La matanza obrera de Coruña en la dramaturgia iquiqueña

El año 2003 me propuse escribir un texto dramático que diera cuenta de una de las tantas matanzas obreras ocurridas a comienzo del siglo XX en el norte de nuestro país. En esa oportunidad me planteé, entre otras premisas,  dar cuenta de los hechos históricos desde una perspectiva de la recuperación de la memoria, basándome en la novela “Los pampinos” (1956), de Luis González Zenteno (1910-1960). Para tal efecto, construí la pieza bajo los mismos lineamientos y derroteros del antiguo (pero no caduco) teatro social. Esto significó emprender un trabajo hermenéutico, interpretativo y aclarativo, con la finalidad de superar la simple narración de los hechos históricos y la biografía de sus actores sociales principales. De ese modo, pretendí dar voz a aquellos trabajadores asesinados en las agrestes y quemantes arenas del desierto tarapaqueño y revivir las desdichas históricas sufridas en estas tierras por los desamparados. Ese proceso me llevó a revisar la historiografía existente, por supuesto escasa, ya que, como sabemos, muchas páginas funestas de nuestra historia han sido escamoteadas por las “letras oficiales”.

A modo de resumen, podemos decir que en los inicios del mes de junio de 1925, precisamente, en las postrimerías del primer gobierno de Arturo Alessandri Palma (1920-1925), se declara una huelga en la Oficina Salitrera Coruña, en el marco de una gran efervescencia económica y política existente en esos días en los sindicatos del salitre. Situados en aquel contexto, los agentes del imperialismo británico estaban muy inquietos por el fortalecimiento que había alcanzado el movimiento obrero en Chile hacia 1925 y, lisa llanamente, intervinieron en los acontecimientos, a través de presiones directas al gobierno central. Por otra parte, debemos considerar que la Federación Obrera de Chile adquiría cada vez mayor fuerza. Otro tanto ocurría con el Partido Comunista, fundado por Luis Emilio Recabarren. Además, el triunfo de la revolución del proletariado ruso (1917) influía en amplios sectores populares.

Ahora bien, entre las demandas que planteaban los trabajadores podemos identificar: implantación de Ley Seca en las salitreras, jornada laboral de ocho horas, reemplazo por dinero de las fichas y vales utilizados para la obtención de alimentos y otros enseres, aumento salarial conforme al alza del costo de la vida, mejoramiento de las condiciones de trabajo, término de las brutalidades contra los obreros, nacionalización de las oficinas salitreras, entre otras. Estas demandas surgen como consecuencia de la crisis del salitre que llevó a los empresarios a cerrar alrededor de sesenta salitreras y a expulsar de ellas a los obreros y sus familias, quienes, en gran parte debieron volver hacia sus lugares de procedencia, en su mayoría del sur del país.

En abril de 1925, las huelgas de las distintas oficinas, campamentos obreros, estibadores, jornaleros, cargadores y empleados de aduana, entre otros, desembocaron en un paro general que se prolongó por ocho días en la provincia de Tarapacá. Mientras tanto, los dueños de las Oficinas Salitreras solicitaron una tregua para consultar a las instancias centrales en Inglaterra y Estados Unidos. Los obreros aceptaron dicha espera; no obstante, los patrones recurrieron de inmediato a las autoridades de turno con el propósito que les dieran garantías para resguardar sus intereses. En esas circunstancias, el gobierno otorgó “carta blanca” para que las fuerzas represivas sofocaran el levantamiento obrero, utilizando la fuerza más despiadada.

Ante el clima de tensión social que comenzó a aumentar a paso galopante, el presidente Arturo Alessandri declaró el estado de sitio en Tarapacá y Antofagasta, y designó como Jefe de Plaza al general Florentino De La Guarda. Los domicilios de los dirigentes obreros fueron allanados; estos, detenidos y embarcados con rumbo desconocido. Las listas negras en las oficinas circularon con rapidez y muchos dirigentes desaparecieron de la escena, sin dejar ningún rastro de sus paraderos. La “guerra sucia” había comenzado a tejerse secretamente. Se clausuraron los diarios en Iquique El Despertar de los Trabajadores y El Surco. Ante esta acción represiva, los obreros organizados respondieron con un paro de veinticuatro horas.

El comandante general de armas y jefe de la guarnición de Iquique, Recaredo Amengual, comunicó al ministro de Guerra, Carlos Ibáñez del Campo, que “en la pampa había estallado la revolución soviética”. Este coronel, convertido en hombre fuerte del gobierno, ordenó  deportar hacia el sur del país cerca de 2.000 huelguistas. Asimismo, exigió a Amengual enviar tropas a la pampa y someter por la fuerza a los obreros. En consecuencia, en la pampa quedaron enfrentados, cara a cara, un ejército bien armado con una masa de obreros cuya única arma era la “conciencia de clase”, la que había alcanzado a fuerza de sufrir injusticias sociales y dolor.

En una contienda desigual, los numerosos regimientos de infantería, caballería, artillería y marinos coparon la pampa y procedieron a ejecutar la masacre de los obreros y sus familias. La tarde del 5 de junio, la Oficina Coruña fue bombardeada por el regimiento Salvo durante más de una hora; luego, las metrallas del Lynch, la infantería del Carampangue y la caballería del Granaderos se encargaron de sepultar el alzamiento obrero.

Con todo –o contra todo–, el levantamiento de los trabajadores no solo marcó el paso de una lucha reivindicativa, sino que también se puede definir como un embrionario movimiento político de carácter revolucionario, puesto que esos hombres y mujeres se alzaron y  enfrentaron al Estado y sus fuerzas represivas, con miras al establecimiento de una sociedad nueva.

Junto a estas referencias históricas y entrevistas realizadas a historiadores de la Región de Tarapacá, también consideré la novela de González, pues ella me podía servir como fuente argumental para elaborar la obra teatral. Debemos considerar que la literatura es uno de los pocos medios que ha develado el cosmos pampino, los pasajes trágicos de los obreros y las masacres ocurridas en el norte del país, incluso antes que estas fueran preocupación nacional y universal, no solo en el sentido de destrucción del hombre, sino también como delito social y trasgresión de los Derechos Humanos.

Ahora bien, “Los pampinos”, de Luis González, se enmarca en el punto de mira neorrealista, asume la crisis de la sociedad chilena de comienzos del siglo XX y adopta una mirada cronística, histórica e incluso legendaria de la pampa salitrera; registra, testimonia y transforma la realidad de la pampa y de las Oficinas Salitreras sobre un escenario de conflictos y cruda realidad social. La narración expone interesantes aspectos de la vida social del puerto, tales como las juergas e intimidades que tenían las clases privilegiadas en el Palacio de Cristal, la construcción del local de la Federación Obrera de Chile (FOCH); la acción de las Ligas Patrióticas, como primer signo de xenofobia contra peruanos y bolivianos. Del mismo modo, menciona aspectos de la vida de Luis Emilio Recabarren, del diario obrero El Despertar de los Trabajadores, la cesantía y la crisis socio-económica que azotaba al país. Al mismo tiempo, construye un relato de las huelgas de trabajadores, la creación de los sindicatos y las andanzas de los pampinos en las casas prostibularias. Recrea a personajes reales (Carlos Garrido y Luis Emilio Recabarren) y a otros ficticios.

Sus protagonistas están simbolizados por Carlos, joven venido de Aconcagua, y Leonor Túmbez, la Timona, emigrante de la sierra del Perú. Ambos, al igual que miles de personas, fueron “afuerinos” que abandonaron sus pagos e, incluso, sus familias, para probar suerte en el desierto más árido del mundo. No olvidemos que en su mejor época, la cantidad de obreros asentados en este territorio llegó a un total de treinta mil trabajadores. De esta manera, González concilia la épica social y el desarrollo del conflicto de los obreros, con las historias personales de sus personajes de ficción.

El argumento comienza con Carlos, un hombre desarraigado del campo y de su medio mítico, pero que en el transcurso de los accidentes se convierte en un líder revolucionario. Con todo, sucumbe en un arenal de desolación representado por la sociedad industrializada. A pesar de ello, en las postrimerías, entrega audazmente su ejemplo hacia el futuro. Lo acompaña  Timona, indígena apasionada y fatídica, que inicia su existencia dramática como líder, y marcha de la mano con Luis Emilio Recabarren. Ambos personajes están trazados por el autor como verdaderos íconos de los trabajadores salitreros que deciden enfrentar organizadamente al poder de los capitalistas, dueños de las industrias de nitrato.

Coruña, la obra teatral, aspiraba a recontextualizar ideológica, ética y estéticamente la novela, con el propósito de reconstituir la escena política y social de un hecho histórico brutal ocurrido a comienzos del siglo pasado. En consecuencia, el argumento central de la narrativa nutrió al teatro de conocimientos e imágenes que me permitió profundizar sobre los protagonistas: los pampinos. Personajes que vivieron en la pampa salitrera, en un ambiente lleno de dramas sociales, abusos, atropellos, vejámenes y crímenes. La pampa fue el territorio que configuró los rasgos distintivos (existenciales, sociales y psicológicos) del hombre que la habitó.

Los personajes centrales de Coruña representan a aquellos emigrantes que arribaron a la pampa nortina, transformándose en pampinos, con una nueva identidad y un sentimiento propio. A todos ellos los configuré en una misma altura de valoración social, sin distingo de género. Incluso, en varios pasajes de la trama, destaco a la mujer cumpliendo un rol preponderante en el alzamiento obrero, más aun siendo mano derecha de Luis Emilio Recabarren. Ella se moviliza en un ambiente asfixiantemente machista como el que se vivió en aquel entonces; donde la mujer estaba destinada a cumplir roles menos relevantes.

Probablemente, el rescate de la voz femenina es un punto de inflexión, tanto en la novela citada como en la obra dramática, en comparación a la tradición literaria nortina. Si bien Timona y Carlos Garrido tienen un papel sobresaliente en el hilo conductor de la historia dramática, con todo, en ningún caso determinan el desarrollo de los acontecimientos de la trama. Ambos simbolizan el arquetipo del trabajador explotado, sintetizando el sueño esperanzador de una clase social: el proletariado. Desde ese prisma, se colige que la axiología textual está dirigida a una nueva realidad optimista y a la cristalización de una utopía.

TIMONA. Qué poco pedimos nosotros ¿cierto, hijo? Pero cuando usted sea grande, el mundo ya habrá cambiado. Escucha, hijo, tú eres la esperanza, la semilla que se abre paso en los surcos de una nueva vida. Sí, una nueva vida. (p.98).

Por otra parte, los personajes fueron dispuestos en una dimensión que trascendiera el mero vínculo con el territorio pampino. En otros términos, intenté proyectar al pampino adscrito al sentido sacrificial colectivo que se superpusiera a las historias particulares que iban surgiendo durante el desarrollo de la tragedia. Para mis propósitos dramatúrgicos, fue más relevante lo que sustentaban y relataban los pampinos que las historias y características socio-culturales particulares. Para este propósito se recurrió a la revisión de los discursos de los dirigentes sociales y a otras fuentes literarias: la narrativa y la lírica. Empero, en el diálogo no solo traté de resaltar los paradigmas políticos e ideológicos que abogaban, sino también interpelar lo micropolítico; esto es, sus subjetividades y sus representaciones, más allá de un marco histórico e ideológico. En consecuencia, los diálogos están matizados entre los pormenores de la gesta obrera con la historia íntima y humana de Carlos y Timona, quienes se amaron intensamente en un clima tenso y funesto.

Por lo demás, procuré rescatar la figura del pampino no solo como productor de las grandes riquezas que gozó en ese período el país, sino también, y fundamentalmente, como el hombre que, desafiando la ignorancia y la explotación más extrema, se alzó contra el poder omnipotente de los empresarios capitalistas y su aliado, el Estado chileno. Por tanto, el conflicto central que moviliza la acción de la estructura dramática es la lucha de los trabajadores contra el sistema opresor. En este caso, la clase obrera surge como una fuerza que se mueve en torno a sus demandas reivindicativas y a sus aspiraciones políticas; por el contrario, los capitalistas extranjeros de las salitreras y las autoridades de gobierno, emergen confabulando contra los trabajadores para mantener el estado de cosas existente. Es evidente que ante el escenario cruel y explotador que vivía el obrero, solo tenía dos caminos: someterse a las condiciones imperantes y sucumbir pobre en una calichera, o revelarse contra el sistema, con la esperanza de encontrar un mañana mejor. Esta actitud extremadamente heroica fue la que exhibieron muchos hombres y mujeres que no dudaron en inmolarse por sus reivindicaciones, sueños y utopías.

Dentro de esa lógica, articulo a Carlos y Timona, al igual que a los otros personajes secundarios, como verdaderos héroes que expresan sus firmes convicciones de morir si es necesario por su causa.

CARLOS. (Soliloquio) ¿Querían pelea? ¡Tendrán pelea! ¿Querían sangre? ¡Tendrán sangre! Yo no me he metido en esto por puro gusto. (p.88)

De la misma forma, en el próximo diálogo se explicita con realismo la lucha obrera bajo la mirada de una estética épica.

TODOS. ¡Pan, pan! ¡Pan, pan! ¡Queremos pan! ¡Que salga Garrido! ¡Garridooó! ¡Garridooó! ¡Garridooó!

CARLOS. (Entra a escena) ¿Qué pasa compañeros?

HOMBRE 1. Lo que pasa es que no tenemos qué comer.

MUJER 1. ¡Queremos pan y leche para nuestros hijos!

HOMBRE 3. ¿Cómo te fue con la mercadería que ibas a conseguir?

CARLOS. ¡Estamos jodidos! Anoche no pudimos comprar mercadería en la otra Oficina. Nos corrieron a balazos.

TODOS. ¡Hijos de puta!

CARLOS. Es la verdad. Nos balearon.

MUJER 2. ¿Y ahora qué vamos hacer?

CARLOS. Ahora a la pulpería ¡Será nuestra, pase lo que pase! (p. 87)

Con esa voluntad militante, los personajes enfrentan a los destacamentos militares, pagando un alto precio por su arrojo y valentía. Después de la masacre, la muerte y el terror se apoderarán de la pampa y de los impulsos solidarios de los trabajadores, dando paso al pánico, el desconcierto, la desolación y el dolor entre los sobrevivientes. De esta manera, se pretendió plasmar tanto lo político como lo estético, en relación a un hecho histórico, el que abiertamente las letras canonizadas han ocultado hasta nuestros días.

El conflicto planteado es desarrollado en dos escenarios: Iquique y la pampa. En el primero, la acción comienza en un bar del puerto, luego se desplaza a otros ambientes, como la plaza pública en la que tiene lugar el mitin obrero y, posteriormente, a lugares cotidianos de los obreros. El segundo territorio, la pampa, resulta ser el más importante, pues surge cuando Carlos Garrido, en búsqueda de oportunidades de trabajo, se interna en las oficinas salitreras, para recalar finalmente en Coruña, donde termina inmolándose por la causa obrera. Insertos en estos dos contextos (Iquique y la pampa), los personajes se movilizan en tres planos centrales. El primero es el sociológico, donde ofrezco una visión del pampino, a través de las escenas de pulpería, las fiestas, juegos y la vida cotidiana en la oficina salitrera. El otro plano, el personal, lo constituyen Timona y Carlos, quienes mantienen una unidad de amor y convicción social, pero enfrentados a un destino incierto y funesto. Finalmente, el tercer plano, es el del poder económico y político, concentrado en la Intendencia y la pulpería, donde las autoridades y los dueños de las salitreras se confabulan en las sombras contra de los obreros.

Cada uno de estos planos, aunque siguen una lógica espacial y temporal lineal y progresiva, están condensados en breves episodios o escenas. Cada episodio presenta una dinámica de acciones propias ensambladas a un nivel sintagmático. Bajo esta técnica episódica, se evita separar las partes en actos; por el contrario, a través del personaje narrador, se plantean situaciones que relatan lo que va a suceder en ese momento.

Todos los episodios que comprende la historia están organizados bajo la técnica del montaje, la cual me permitió compaginar las anécdotas dadas por la novela y los diversos materiales provenientes de otros registros: literatura, diarios, fuentes históricas y del imaginario social de los descendientes de los obreros sacrificados. Todo este conocimiento histórico se entrecruzó en un juego de narración de los datos, descripciones sobre los protagonistas, reconstrucción de diálogos, recuerdos del narrador, crónicas de acontecimientos, datos cuantitativos económicos y citas de lecturas.

Tal como mencioné anteriormente, esta creación tiene sus vínculos en el teatro social obrero. Para lograr este propósito decidí tomar los aportes estructurales y el sentido dramático del teatro obrero desarrollado por Luis Emilio Recabarren, en plena crisis de la industria salitrera. Este estilo de teatro actúo como una suerte de “resistencia cultural” de los sectores populares. Es obligatorio dilucidar que este líder obrero jugó un papel clave en el proceso de alfabetización, concientización y dominio del habla en la clase trabajadora. Él se convirtió en un verdadero maestro y guía de los obreros, pues era consciente de que para lograr que ellos superaran la situación de opresión que vivían, debían tener acceso a la educación, pues únicamente de esta manera podían tomar conciencia de su realidad y, con ello, podrían ser capaces de transformar la sociedad, acabando con las viejas lacras sociales en las que estaban sumidos (analfabetismo, alcoholismo, prostitución, entre otras). Motivado por estas intenciones, difundió en la masa trabajadora el gusto por la literatura y el arte. Asimismo, reconoció el teatro como una importante herramienta para educar a los trabajadores y cuestionar sus propios defectos; reconociendo que el teatro era un arma ideológica para propagar sus ideas socialistas y propender al cambio de las estructuras sociales, económicas y políticas de aquella sociedad. Para él, el teatro era una verdadera escuela para educar a los trabajadores, muchos de ellos analfabetos.

Hecha la digresión anterior, digamos que Coruña, la obra, retoma la estructura y discurso crítico que caracterizó al teatro social que se presentó como defensor de los trabajadores salitreros y cuestionador del orden social impuesto. Coruña también asume la estética realista que utilizó Recabarren, esto es, presentar la realidad lo más cercana a los hechos objetivos. En este sentido, cabe recordar que para el teatro social obrero era importante situar al trabajador-espectador en el contexto social que vivía, con el propósito de facilitar la comprensión de su realidad y para generar una actitud crítica y revolucionaria en el mismo. Este fue uno de los lineamientos estéticos que asumí en esta experiencia escritural y que me permitió emprender el desarrollo dramático. Bajo ese predicamento, el texto dramático hace continuamente referencia al escenario histórico de los hechos que se narran.

RECABARREN. Compañeros: Todo esto está claro como el agua. No se necesita ser sabio para comprenderlo. Hay malestar en las salitreras, cunde la cesantía, encarece la vida, y como no pueden darnos pan, nos dan circo. Que peleemos. Que nos entretengamos. Que nos olvidemos de nuestros problemas. Pero nosotros no somos niños chicos para dejarnos engañar. ¿Verdad compañeros?

TODOS. ¡No, no! ¡De ningún modo!  (p.34)

Otra variable propia del teatro pampino que se recurre en la escritura fue el uso del habla popular, para evitar, así, el melodrama. De tal modo, los hechos históricos y la teatralidad se conjugan y se expresan en un lenguaje llano, con humor popular, realista, coloquial y “pampino”, convirtiéndose en una experiencia cognoscitiva para el lector y el espectador. En esa línea, los personajes.

Un aporte esencial de la estética del teatro social obrero que hace suyo esta escritura dramática, es el sentido reflexivo y didáctico que tenían las veladas artísticas y las representaciones teatrales en antaño. En esa época, el arte era concebido como una actividad al servicio del perfeccionamiento social y para la gestación de un espacio crítico que indujera a la reflexión de los trabajadores. Al igual que el teatro de Recabarren, “Coruña, la ira de los vientos”, explora los acontecimientos históricos, transformando al público en espectador activo de esa realidad, para que tenga conocimientos de la misma y, así, le permita tomar sus propias decisiones. En el fondo, se busca generar instancias para que las nuevas generaciones tengan comprensión del pasado histórico y para que los hechos luctuosos narrados no vuelvan a repetirse en el futuro del país.

Enlace para bajar gratuitamente, en formato PDF, el libro: Coruña, la ira de los vientos

En consecuencia, de acuerdo a mi juicio,  tanto en el proceso de la construcción de un artefacto artístico de carácter histórico como en la organización de cualquier acto de conmemorativo que se haga sobre un hecho que ocurrió en el pasado, no debe reducirse a una mera añoranza, a un ritual que solo conmueva, menos a considerarlo como una especie de pieza de museo, la que no se puede intervenir ni discutir; por el contrario, pienso que en el arte las matanzas obreras , como por ejemplo, Coruña y Escuela Santa María, las debemos abordar no como algo relegado al pasado, sino como soporte para discutir el presente, para mostrarle al lector/espectador el desarrollo inalterable de los hechos de la historia pasada. Es decir, revisamos lo que paso en otros tiempos y develamos la experiencia humana, para problematizar sobre el actual escenario social, con el ánimo de aportar, de cualquier manera y grado, a la lucha de los movimientos sociales actuales que persiguen dar término a las desigualdades e inequidades que aún persisten y se agudizan en el actual sistema demoliberal; en otra expresión, para que cambie el mundo existente.

El autor, Iván Vera-Pinto Soto, es cientista social, pedagogo y escritor

 
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