La peste negra y la peste verde. Reflexiones sobre la ontología del capitalismo globalitario (I)
por R.O.W. (Chile)
5 años atrás 9 min lectura
¿Considera Ud., estimado lector, que podría ser probable que las promesas hechas por políticos sean verdades a medias o incluso mentiras completas, y que, en verdad, sólo pequeños grupos selectos sean los verdaderos beneficiarios de la actividad política, mientras el resto queda con las manos vacías?
¿Podría ser que también las guerras beneficien sólo a pocos y dañen seriamente a todos, que incluso se generen epidemias para alcanzar fines políticos?
¿Podría ser que vivimos en mundos imaginarios hechos reales por los medios de masas, por la educación y la sociedad en general, y no nos demos cuenta de ello todavía?
El siguiente texto es una primera reflexión sobre estas interrogantes, es así un intento de observación crítica de hechos y acontecimientos de nuestra época para comprender mejor hacia dónde se dirige nuestra sociedad, guiada por un agrumentario y un ideario que no solamente no han podido demostrar su validez, sino que, a todas luces, nos están conduciendo a una realidad de devastación.

La peste que asoló a Europa a mediados del S.XIV tuvo su origen probable en alguna región del Mar Negro. La peste que hoy asola al planeta entero tiene su origen cierto en la región angloamericana, nacida primero como una idea, un concepto liberal utilitarista del ser humano y del mundo como un gran mercado, derivando después hacia una visión del hombre como un individuo poseído por el afán de ganancias, por la codicia y por la ventaja propia. (homo oeconomicus). La peste medieval, llamada también la peste negra por los estragos que producía en el cuerpo humano, dándole una tonalidad oscura antes de la muerte, se propagó por años desde el este del Mediterráneo hasta los más lejanos confines escandinavos, avanzando como el galope de los jinetes del apocalipsis hacia los cuatro puntos cardinales. Cuando se apoderaba de una localidad, no perdonaba a nadie, en los hogares morían todos, también los animales domésticos y las aves.

También nuestro mundo actual aparece sumergido en un universo totalizante y turbio, que podríamos asociar a una especie de peste contemporánea, una peste verde, Este concepto alude simbólicamante al color del billete del dólar norteamericano, una peste verde, entonces, que ha logrado –a diferencia de la peste medieval-, infectar al mundo en corto tiempo, convirtiéndose en la pandemia más devastadora de la humanidad. Aunque esta peste tampoco perdonó a las familias, destruyendo millones de hogares en su carrera especulativa e invasora, en incontables guerras, su difusión ha sido mil veces más desastrosa y duradera.
La peste verde logró incluso entrar al interior del hombre, apoderándose de su mundo mental y espiritual, entró en sus cerebros, como un parásito, en sus células nerviosas, creó nuevas sinapsis neuronales no solamente en las mentes de empresarios, políticos, intelectuales y burócratas, sino también en la gente llana. Y aquí viene lo más grave: esta peste se adentró en la lógica, en la percepción y concepción misma del mundo, modificando la estructura básica de la conciencia, como se verá más adelante. Hoy aceptamos crisis económicas, empobrecimiento, desocupación, lucha competitiva, aprovechamiento de ventajas en detrimento de otros, etc. aceptamos todo esto como si fueran “fenómenos naturales de una realidad objetiva”, propios de la esencia humana y que, además, no serían modificables, ¿no es así?
Esta infección ha sido capaz de generar ideas ad hoc, para conformar acto seguido “esa realidad objetiva”, generando el mundo material perceptible por todos, dándose una apariencia de ser una expresión libre y propia de la vida o de la naturaleza, equiparable a una erupción volcánica o a un día de primavera. La teoría económica es la que primero ha conformado la economía real, y no a la inversa (1)
La economía -incluidas las Ciencias Económicas- ha llegado a ser como la conocemos ahora, no porque sea el resultado de una forma de desarrollo natural- objetivo o «espontáneo», sino porque la hemos pensado así. Ciertos modelos de pensamiento preformados por intereses de grupos selectos, así como la aplicación de supuestos apriorísticos o arbitrarios (por ejemplo, la economía de libre mercado, el equilibrio inmanente del sistema de mercados, la maximización del beneficio económico, a mayor consumo mayor satisfacción, etc.) condujeron inmediatamente a definiciones (fijaciones) de la «realidad» – entre otras formas, por medio de una genial creación conceptual neurolinguística-. En definitiva, se teminó pasando directamente del axioma a la realidad fija y definitiva.
Esto es verdaderamente importante. La moderna física y filosofía cuánticas nos permite ahora vislumbrar el mecanismo que subyace en esta morfogénesis. El eminente físico Werner Heisenberg destacaba ya a comienzos del S.XX que nuestra observación de la “realidad objetiva” no era la realidad como tal, sino sólo la realidad expuesta a nuestra manera de observación: “realidad” es solamente lo que podemos medir de acuerdo a nuestra forma de ser. (2)
En el llamado campo de vacío (Vakuumsfeld) se encuentran los cuantos (quants) en estado neutral, sin ordenamiento de propiedades o características, en tanto un cuanto no tiene en sí ninguna propiedad. El mundo cuántico se activa, no obstante, por energía conectiva, por modulación a través del la mente-espíritu (consciencia) o por modulación por medio de energías externas (ondas magnéticas, radiación), dando así origen a una fijación de propiedades. En la morfogénesis que nos ocupa, entonces, es la consciencia la que confiere al campo de vacío sentido y significación. El sentido de rotación del cuanto, llamado “spin”, es así modificado, conjuntamente con los impulsos eléctricos y de moléculas, posibilitando así la unidad de la materia. En definitiva, la realidad –nuestra realidad- es una experiencia aprendida, información y realidad son fenómenos idénticos. (3)
Un buen ejemplo de lo dicho lo podemos encontrar en uno de los mayores fetiches del neoliberalismo, el que reclama para sí la propiedad exclusiva del concepto de eficiencia, íntimamente relacionada con el servicio del interés del capital y de sus propietarios: todo aquello que desemboque en un mayor sharholder value, el valor de mercado de los títulos de propiedad del capital, es, por antonomasia, eficiente. Así queda unida directamente la condición privada del capital con el atributo de eficiencia. Aquí no hay cabida para otros conceptos de eficiencia económica.

En este sentido, esta realidad económica es una autocreación, una matriz, por así decirlo, con la que se empezó a interpretar los acontecimientos económicos. Así pues, primero fue la idea, luego la realidad que creó esta idea. Esto significa que se trata de una construcción del cerebro humano y de las correspondientes instituciones de poder, una llamada autopoiesis (autogeneración circular de conceptos) y luego una epigenética (el enriquecimiento del concepto autopoiético con nuevas informaciones ad hoc) Esto ha puesto en marcha un proceso de morfogénesis gradual de los constructos (¡desarrollo de matrices de pensamiento!). Por lo tanto, la «realidad» observada de esta manera no tiene otro camino que autoconfirmarse.
Un buen ejemplo de ello es hoy la visión y el programa del neoliberalismo sobre la economía, la sociedad y el ser humano: genera la forma de percepción de la llamada realidad (cognición) ya en la antesala del pensamiento, enseña a ordenar esta realidad (importante-no importante), a dar prioridades (valoraciones) e inspira las acciones correspondientes. Así, el neoliberalismo crea su propio mundo y puede seguir existiendo en un proceso autopoiético, aunque se vea sacudido en flagrante contradicción consigo mismo en forma de crisis (por ejemplo, la crisis financiera y económica internacional iniciada con el colapso de Lehman Brothers en 2008).
Esta cognición preformada genera una realidad que se autoconfirma,-como señalado arriba-, entrando en un proceso circular de autopoiesis: primero la idea, después la realidad: aquí vale, quizás, el dicho latín “Causa causae est etiam causa causati”- la causa de una causa es también la causa del efecto de la misma-. Así sucede con “conceptorealidades” de la época actual, como p.ej. libre mercado, competencia, inversión y progreso, trabajo y rendimiento, eficiencia, maximización de utilidades y óptimo económico, etc. Claro que esto contradice nuestra común percepción de las cosas e inhibe de primeras un pensamiento alternativo, pues en esta forma de verlas les conferimos espontáneamente la calidad de ser un fenómenos natural, propio del ser humano, algo auténtico, lógico y, en definitiva, sin alternativa. La ideología neoliberal y conservadora logra así extenderse hacia el sentir de las grandes masas, las que ahora ya no pueden percibirse como clase explotada o marginada, la ideología neoliberal los hace sentirse culpables de su propia condición.
”Auto-optimización”, “auto-management”,etc. son algunos de los nuevos conceptos neoliberales que entregan al trabajador toda responsabilidad del resultado. De no lograr realizarse, entonces es el propio individuo culpable de su fracaso.
La desgracia y el sufrimiento que esta peste ha llevado al mundo entero no tiene ya comparación con su hermana medieval. Quizá también por el hecho de que la peste verde había comenzado ya mucho antes, en las cabezas completamente deshumanizadas de pocos gobernantes y profesores, banqueros, magnates y empresarios, conformando después su visión del mundo entero como una mercancía enajenable. Parece ser la naturaleza del ser humano, donde “todo tiene su precio”. Pareciera que en toda la historia humana jamás hubiera existido otra visión del hombre que aquella del homo oeconomicus.
Aquí entra el concepto de patología de Viktor Frankl, según el cual un fenómeno es reducido intencionalmente a un solo concepto (reduccionismo), que se declara universalmente válido por exclusión (totalitarismo) y al que hay que adaptarse y someterse posteriormente (conformismo). (4)
La peste moderna, habiendo generado una mutación neurológica-cognitiva de la percepción del mundo y del actuar humano, -como ya se ha señalado-, ha depojado a sus actores completamente de todo sentimiento humanitario y de compasión, borrando el sentimiento colectivo y de la unidad en lo social, alejando al hombre de toda consciencia ética, e incluso de cualquiera forma de espiritualidad.
También las religiones institucionalizadas han perdido el rumbo y parecen no encontrar respuesta al sufrimiento de la sociedad abatida por la peste verde.
La infección se ha extendido por doquier -como ya dicho-, llegando al interior del hombre mismo, pero no lo mata rápidamente, como la peste negra, sino que lo deja muerto en vida, sin alma, lo transforma en un zombi que devora a sus semejantes. Como acertadamente menciona el filósofo coreano Byung-Chul Han, esta vez no hay reacción inmunológica, o sea una reacción espontánea y directa contra el cuerpo extraño que amenaza al sistema vital humano. El individuo y el colectivo ya no logran captar la infección como algo ajeno a su organismo, como un peligro, poniéndoles –por el contrario- en un estado de obnubilación, de asco existencial, de “siempre más de lo mismo”, de sobresaturación de lo igual (5).
Notas:
1. Callon, Michael, The Law of the Markets, 2, en: The Sociological Review 1998
2. Heisenberg, Werner, Quantentheorie und Philosophie, Stuttgart 1979, 60).
3. Warnke, Ulrich, La Física de Dios: La conexion entre la física cuántica, la conciencia, la Teoría M, el cielo, la neurociencia y la trascendencia. Tapa blanda – julio 2019 Quantenphilosophie und Spiritualität: Der Schlüssel zu den Geheimnissen des menschlichen Seins Gebundene Ausgabe – Mai 2011
4. Frankl, Viktor, Discurso con motivo del 50º aniversario de la ocupación de Austria por las tropas de Hitler.
5. Byung-Chul Han, Müdigkeitsgesellschaft (La sociedad del cansancio) , Berlin 2015
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