Murió Finisterre, el inventor del futbolín
por Félix Población (Diario del Aire - España)
19 años atrás 3 min lectura
Si a don Víctor Mora le corresponde el privilegio de haber hecho despuntar en muchos de nosotros el afán por la lectura, gracias a las aventuras semanales que todos los viernes corría nuestro inefable Capitán Trueno, espejo de caballeros andantes en su pugna contra el mal, a don Alejandro Finisterre le toca haber puesto en nuestras manos la emoción competitiva de un juego de sala tan absorbente y vivaz como el futbolín.
Eran viejos, destartalados y ruidosos aquellos futbolines de los sesenta. Ubicados por lo general en los mismos locales sombríos, angostos y malolientes donde competían con las mesas de billar, en medio de un ambiente viciado por el humo de tabaco y la mala ventilación de los retretes, mi disgusto ante la expectativa de acceder a tales ámbitos siempre se desvanecía a instancias de mi pasión por ese juego.
Nunca fui un experto en el manejo de la bola, ni tampoco mi precario monedero me permitía una frecuente ejercitación, pero disfrutaba casi tanto haciendo girar las sudadas empuñaduras de las barras de acero como admirando el virtuosismo en los arrastres, las raudas combinaciones y los imprevistos y angulosos chutes de los más cualificados jugadores, por lo general más graves de voz y crecida estatura.
Hace unos días murió en Zamora don Francisco Finisterre, el inventor del futbolín. Se llamaba en realidad don Alejandro Campos Ramírez, pero prefirió llevar el nombre de su aldea, ahora Fisterra (La Coruña), por la diáspora del exilio en las muchas páginas de su quehacer como editor. Escritor y creador de meritorias publicaciones literarias en varios países iberoamericanos, fue albacea del poeta Leon Felipe.
Cuentan quienes le trataron en la recoleta y románica ciudad del Duero que a don Francisco lo que más le motivaba en el intenso recordatorio de su larga vida (falleció a los 87 años) fue la circunstancia en que se gestó su invento. Herido Finisterre durante la guerra, el futbolín nació para que los niños ingresados en el mismo hospital de Montserrrat de Barcelona donde él se encontraba pudiesen jugar al fúbol. Se basó para ello en el tenis de mesa y recurrió para construirlo a un carpintero vasco, don Francisco Javier Altuna.
Suscrita la patente en 1937, el futbolín no pudo ser fabricado ni distribuido por el país. La industria juguetera estaba entregada por entero a la empresa de hacer armas para que los hijos de los soldados, en vez de jugar, llorasen la muerte, la persecución, la cárcel o el castigo de sus padres.
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