Años después de su liberación las víctimas de Paul Schäfer siguen "atrapadas"
por Júlia Talarn Rabascall (Villa Baviera, Chile)
10 años atrás 4 min lectura
Villa Baviera (Chile), 6 jul (EFE).- Winfried Hempel quedó atónito frente al hospital. Paralizado. La mirada clavada en las puertas que se abrían y cerraban automáticamente. Era 1997 y por fin conocía el mundo exterior. Los veinte primeros años de su vida estuvo encerrado en Colonia Dignidad, una de las sectas más oscuras de la humanidad.
Winfried creció sin padre ni madre. Sin besos ni caricias ni un ‘buenas noches’. La infancia y la juventud la pasó con el miedo en el estómago, intentando domesticar la tristeza para sobrevivir a las brutales palizas y los salvajes castigos.
Su universo finalizaba en un cerco eléctrico de dos metros de alto que rodeaba las 16.000 hectáreas de Colonia Dignidad, un infierno en el sur de Chile de donde sólo cinco personas consiguieron escapar.
Este hombre corpulento, de 39 años y ahora abogado, fue uno de los 300 alemanes recluidos en lo que las autoridades chilenas definieron como un «Estado dentro de otro Estado» que funcionó desde 1961 hasta 2005.
Su rostro dibuja un inconmensurable desconsuelo. Sus recuerdos retratan una infancia helada y macilenta marcada por el réquiem de la eterna lluvia del sur.
«Colonia Dignidad fue la encarnación del mal, la secta más perversa de la historia», musita. Nada más nacer, Winfried fue separado de sus padres y puesto a cargo de una institutriz. Nunca conoció el afecto. Empezó a trabajar dieciséis horas diarias a los ocho años de lunes a domingo.
«Cuando era pequeño y nadie me veía, me escondía en hoyos o cajones vacíos. Me quedaba allí un ratito. No sabía por qué pero me encantaba hacerlo. Hoy me doy cuenta de que ese era el único lugar donde me sentía arropado. Crecí en la soledad más espantosa».
Los testimonios de las víctimas describen un mundo de terror controlado por Paul Schäfer, un psicópata que durante casi cincuenta años sometió a niños, jóvenes y adultos a castigos y manipulación mental.
Schäfer, un exenfermero nazi, reclutó a fieles baptistas después de la II Guerra Mundial y emigró con ellos al sur de Chile. En 2005 fue detenido en Argentina y encarcelado en Chile, donde murió cinco años después.
Desde trabajos forzados hasta pedofilia pasando por torturas, secuestros, esterilizaciones y electroshocks, quienes sufrieron sus abusos hoy claman justicia y luchan contra el silencio, la impunidad y el olvido.
Horst Schaffrick nació en Alemania en 1959. Tenía tres años cuando sus padres emigraron a Chile para unirse al «paraíso cristiano» de Colonia Dignidad, donde reharían sus vidas después de la guerra.
En la antigua casa de Schäfer y con los ojos envenenados de lágrimas, Horst relata las noches en las que ese hombre de contextura pequeña que decía ser «profeta de Dios» abusaba de los niños.
«Cada noche escogía a un ayudante que tenía que dormir con él. Entonces abusaba de nosotros. Yo pensaba que eso era normal. No tenía padres a quienes preguntar, ni libros, ni televisión o radio que me pudiera alumbrar».
Todo estaba prohibido. Mirar a alguien del otro sexo, hacer una pregunta o desfallecer de cansancio. La vida era un puro castigo.
El implacable sistema de vigilancia convertía a los colonos en víctimas y verdugos a la vez. Todos tenían obligación de denunciar cualquier transgresión de las normas y eran ellos mismos quienes linchaban a los infractores.
Por las noches, después del sermón, Schäfer colocaba al infractor delatado en medio de un semicírculo. Enardecido, le interrogaba y animaba a los demás a que le insultaran y golpearan. «¡Denle fuerte a ese cerdo! ¡Péguenle hasta que no pueda más», gritaba.
«Una vez me pegaron muchísimo. Estaba en el suelo, acurrucado, sangrando. Perdí la consciencia. Cuando desperté tenía la mandíbula fracturada. Me tuvieron que coser el labio. Me alimenté con una pajita durante un mes», recuerda Horst, ardiendo de rabia.
La mayoría nunca pensó en huir o defenderse, pero algunos intentaron escapar. Sólo cinco lo consiguieron. Otros, como Jürgen Szurgelies, fueron detenidos nada más saltar el cerco.
Frente a la alambrada que aún rodea el recinto, Jürgen cuenta cómo lo atraparon los pastores alemanes. Ese día empezó una infernal dieta de sedantes y electroshocks.
«Me daban 20 pastillas diarias. No me podía sostener. Era una momia. Ha pasado mucho tiempo pero sigo sin poder leer o concentrarme».
Once años después de la desarticulación de la secta, los fantasmas de la esclavitud y las torturas siguen rondando las víctimas. Hoy, Colonia Dignidad ya no existe pero la sombra de Schäfer sigue turbando la vida de los colonos. Pocos han podido rehacerla. Muchos aún se sienten «encerrados». EFE
jtr/mf/dsz/lnm
*Fuente: es-us.noticias.yahoo.com
Más sobre el tema:
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