30.04.13 – Colombia

(Enviado de Bogotá) Siempre recuerdo una antigua amiga colombiana que nació en Antioquia, a quien no veo hace algún tiempo. Por eso, me animó la esperanza de reverla cuando recibí la invitación de la Fundación Para el Fomento de La Lectura(Fundalectura), para participar de una mesa-redonda en un Congreso Internacional ahora, a fines de abril, en Bogotá, durante la Feria Internacional del Libro.
Antigua pasión, ay ay ay que tentación! Como dice el refrán, un viejo amor ni se olvida ni se deja. Después de tantos años, ahora con cabellos blancos, sin el ímpetu juvenil de otrora, me moría de curiosidad por saber si el tiempo había sido cruel también con ella. Tenía la esperanza de reencontrarla entera, tal como había permanecido en mi memoria, donde el reloj había parado. ¿Cómo sería ese redescubrimiento?
En el vuelo de Avianca que salió de Rio, iba pensando en ella. En mi recuerdo desfilaban las imágenes de cuando nos conocimos hace muchos años. Sucedió de repente, por acaso en el restaurante Entre pues en Chía, en los alrededores de Bogotá, durante mi primera visita a Colombia. Me la presentó una amiga común, investigadora del Instituto Caro y Cuervo.
Amores que se fueron
Fue amor a primera vista. Estoy viéndola como si fuese hoy. Aquel día, estaba especialmente seductora y –que me perdonen las feministas- apetitosa, bien compuesta, vistosa, un verdadero bocadito. Intercambiamos miradas cómplices. Para confundir más, la música del restaurante tocaba Espumas, un pasillo cantado por Garzón y Collazos:
– Amores que se fueron, amores peregrinos, amores que se fueron dejando en tu alma negros torbellinos.
Supe en aquel momento que algo irreversible estaba por acontecer. Tuve la nítida sensación de que mi mirada lánguida era correspondida y que nacía allí una pasión ardiente, fulminante. Ay, Dios mío, ¿por qué me diste una alma tan vulnerable, tan viciada en telenovela? Parece que la colombiana estaba esperándome desde siempre como Morena, la niña, esperaba a Theo, el galán.
El galán engaña a la niña en su viaje a Turquía. Los viajes que rompen nuestra rutina acaban estimulando las escapadas con el descubrimiento de nuevas relaciones. No soy hipócrita, ni quiero crear suspenso. Vamos directo al grano, a lo que interesa. Lo que sucedió fue muy intenso, dejó huellas indelebles en mi alma y marcas en el cuerpo.
Pero no se crea que es tan fácil, a pesar del tipo de formación judío-cristiana que tuve en la infancia que me da coraje para hacer una confesión pública tan embarazosa: sí, traicioné y fui infiel, especialmente porque atropellé una relación tan sólida iniciada en el Perú en 1970. Sí, prevariqué también dejando de lado compromisos afectivos heredados desde Manaos. Mea culpa, mea máxima culpa.
Sin embargo, lo más grave no es lo que pueda haber acontecido en el pasado sino lo que pasó ahora en 2013, una especie de reconstitución -digamos- del crimen. Cuando llegué a Bogotá, no la vi en el aeropuerto y al día siguiente no resistí. La busqué. Escogí para nuestro reencuentro el mismo escenario de cuando la conocí: el restaurante Entre pues en Chía. Le pedí al gerente que tocase Espumas.
– Igual que a las espumas / que lleva el ancho rio, / se van tus ilusiones / siendo destrozadas por el remolino./ Espumas que se van / bellas rosas viajeras…
Por ironía, la música que tocó después fue un bambuco, cantado por los mismos Garzón y Collazos que suspiraban: «Yo también tuve 20 anos«. Entonces me levanté, y con toda reverencia, extasiado, pude contemplar a mi Dulcinea. Después de tanto tiempo, no había cambiado mucho, por lo menos en la apariencia. Pude observar que una que otra piel le colgaba, pero la abundancia de carnes continuaba impresionante, así como el aroma que exhalaba, los adornos que la acicalaban. Su apariencia exuberante contribuyó para que yo prevaricase otra vez. Cuando Uds. vean esa imagen, me perdonarán.
Bandeja paisa

Pero al final, ¿quién es esa colombiana campesina santanderiana, sabor de fruta madura, tan seductora, capaz de alborotar todavía un viejo, ya no tan libidinoso? Tal vez la respuesta pueda estar en la poesía de Pablo Neruda, en su autobiografía Confieso que viví, o en un poema en que da la receta del caldillo de congrio, o cuando menciona el plato único: «La palabra pan se come, la palabra copa, se llena, la palabra nave navega».
Aprovechando esta licencia poética, puedo ahora revelar quién es la colombiana capaz de derribar cualquier virtud o cualquier fortaleza. Responde por el nombre de Bandeja Paisa. Se trata de un plato típico de la culinaria de Antioquia, un departamento al noroeste del país, que el gobierno colombiano intentó convertirlo en plato nacional, cambiándole el nombre en ‘bandeja montañera’. Precisamente este nombre deriva del hecho de que contiene tanta comida que no cabe en un único plato, solamente en una bandeja.
En verdad, son 14 diferentes platos en uno, pero en algunos lugares le aumentan otros siete tipos de carne. Tiene arroz, frijol, chicharrón, chorizo, carne molida, tomate, aguacate, hogao – una especie de guiso con cebolla, pimienta, orégano, azafrán, además de arepas – masa de maíz molido asada en hoja de bananera y patacón – banana verde, cortada en tajadas fritas y después amasadas y refritas, espolvoreadas con queso rallado. Tiene hasta huevo frito. Razón tiene el humorista brasileño Stanislaw Ponte Preta cuando dice:
– No existe ningún plato en el mundo que no mejore adornado con un huevo frito encima.
La bandeja paisa es una delicia épica. Es una bomba, una bomba del bien, pero siempre bomba. No es cualquiera que le puede hacer frente, se necesita estar preparado psicológica y gástricamente para el combate amoroso, porque derriba y aniquila a los débiles, pero si uno es aguerrido, sale fortalecido del combate, como dicen los versos cantados por Gonçalves Dias en la Canção dos Tamoios: «Si es duro el combate, a los débiles abate, pero a los fuertes, a los bravos, solo puede exaltar«.
El menú del restaurante ofrecía variedad de platos colombianos, peruanos y hasta algo de la Amazonía colombiana. Sin embargo, bajo el encantamiento de la bandeja paisa, traicioné -confieso que fui infiel– al ceviche, al seco de cordero, al ají de gallina, al pirarucu, al tambaqui a la brasa, al pacu y al jaraqui. Comí, con alegría y entusiasmo ese plato intraducible a otras lenguas. Günter Schlamp, conferencista que participó del Congreso, intentó traducir bandeja paisa al alemán, pero no lo consiguió. No todo lo que se saborea con la lengua, puede ser traducido a otra lengua. Palatable sí, pero traducible no.
Los franceses que me perdonen, pero el cassoulet no llega a los pies de la bandeja paisa, cuyo equivalente, en Brasil, sería nuestra feijoada, a tal punto que aquí también se aplica lo que Stanislaw Ponte Preta dice sobre nuestro plato nacional:
– Bandeja paisa completa solamente con ambulancia en la puerta.
Confieso que traicioné y voy a traicionar de nuevo, cuando vaya a Manaos. Ya concerté un próximo encuentro con ella en el restaurante colombiano La Finca, que queda en el barrio Dom Pedro I, atrás de la caballería del Rocam. Aparece citado en una tesis de doctorado, en preparación, a ser defendida en la Universidad Federal Fluminense por Lucia Puga, que colectó datos sobre la migración colombiana en Amazonas. Aviso que voy a rematar con una olla molida o dulce macho.
Bandeja paisa al son de Garzón y Collazos es algo antológico. Inolvidable. Funciona como un bajativo. A los dueños de La Finca, la pareja colombiana Jorge y Mónica Molina, les voy encomendando desde ya que se esmeren con la música:
– Ya nunca volverán / las espumas viajeras / como las ilusiones que te depararon dichas pasajeras.
[Fuente: Taquiprati – Diário do Amazonas, 28/04/2013].
*Fuente: Adital
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Bravo, bravo, amigo brasileño.
Nada es mas cierto que lo contado aquí.
Creo que amerite decir que no tenían razón los Les Luthiers cuando cantaban: » ¿y qué tiene Colombia…que tiene..? .. Manganeso?….No…NADA DE ESO, ¡TENEMOS UN BUEN CAFÉ!!»»…..
Hagamos honor a la bandeja Paisa.
Y aunque falte la ambulancia…..vale lo mismo.
Se va directo al Paraíso quien muere así,
O…si usted es muy cuidadoso durante el año con sus dietas, menos temor aún: una vez por mes regalonéese…
Al dia siguiente, pasado el «guayabo», podrá sentirse nuevo otra vez.
Nuestro hígado no sabe que hacer cuando se almuerza uno una Bandeja. Si reír o llorar, de puro gozo.