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El «Turco» y los explotados por las plataformas digitales 

El «Turco» y los explotados por las plataformas digitales
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Wolfgang von Kempelen,

Construido en 1769 por Wolfgang von Kempelen, el «Turco» era un autómata que jugaba al ajedrez. Vestido con turbante y ropajes sueltos, sentado ante una especie de aparador sobre el cual estaba el tablero, este artilugio mecánico consiguió despertar la curiosidad y admiración por casi un siglo en sus giras por Europa y Estados Unidos.

Entre sus proezas se cuentan haberle ganado a Benjamin Franklin y a Napoleón Bonaparte que, ofuscado, habría intentado hacer trampa para no ser derrotado. El ritual era siempre el mismo: una vez activado, el «Turco» observaba el tablero, daba un par de chupadas a su pipa y comenzaba la partida, que casi indefectiblemente acababa en jaque mate a favor del androide de metal y madera. Su creador, antes de las partidas, descorría las ropas del «Turco» para mostrar el juego de engranajes y mecanismos que lo movían. Abría también las puertas del aparador para demostrar que, bajo el tablero, no había más que piezas de la misma maquinaria.

El Turco

A la muerte de Kempelen, el «Turco» pasó a manos de Johann Maezel, que amplió el radio de las giras y lo llevó hasta Estados Unidos, donde lo vio actuar el escritor Edgar Allan Poe. Fue éste quien conseguiría descifrar, aunque no confirmar del todo, el modo en que lograba victorias inapelables incluso frente a maestros del ajedrez. Poe observó que el hombre que empaquetaba y desempaquetaba al androide, desaparecía durante las partidas. Este hombre era el maestro alemán de ajedrez William Schlumberger, al que Poe situó dentro del aparador guiando el brazo izquierdo del «Turco», el brazo que usaba para mover las piezas. Previamente el periódico La Gaceta de Baltimore había publicado  una nota en que se narraba que dos jóvenes habían visto a este maestro de ajedrez saliendo de la máquina, pero Poe había ignorado esa publicación.

La confirmación de esta sospecha llegó cuando, rumbo a Cuba, Schlumberger falleció y la gira fue suspendida. En el viaje de regreso a Estados Unidos, Johann Maezel fue hallado muerto en su camarote, ahogado en alcohol. La suerte se había acabado.

Los “nuevos autómatas” (con pantalla táctil)

Desde que Google se adueñó de las búsquedas en Internet, se establecieron las redes sociales como los nuevos puntos de relaciones humanas y se inventaron asistentes digitales capaces de responder consultas planteadas a viva voz, hemos vivido en una mezcla de curiosidad, asombro y miedo frente a la tecnología, es decir la misma sensación que tenían los adversarios al enfrentarse al «Turco», y que se cree era una de las causas de sus derrotas.

Sin embargo, la inteligencia artificial que supuestamente está detrás de estas maravillas tecnológicas, su asertividad e incluso su capacidad de casi adelantarse a nuestras búsquedas, pareciera no estar tan avanzada como han intentado hacernos creer. Los supuestos algoritmos en constante mejoramiento, el registro de datos que ayudaría a optimizar la experiencia de los usuarios en Internet, la precisión de los resultados para cada búsqueda, la pertinencia de los anuncios que nos muestran, y hasta la capacidad de responder a nuestras preguntas casi como si habláramos con otra persona, no serían más que otro montón de patrañas urdidas para engañarnos (y, de paso, ganar mucho dinero). Y, tal como debajo del aparador del «Turco» había alguien moviendo las piezas con destreza, personas de carne y hueso -y no máquinas- estarían trabajando desde sus casas, en todo el mundo, realizando tareas que se supone que hacen miles de ordenadores conectados a una red.

El asunto está lejos de terminar en este fraude; por el contrario, más bien es donde comienza. Porque contratando empresas externas que, a su vez, pagan sueldos de miseria sin contrato y, por ende, sin respetar ninguna ley o derecho de los trabajadores de ningún país, Google, Facebook, Apple y otras mega empresas mantienen funcionando este “ecosistema digital”. Sí, para que usted encuentre aquel contenido que busca, o el producto que desea comprar a distancia, muy probablemente una persona en Madagascar esté trabajando por unos 60 céntimos de euro a la hora, o le esté espiando desde Irlanda a través de su iPhone un trabajador que arriesga su vida si denuncia estos abusos. La buena noticia es que el artilugio sigue dependiendo de las personas. La mala es que estamos contribuyendo a esta explotación casi a cada minuto.

¿Por qué no hay denuncias? Porque los “acuerdos” de confidencialidad que estos trabajadores deben firmar son vitalicios, y la consecuencia de violarlos puede ser perder todo lo que puedan tener.

De esto trata el documental que le presentamos a continuación, de una nueva forma de explotación: invisible, a distancia y con obligación de silencio perpetuo.

N.de.R: Como era de suponer, el documental fue borrado sin aviso desde el canal de DW. Lo hemos encontrado en otro canal que, afortunadamente, lo copió y subió, aquí está su reposición:

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