidense.
Finalmente, la misma llegó. El pasado 3 de enero, en una maniobra que sigue abriendo demasiados interrogantes, el imperialismo secuestró al presidente Maduro. El representante de la Federación Rusa ante la Organización de las Naciones Unidas, Vasili Nebenzia, indicó que en esa operación hubo una entrega:
“En Venezuela ha habido una traición, sin duda alguna, lo reconocen abiertamente. Una parte de los altos cargos ha traicionado, de hecho, al presidente Nicolás Maduro.”
Lo cierto que el proceso bolivariano tuvo un vuelco total a partir de ese momento.
Hoy la dirigencia cupular –hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello, Vladimir Padrino- sonríen complacientes ante las autoridades yankis, regalando el petróleo. Es decir: regalando el país.
“Se acabó el cuento de la ‘robolución’ del siglo XXI. Traicionaron al pueblo venezolano, robaron a manos llenas, abusaron del poder, secuestraron, torturaron y violaron a las patadas la Constitución y el ‘debido proceso’ judicial a centenares de presos políticos, como les dio la gana, con la sobre confianza de los delincuentes. Junto con los cipayos vendidos a la CIA, el Pentágono y especialmente a los MAGA-asesinos del Caribe, destrozaron la dignidad de Venezuela, hoy territorio colonial gringo”, dice Manuel Isidro Molina.
Cruelmente, es así. En una reciente entrevista con el medio de Estados Unidos NewsMax, Jorge Rodríguez dijo sin pelos en la lengua que se acabó el socialismo y se va abiertamente hacia una economía de mercado.
La dirigencia chavista llama a “mantener la calma”, no provocar a las fuerzas yankis que se encuentran en el Caribe y a aceptar mansamente aquello a lo que se quiere convertir el país: un protectorado del imperialismo, para que se roben el petróleo y la inmensa riqueza minera. De lucha de clases y la posibilidad de profundizar de una vez la revolución: ni una palabra.
Todo el proceso comenzado en 1999 con la Quinta República encabezado por Hugo Chávez abrió grandes esperanzas, pero nunca se radicalizó realmente. Se acercó a planteos populares que hacían pensar en el socialismo. Pero faltó decisión. La cúpula que le siguió a su muerte -producida por el imperialismo, según muchas versiones, con un dudoso cáncer provocado- no pasó de un reformismo insustancial, cada vez más a la derecha, antiobrero y antipopular.
Lo que estamos viendo ahora es su transformación en una triste gerencia subordinada a los dictados del Tío Sam, órdenes que acata con sumisión a cambio de no perder su cuota de poder dentro del país.
La única posibilidad de evitar este desastre al que se está llegando es la movilización popular. Eso es la lucha de clases, y eso no ha terminado. Todavía es posible salvar la revolución.
La cuestión es: ¿quién conduciría esa insurrección?
*Fuente: Aporrea
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