La ilusión de la libertad de información y de prensa en Chile
por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)
18 años atrás 4 min lectura
1.
El periodismo objetivo no existe. Desde la madrugada del periodismo moderno –asociado a la Revolución Francesa, la Norteamericana, la fundación de los Estados Nacionales y las luchas independentistas en América Latina- el ejercicio informativo oculta resortes corporativos, políticos, ideológicos, y, en último término, de intereses de clase.
El recorte discrecional de hechos que ocurren, son siempre digitados por la función de construir realidad, influir en el mundo lector, auditor o televidente desde motivaciones altamente tendenciosas y editorializadas. Es por ello que las clases y sus organizaciones, instituciones civiles y militares, corporaciones, partidos políticos y corrientes de pensamiento de toda índole precisan siempre de medios de comunicación que propalen su visión de las cosas desde un ángulo particular.
El contexto de producción del texto periodístico –independientemente de su formato- determina las maneras y los contenidos del mensaje periodístico. Y en general, son los dueños de los medios quienes enmarcan el horizonte de sentido del instrumento comunicacional. Los periodistas, al respecto, son meros obreros de la escritura cuyas jefaturas editoriales los condena por opción o autocensura a producir de una manera determinada y no otra. El texto periodístico, desde sus orígenes, con la hegemonía de la burguesía y el modo de producción capitalista, tiene dos alternativas: reproducir la visión de mundo dominante o jugársela por colaborar con la hegemonía de los de abajo.
2.
Idealmente, las escuelas de periodismo enseñan que la labor profesional debe fundarse sobre tres ejes: comunicar, informar y edificar. A ello se agrega una ética ligada a “la verdad”, que, en los hechos, opera como pura verosimilitud, o texto creíble. En la vida real, en el Chile del siglo XXI, la libertad de opinión, información y de prensa está extraordinariamente constreñida, maniatada, casi no existe.
Los diarios de papel son de propiedad de dos grandes consorcios, El Mercurio de Edwards y Copesa, que copan más del 90 % de la oferta, concentran la publicidad, reproducen ideológicamente los intereses de la clase en el poder y pautean a las radios y a los informativos televisivos.
Las emisoras de masas más escuchadas se alimentan de las agencias UPI y ORBE –la primera es una transnacional ligada a los intereses corporativos del Estado norteamericano y la segunda, a la derecha política histórica del país-.
Y los canales de televisión abierta pertenecen a empresarios como Sebastián Piñera, y al Grupo Claro. TVN, por su parte, es conducida por un directorio que refleja las relaciones de fuerza por arriba de la clase política que, a su vez, expresa distintas fracciones de la burguesía.
Marginalmente, las voces ciudadanas, las miradas correspondientes a los intereses de los trabajadores y el pueblo, cuentan con contados medios en Internet, limitadas radios y canales televisivos locales, de muy bajo impacto y precaria legalidad, y algunas aventuras de papel que sobreviven dificultosamente en los kioscos. Los dos modos fundamentales de destrucción de posibilidades para la existencia de medios no dominantes respecto del poder están asociados a la discriminación del avisaje comercial y el castigo ideológico desde arriba.
Considerando los elementos expuestos, se puede afirmar que en Chile no existe pluralismo informativo, y los empeños independientes, alternativos o que presentan la realidad informativa desde abajo sufren condiciones estratégicamente asimétricas, desiguales en relación al monopolio medial de los que ostentan el control de la sociedad en todos sus ámbitos. Más claramente, el derecho de la ciudadanía, de las mayorías nacionales a escoger entre un conjunto de medios no monocordes o diversos, está determinado por las relaciones de fuerza realmente existentes entre la contradicción capita/trabajo.
3.
La necesaria construcción de la hegemonía de los intereses de las grandes mayorías en Chile pasa también por la libertad de expresión e información. Es por ello que las múltiples expresiones organizadas de los trabajadores y el pueblo en clave plural y contra dominante, deben contar con urgencia prioritaria con medios propios, altamente éticos, atractivos, apostando a la creatividad, la responsabilidad, y a través de formatos amigables y atractivos.
La reconstrucción del llamado “intelectual orgánico”, es decir, de los militantes sociales y políticos de las clases subalternas, tiene una relación dialéctica con el ritmo, los modos y el tonelaje que adquiera mediante la lucha y el protagonismo, el campo popular. Lo cierto es que mientras más medios de comunicación no reproductores de los intereses dominantes existan, en una relación dinámica, Chile puede acercarse al derecho humano fundamental de la libertad de opinión e información que debería ser una de las matrices rectoras de una auténtica democracia que todavía no existe, que es un desafío en ciernes, que palpita como necesidad aún encorsetada por la minoría que manda y es dueña de todo. Por lo pronto, ya está en las calles el periódico quincenal MARCHA, dirigido por sus propios trabajadores. Es una nueva molécula que busca aportar a la conquista de una sociedad de libres e iguales.
Noviembre 10 de 2008
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