La revancha de los patrones
por Ricardo Balladares Castilla (Chile)
3 semanas atrás 4 min lectura
El gabinete de JA Kast huele a viejo. No a viejo como el polvo de los libros de historia, sino a ese olor rancio de la sala de juntas directivas, a café cargado y plástico lustrado de los mismos grupos económicos que por décadas han escrito, a su medida, las reglas del juego en Chile. Lo que estamos viendo no es solo un gobierno de derecha dura; es la consagración política del poder corporativo, el desembarco sin disimulo de los gerentes en La Moneda.
En carteras clave —Economía, Hacienda, Energía, Obras Públicas— no hay políticos, ni siquiera ideólogos clásicos de la derecha pinochetista. Hay gerentes. Ejecutivos que hasta ayer mismo gestionaban rentabilidad para las grandes holding, los consorcios mineros, las eléctricas, las AFP.
Son independientes, sí, pero independientes de las necesidades del pueblo; son técnicos, sí, pero expertos en la técnica de la extracción de plusvalía y la concentración de la riqueza. Llegan con sus portafolios bajo el brazo, sus gráficos de Excel y su lenguaje aséptico, para administrar el Estado como si fuera una filial más. Su mandato: asegurar que la crisis que viene la paguen los de siempre.
Pero hay un socio invisible en esta revancha patronal, un accionista mayoritario que no aparece en la foto oficial pero cuya sombra se alarga en los pasillos de La Moneda: el poder de Washington. La sumisión diplomática total y estratégica de JA Kast y su gobierno no es un detalle; es el marco estructural. En las últimas semanas, la embajada estadounidense ha dejado de lado cualquier protocolo o disimulo, actuando con una soberbia que es la expresión cruda de una relación colonial renovada.
Sus declaraciones sobre política interna chilena, su influencia descarada en temas de defensa y seguridad, y su respaldo explícito a la agenda económica del gabinete, confirman lo que muchos sospechamos: este no es solo el gobierno de los gerentes, es el gobierno de los gerentes del imperio.
Es la lógica del subalterno: mientras los ex ejecutivos de las multinacionales locales gestionan la explotación interna, aseguran que Chile se alinee, dócil y disciplinado, a los intereses geopolíticos y económicos de Washington.
El cobre, el litio, la posición estratégica ante la Antártica, todo se negocia en el gran tablero donde Chile vuelve a ser una ficha, no un jugador. La soberbia de la embajada es solo el reflejo de esa certeza: saben que han colocado a sus administradores de confianza.
Y al lado de estos tecnócratas del capital -nacional y extranjero-, los conservadores de siempre: en Educación, en Justicia. Los guardianes del orden moral sirven de contrapeso ideológico y de base movilizada a sus socios tecnócratas. Es un matrimonio de conveniencia: los valores tradicionales como cortina de humo para las reformas pro-empresariales y la sumisión geopolítica. Una tríada perfecta: el gerente privatiza, el conservador moraliza, y el embajador supervisa.
Frente a esta alianza entre los patrones locales y el poder imperial, la izquierda no puede darse el lujo de la fragmentación estéril ni de miopías nacionales. La unidad debe ser una arquitectura política, si bien, con bloques diferenciados, pero estratégicamente unidos frente al desafío común. Necesitamos un bloque socialdemócrata y cristiano-progresista capaz de reconstruir un sentido común de soberanía y justicia social, que enfrente tanto la explotación económica como el vasallaje diplomático. Y, en sintonía, pero en otra vereda, un bloque marxista-comunista, popular y movilizador, que plantee una denuncia frontal al capitalismo extractivista y su subordinación al imperialismo, construyendo poder desde los territorios.
Estos dos bloques deben coordinarse en un frente amplio de contención, soberanía y alternativa. No se trata de unificar programas en un mínimo común, sino de articular una resistencia inteligente que combine la defensa de la democracia y los derechos, con la lucha por la independencia nacional real y la socialización de la riqueza. La socialdemocracia debe romper definitivamente con el neoliberalismo sumiso, y el progresismo anticapitalista debe priorizar la construcción de un pueblo fuerte, no las puras gestas testimoniales ni las sectas.
Lo que instaló Kast es la revancha de los patrones con bendición extranjera. Es el sueño húmedo de una oligarquía que cree que puede revertir la historia con el respaldo de un imperio en decadencia pero aún peligroso. No obstante, soy un creyente que ese Chile sumiso ya no existe. Y si la izquierda logra unir su fuerza diversa, este gabinete de CEO’s, cruzados morales y embajadores soberbios, podría descubrir que gobernar un país con memoria de lucha no es lo mismo que administrar una colonia.
El pueblo, cuando despierta y se une, no cabe en sus planillas de cálculo, ni se somete a sus decretos. La última palabra, a pesar de sus gerentes y sus amos, aún no está escrita y nuestra historia, así lo ha demostrado.
-El autor, Ricardo Balladares Castilla, es sociólogo.-
*Fuente: EdiciónCero
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