Impulsemos los Sueños de Estudiantes Secundarios Técnicos y Profesionales
por Catalina Gaete Salgado (Chile)
18 años atrás 5 min lectura
Desde el 2006 hasta el presente año, los estudiantes secundarios y universitarios se han encargado de posicionar los problemas que aquejan al sistema educacional en Chile, generando conciencia y cuestionamientos de la sociedad sobre la materia.
Sin embargo, un sector educacional importante, con grandes problemas e irregularidades, ha sido escasamente abordado por las recientes movilizaciones estudiantiles: la Educación Técnica y Profesional.
Por esto, reconsiderar y volver a discutir los beneficios y desventajas de éste sistema educacional, anexo al tradicional, debe ser una tarea de todo sector, ante los cambios y algunos avances que se han producido en nuestro país.
La Educación Técnico y Profesional en Chile se remonta a mediados del siglo XIX, cuando Manuel Bulnes funda oficialmente la Escuela de Artes y Oficios, en 1849. La creación de este establecimiento educacional responde a la creciente necesidad de impartir enseñanza técnica; una necesidad que proviene de la anticipación de los gobiernos de esa época a la fuerte industrialización que viviría el país, entrando en el siglo XX. Como también, representaba una oportunidad ideal para cientos de jóvenes que no conseguían (ni siquiera intentaban) ingresar a la educación impartida por las Universidades de Chile y Católica. Así se intentaba reducir la desigualdad social y se otorgaba conocimientos y opciones de empleo a muchos jóvenes.
Ya en pleno siglo XX, los estudiantes de estas escuelas técnicas aspiraban a que sus instituciones se transformaran en universidades; aspiraciones que fueron finalmente concretadas en 1947 por el presidente Gabriel González Videla, quien funda, sobre las antiguas bases de la Escuela de Artes y Oficios, la Universidad Técnica del Estado.
Con la creación de la que actualmente es la Universidad de Santiago (USACH)[1], las bases técnicas de esta antigua escuela fueron finalmente transformadas y dirigidas hacia la educación secundaria, respondiendo a la misma necesidad que imperaba a fines del siglo XIX, pero acentuando estos requerimientos en la desigualdad social y la falta de empleo.
Los alumnos de Colegios Técnicos y Profesionales, actualmente, son estudiantes que gozan de la seguridad que un título profesional les otorga, teniendo, en promedio, solo 18 años. Siendo, tan jóvenes, un sustento económico para sus familias y comenzando su carrera laboral con mayor anticipación que alumnos de la educación tradicional.
Son las ventajas de un sistema que, de todas formas está mal regulado. Las enseñanzas que reciben los estudiantes, al interior de estos establecimientos, están escasamente normalizadas por el Ministerio de Educación y otros organismos gubernamentales.
Las expectativas laborales de las especialidades que se imparten son evaluadas por el mismo establecimiento, a pesar de la existencia de una comisión ministerial que, supuestamente, debe acreditar estas profesiones anualmente. Sin embargo, la comisión no realiza trabajo en terreno, no evalúa la competencia de los docentes y sólo exige, cada año, un correcto perfil de egreso.
La destituida ministra de educación, Yasna Provoste, lideró algunos acuerdos en materia técnico-profesional, reforzando las relaciones entre este tipo de instituciones y el mundo empresarial, a través de acuerdos en prácticas y formación, pero desatendiendo el nivel de la calidad en la enseñanza y su fiscalización.
Pero, atendiendo a las facilidades económicas y educacionales que presentan algunos centros de formación técnica, institutos profesionales y universidades ¿se justifica aún una educación técnica profesional en la enseñanza media?
Como se mencionó anteriormente, la educación ofrecida por estos colegios es precariamente fiscalizada, tanto la enseñanza técnica, como la que corresponde a las materias científicas y humanistas. Las horas en que los alumnos aprenden matemáticas, ciencias, historia, lenguaje e ingles, son escasas, siendo, generalmente, sólo tres horas semanales para cada uno de estos ramos, ya que priorizan la educación técnica, en ramos como “Comercio Electrónico” (en la especialidad de ventas), donde, durante cinco horas semanales, les enseñan a los alumnos a hacer sitios virtuales y a manejar transacciones comerciales vía Internet.
La formación de estos alumnos es superior en ramos técnicos, comerciales e industriales, evidentemente. Sin embargo, la enseñanza tradicional es de incuestionable necesidad y debe ser ineludible para todas las instituciones educacionales. Son los conocimientos y competencias que si bien, no serán parte del curriculum que el alumno egresado presentará ante una empresa, serán la base para cualquier actividad que el estudiante quiera emprender, incluyendo la práctica laboral.
Hoy, las oportunidades de acceder a la educación superior son, sin duda, mayores que las opciones existentes en épocas anteriores. Los créditos estatales, becas de excelencia académica o las becas otorgadas según nivel socioeconómico abren las puertas a todas esas familias que vieron en las escuelas técnicas y profesionales la única oportunidad que tenían sus hijos para emprender. Hoy, éstos jóvenes tienen la ocasión de complementar su educación técnica secundaria con la educación superior y aspirar a cielos más altos.
No podemos negar los beneficios y ventajas que presenta este tipo de educación, por lo tanto aún se justifica su utilidad. Pero son ventajas que deben ser complementadas con la educación superior. Estas instituciones no deben caer en la burda creencia de que esos jóvenes no necesitan saber de procesos históricos, o que no necesitan saber matemáticas más que para cuadrar el balance general en contabilidad. Se requiere mayor regulación en las materias y ramos que se imparten, tanto en el sector técnico, como en el tradicional, para que la fusión de ambas áreas potencie al estudiante, evitando que se vea perjudicado por la maximización de una y la ausencia de la otra.
Los sueños de superación de miles de jóvenes (porque aún hay sueños y esperanzas) no deben ser coartados en las salas de clases, que es el lugar en donde, precisamente, deben elevarse a las alturas.
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