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Cuba constituye una esperanza para los niños de Chernobil 

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26 de Marzo del 2010
Cuando, el 26 de abril de 1986, estalló el reactor nuclear
de Chernobil, al norte de Kiev, capital de Ucrania, el teniente coronel
Konstantin Kostiuk y otros colegas llegaron casi inmediatamente al lugar para
evacuar al personal. Como protección, apenas una máscara, y la orden de que, a
la vuelta, quemaran la ropa que habían usado.

La situación creada alrededor de la catástrofe impidió que,
mientras la nube radiactiva se expandía, los ciudadanos abandonaran la zona.
Irina, la hija de Konstantin, era entonces una niña, y recuerda que el 1º. de
Mayo mucha gente fue al desfile, sin saber los peligros a que se exponía.

Hoy Irina está en La Habana, acompañando a sus dos hijas pequeñas, que
reciben tratamiento médico en Tarará, localidad costera al este de la capital.
La mayor, Anastasia, padece ataxia cerebelosa, y estaba en fisioterapia cuando
visitamos su casa. La más chica, Sofía, a la que se aplica tratamiento contra
alergias, nos enseñó risueña un cuaderno para colorear, y abrazó después a la
doctora Xenia Laurenti, vicedirectora de Asistencia Médica del Programa de
Atención Médica a los niños de Chernobil.

Este mar de afectos, en el que bogan profesionales de la
salud, traductores y padres, inunda la cotidianidad de la doctora Xenia, a
quien acudió JR para conocer algunas particularidades del Programa.

-¿Cuáles son los principales padecimientos de estos niños?
-Los primeros pacientes que llegaron tenían enfermedades
oncohematológicas. Se les trasladó a los hospitales pediátricos Juan Manuel
Márquez y William Soler, y después, cuando iniciaban el tratamiento, volvían
aquí y podíamos darles seguimiento.

«Eran pacientes graves, clasificados en el grupo uno, a
saber, patologías serias, con riesgo para la vida. En el dos estaban los que
tenían necesidad de ser ingresados, con patologías crónicas, pero que después
podían continuar el tratamiento de forma ambulatoria. El tres era parecido, y
el cuatro era el de los aparentemente sanos, pero a los que después de todos
los estudios siempre les aparecía algo, como por ejemplo, un índice de caries
elevado».

-¿Siempre son secuelas del accidente nuclear?
-Científicamente no podemos demostrar que son del accidente
nuclear, porque vemos que el comportamiento de las leucemias es igual que el de
otras en cualquier lugar. Hemos efectuado estudios del ADN de los pacientes,
les hemos medido las radiaciones, y han sido muy pocos los casos que han tenido
niveles elevados. Los demás se han mantenido en dosis que no son letales.

«Las enfermedades que se presentan en mayor número son las
endocrinas (como cáncer de tiroides), las de la piel (vitiligo, psoriasis,
alopecia), las gastrointestinales y las ortopédicas (malformaciones,
desviaciones de columna). Son las fundamentales».

-Las de estos niños, nacidos mucho después del accidente,
¿son hereditarias o adquiridas del ambiente?

-Hay radioisótopos que fueron dispersados por la explosión,
sobre todo el cesio 137, que tiene una vida prolongada, aproximadamente de 50
años, y que puede permanecer en la naturaleza.

«Pero el impacto psicológico en una familia afectada es de
por sí una enfermedad. Si le preguntas a un niño ucraniano qué quisiera, no te
responde "juguetes", sino "salud". Eso está psicológicamente incorporado. Y
parte del programa se dirige precisamente a la rehabilitación psicológica, al
no rechazo a ningún tipo de patologías. Nuestro objetivo es curar.

«Hay una condición fundamental para venir a Cuba: pertenecer
a una familia afectada por la catástrofe. En Ucrania tienen bien señaladas las
zonas por las que viajó la nube radiactiva, los 30 kilómetros a
partir de la central nuclear, y han creado un programa de bienestar social para
este tipo de familias. Con la prevalencia del cesio 137 en la atmósfera,
Chernobil está latente».

-¿Qué retos han debido enfrentar los doctores cubanos ante
los padecimientos de estos muchachos?

-El pediatra de primer grado se ha visto ante patologías que
no son propias de su especialidad. Ahí es donde viene la parte científica:
indagar, buscar, para saber hacia dónde orientar al niño. Saber si tal síndrome
es de esta o aquella enfermedad, si debe ser analizada por tal especialista, y
llevamos desde el inicio hasta el final un seguimiento total del paciente.

-Les ha demandado entonces un salto en la investigación…
-Efectivamente. Los pacientes traen un multidiagnóstico, con
el que los familiares están desorientados. Aquí en Cuba les ofrecemos el
diagnóstico real. Es algo que agradecen las madres, y que nos satisface.

«Tuvimos, por ejemplo, un joven que tomaba unas 70 tabletas
diarias, con un múltiple diagnóstico, y aquí se le determinó que era una
distonía muscular: movimientos totalmente involuntarios. Se le hizo un
protocolo de investigación, una primera intervención en el CIREN, una segunda,
y salió caminando, hablando español, y se incorporó a la sociedad, tras diez
años en Cuba».

-¿Ha habido soluciones netamente cubanas?
-Sí. Está el empleo, en la rehabilitación, de los productos
del doctor Carlos Miyares Cao. No intercalamos otros tratamientos existentes en
el mundo, sino que solo aplicamos, contra el vitiligo, la melagenina; contra la
alopecia, la pilotrofina, y contra la psoriasis, la coriodermina. Hemos
obtenido muy buenos resultados.

«Otro caso: tenemos un niño que nació con una malformación
de la oreja. En el mundo entero se utilizan prótesis, pero tienen algunos
riesgos, como la rotura. Aquí, nuestros cirujanos plásticos acometieron la
remodelación con cartílago del propio paciente».

-¿Cuál es la labor del equipo médico cubano en Ucrania?
-Hay una brigada médica en el sur. Desde el principio hubo
en Kiev un médico cubano en la selección de los muchachos afectados, y en 1998
el Ministerio de Salud Pública de Ucrania se incorporó al proceso. En el sur,
en una zona libre de contaminación, está la brigada, con un hematólogo, un
endocrino, un psicólogo, un dermatólogo, un MGI y un traductor, para darles
seguimiento a los niños que culminan en Cuba.

«Por otra parte, el ciento por ciento de los que vienen aquí
no están relacionados con la catástrofe de Chernobil. También hay niños
huérfanos, o sin condiciones económicas. Así, atendimos a un quemado con muchas
secuelas. Se le hizo una rehabilitación intensa, porque además venía en silla
de ruedas. Se le pusieron prótesis, y ya va a la escuela en Ucrania».

-¿Se puede hablar de una huella afectiva en ustedes, los que
participan en el programa?

-Hay una palabra para estos 20 años: esperanza. La vivimos
constantemente. La tienen ellos, niños y padres, en los médicos cubanos. Cuba
constituye una esperanza. Y nosotros vemos como un reto ofrecérsela. Hay
enfermedades que no tienen marcha atrás, pero que un menor pueda incorporarse a
la sociedad, que su madre lo vea caminando, ya es un logro. La propia
rehabilitación de muchos niños en años pasados, cuando no teníamos equipos, fue
por las manos de nuestros fisioterapeutas. Hay que hacer, hay que tratar de
modificar. Esa es nuestra medicina, es nuestro prestigio. Y nos enorgullece.

*Fuente: Juventud Rebelde  


Ucranianos agradecen
Programa de Atención a los niños de Chernobil

Juventud Rebelde

Con la explosión del cuarto reactor de la central de
Chernobil, escaparon a la atmósfera grandes cantidades de yodo radiactivo y
cesio 137.

«El cesio es la única sustancia radiactiva de la que,
incluso después de 50 años, puede medirse su concentración en el organismo
humano. A los pacientes atendidos en Tarará se les mide el nivel de radiaciones
para conocer los niveles de cesio 137 que tienen en sangre», comenta el doctor
Arístides Cintra, jefe del Servicio Pediátrico y fundador del Programa de
Atención a los niños de Chernobil.

Ucrania -explica- está en el denominado «cinturón
bociógeno», grupo de países en los cuales existe déficit de yodo en la
atmósfera y en los alimentos, por lo que la población que habitaba en la zona
tenía avidez de esa sustancia. La tiroides crece para captar el más mínimo yodo
que haya en el medio ambiente, y con la explosión, el que se absorbió fue el
radiactivo. Una vez en Tarará, los pacientes viven en un medio limpio, que
propicia la descontaminación.

Durante los 20 años del Programa han sido atendidas más de
24 000 personas. Entre ellas, más de 300 menores han sido operados de
diferentes tipos de leucemia, y 16 han sido intervenidos por cirugía
cardiovascular, como consecuencia de malformaciones congénitas. De igual modo
se han efectuado trasplantes de riñón y de médula ósea.

En Tarará, donde actualmente se encuentran unos 160
pacientes, laboran 17 traductores que facilitan el trabajo de los médicos.
Además, allí viven maestros ucranianos, quienes imparten clases a partir de un
programa diseñado en el país europeo.

El esfuerzo ha valido la pena. Olga Ivanovna, hoy directora
del Fondo Internacional de Chernobil, escuchó por la radio ucraniana, en marzo
de 1990, un comunicado de la embajada de Cuba, el cual informaba que el Estado
cubano y el Comandante en Jefe Fidel Castro invitaban a los niños afectados a
recibir atención médica aquí. Ya estaban en Kiev los médicos cubanos para
evaluar los casos.

«Cuando llegué al sitio indicado, había muchísimas personas.
Todas tenían la esperanza de curar a sus hijos. Transcurridos cinco días, ya
estaba aquí con el mío. Padecía de encefalitis, y se había quedado sordo por la
cantidad de antibióticos que había tomado.

«Mi hijo se rehabilitó completamente. Le pusieron una prótesis
auricular. Hoy está casado, tiene dos niños y es máster en Computación. Nunca
podremos agradecer tanta felicidad. Cuba me regaló una segunda vida. (…) Este
programa estará escrito en la historia con letras de oro».

*Fuente: Juventud Rebelde

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