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Vejez

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Un viejo fue hasta ayer un viejo. En nuestros días de mentiras políticamente correctas ya no hay viejos, sino adultos mayores, tal vez en contraposición con adulto menor o adultillo o adultejo.

¡Pobres viejos!: hoy son adultazos, superadultos, adultísimos.

La realidad no almibarada es la de Shakespeare:

“What"s in a name? That which we call a rose
 By any other name would smell as sweet”.
 (Romeo and Juliet II, ii, 1-2) 

                   “¿Qué hay en un nombre? Lo que llamamos rosa
                    Con cualquier otro nombre ha de oler igual de dulce”.

¿Qué hay en un nombre? Lo que llamamos viejo/
Con cualquier otro nombre ha de oler igual de rancio.
Estos almíbares para endulzar la realidad se llaman eufemismos. Lo contrario al eufemismo es la poesía auténtica, la que por medio de la sensibilidad afectiva penetra en la esencia de la realidad del primer nombre.

Uno de los libros de poesía esencial es la Biblia. En ella, hay un libro amargo escrito más bien hacia el final del siglo tercero antes de Cristo. Este libro es un agujero negro en la radiante constelación de la historia del pueblo elegido. Se llama Eclesiastés o libro de Qohelet, nombre que parece hacer referencia a una función en la asamblea («qahal»): y que, según la Biblia de América, “designaría al que la convoca, la dirige o interpela”.

El autor aconseja a los jóvenes que tengan en cuenta al Creador mientras son jóvenes, porque ha de llegar el ocaso de la vida cuando ya sea tarde. Y describe la vejez en el siguiente poema rítmico:

“Ten en cuenta a tu Creador en los días de tu juventud antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años de los que digas: ‘No me gustan’.

"Antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y regresen las nubes después de la lluvia. Cuando tiemblen los guardianes de la casa y se encorven los robustos. Cuando se detengan las que muelen, porque ya son pocas, y se oscurezcan las que miran por las ventanas, se cierren las puertas de la calle y se pare el ruido del molino, se apague el canto del pájaro, y enmudezcan las canciones. Cuando den miedo las alturas, y los peligros del camino. Cuando se desprecie el almendro, se haga pesada la langosta y no tenga sabor la alcaparra. Porque el hombre va a su morada eterna, y las mujeres ya están llorando por las calles. Antes de que se rompa el hilo de plata, y se destroce la lámpara de oro, se quiebre el cántaro en la fuente, y se caiga la cuerda en el pozo. Antes de que regrese el polvo a la tierra de donde vino, y el espíritu regrese a Dios, que le dio”. (Eclesiastés 12 1-7).

He aquí una perfecta descripción de la vejez, hecha de referencias tan bellas que resultan terriblemente tristes.

El resultado es un sentido de dolor por la fugacidad de la juventud, de ternura por la vejez que va perdiendo el uso de los sentidos, llenándose de temores, quedándose sin referencias, inquietándose porque la lámpara, la fuente, el pozo se apague, se ciegue, se seque, y venga el polvo.

Esto nos conmueve y humaniza.

Lo otro, lo de adulto mayor, es un mal chiste.

* El autor es escritor ecuatoriano de enorme prestigio. (n. 1928). Académico. Es editorialista del diario HOY de Quito.

* Fuente: Altercom   

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