«¿Cuántos obreros murieron? Como lo señala Gonzalo Vial, es «… imposible establecerlo. La prensa popular habló de 2.000 (…) el general Guarda, de 59»; Peter DeShazo nos informa que «… los diplomáticos británicos estimaron que entre 600 a
800 trabajadores fueron muertos en la masacre, mientras que el ejército no sufrió bajas». Carlos Vicuña escribió: «Todas las voces hacían subir de mil los hombres muertos. Algunos me aseguraron que llegaban a mil novecientos».
Ricardo Donoso habló de «pavorosa matanza» de «centenares de muertos y heridos». Julio César Jobet sostiene que «… los que estuvieron en aquella zona y conocieron las peripecias de este drama, afirman que fueron masacrados 1.900 obreros; pero otros testigos oculares estiman en más de 3.000 el número de víctimas». Luis Corvalán sostuvo que «… en ella murieron más de 2.000 personas». Brian Loveman y Alejandro Chelén los cifran en «… más de 1.200 trabajadores». Simon Collier y William F. Sater hablan de una «salvaje masacre» de «centenares» de obreros salitreros. En cualquier caso, es seguro que
constituye, por poco, la segunda peor masacre puntual del siglo XX chileno luego de la de Santa María de Iquique; y que alcanza el triste registro de ser una de las peores matanzas de la humanidad en tiempo de paz.
Al igual que en las numerosas masacres obreras previas del siglo XX, el Gobierno, la oligarquía y los sectores medios minimizaron y justificaron la matanza y las represiones posteriores; y no efectuaron ninguna investigación de ella, ni menos sancionaron a sus responsables.
De este modo, la cifra oficial de muertos fue de 59, y el ministro Ibáñez – reveladoramente antes que Alessandri- congratuló
telegráficamente al general de la Guarda, «… felicitando a US . y a sus tropas por el éxito de las medidas y rápido restablecimiento orden público. Lamento la desgracia de tanto ciudadano, sin duda, gran parte inocentes. Espero continúe su obra, aplicando castigo máximo a cabecillas revuelta y aproveche ley marcial para sanear provincia de vicios, alcoholismo y juego principalmente».
Lo mismo hizo el presidente Alessandri al día siguiente, en telegrama a dicho general: «Agradezco a US ., a los jefes, oficiales,
suboficiales y tropas de su mando los dolorosos esfuerzos y sacrificios patrióticamente gastados para restaurar el orden público y para defender la propiedad y la vida injustamente atacadas por instigaciones de espíritus extraviados o perversos».
A su vez El Mercurio justificó la masacre al explicarla como producto «… de la necia agitación comunista provocada en esa región hace pocos días» y agregando que «recién terminada la estéril y dolorosa jornada (…) un numeroso grupo de obreros se acercó al general don Florentino de la Guarda, jefe de las fuerzas que redujeron a los amotinados (…) posiblemente muchos de ellos compañeros de los mismos que cayeron bajo las balas de los que defendían la propiedad y el orden, le agradecieron al general de la Guarda su actuación en la jornada».
La Nación la aprobó también al señalar que «… un desatinado y temerario espíritu de reivindicación social levantó y arrojó contra la propiedad y el orden a una masa de obreros que escuchó la palabra engañosa de sus jefes» y que «… es esta precisamente la más noble misión del ejército: asegurar la paz y la tranquilidad en el interior, porque a su sombra todos se encuentran garantidos y todos pueden ejercitar libremente sus derechos. Es su misión y es su deber».
Más impresionante fue, sin duda, la justificación que de ella hizo en El Diario Ilustrado el ex diputado radical por Tarapacá, Daniel Espejo, -¡el mismo que había criticado duramente la matanza de Santa María de Iquique!-, al decir que «… el falso comunismo chileno (…) ha hecho tres feroces manifestaciones de vida que tienden a atropellar a las autoridades, la propiedad privada y a los que no piensan como ellos (…) Los infelices que siguen a estos predicadores son la eterna carne de cañón (…) cayendo en Iquique el año 1908 (sic), después en San Gregorio y hoy nuevamente en Iquique (…) Los que hemos vivido muchos años en el norte de la República, los que hemos sido en el Congreso sus representantes (…) sabemos que lo único que salvará la situación en el futuro, es la más absoluta energía y severidad».
Quizá la más notable fue la que hizo La Revista Católica, al señalar como el origen último de los eventos «… la criminal propaganda comunista, que agentes rusos y peruanos hacían entre el elemento obrero de las salitreras de Pisagua» y que «… como en Chile no hay ningún pretexto, como hay en otras partes, para levantar bandera contra la propiedad y el capital, pues
hay abundancia de trabajo bien retribuido, y todos gozamos de amplias libertades, los agitadores son doblemente criminales».
(…)
Otro elemento, que no por repetido deja de sorprender, es el manto de olvido que tempranamente -consciente o inconscientemente- se quiso extender sobre dichos sucesos. Así, en el minucioso relato de centenares de páginas que el general Mariano Navarrete hizo en 1926 sobre los eventos de 1924 y 1925, no aparece ninguna mención de la masacre. Peor aún, el connotado político radical de clase media Alberto Cabero, escribiendo también en 1926, no sólo no menciona para nada aquellos sucesos, sino que respecto de 1924-25 se queja de «… la lucha de clases, excitada por el encarecimiento de la vida, las incitaciones del proselitismo y la aguijadura que el populacho recibió de la acción irresoluta y pusilánime de los gobiernos de facto». Aunque escritos mucho después, llama también la atención que actores del período como Emilio Bello y Arturo Olavarría no hagan ninguna mención de ella en sus Recuerdos políticos (1954); ni en Chile entre dos Alessandri (1962), respectivamente.
Pero lo que más impacta es el conjunto de obras históricas más recientes que ni siquiera registran la masacre. Además, al igual que con las anteriores masacres obreras, la represión no terminó allí: «Paralelamente, una ola de arrestos de caudillos laborales se abatía sobre las provincias calicheras. De Antofagasta, v. gr., llegaban por el ferrocarril a Santiago, el 20 de junio, 300 familias en ‘completa indigencia’; venían expulsadas de distintas oficinas, sin que las afectaran cargos concretos.
Ocuparon los antiguos albergues de cesantes. Otros detenidos tuvieron como cárcel el crucero Zenteno, surto en aquel puerto, y se les procesó militarmente».Estos eran más de 40 dirigentes comunistas y anarquistas de la provincia de Antofagasta, entre los que se contaba el futuro senador Salvador Ocampo, el poeta José Santos Córdoba y el abogado Jorge Neut Latour.
Luego de un Consejo de Guerra, cuyo fiscal militar el mayor Caupolicán Clavel le negó al abogado Daniel Schweitzer acceso a los detenidos y al sumario, se condenó a todos los detenidos a varios años de relegación a diversas islas: Más Afuera, Pascua, Melinka y Navarino, entre otras.
Luego, «… en un Consejo de Ministros, después de ruda batalla contra Ibáñez, logró Alessandri que se conmutasen las penas impuestas (…) por las de tres años y un día o menos de relegación de todos los reos a la ciudad de Castro». Y finalmente «…Alessandri, con el pretexto de las fiestas patrias los indultó a todos».
A su vez, los primeros detenidos de Pisagua llevados a Iquique por el O´Higgins fueron conducidos a Quintero por el Mapocho, donde fueron transbordados al crucero Blanco e interrogados por el comisario Ventura Maturana -que sería el tristemente célebre jefe de la policía política, bajo Ibáñez- que los encontró en penosas condiciones, suscitándoles compasión. Como «… tampoco existían cargos ni sumario en su contra (ya que se encontraban detenidos sólo porque los dueños o administradores de oficinas los motejaban de «agitadores»), Maturana se empeñó por su libertad, y la obtuvo para la mayoría. Más ya entonces venía navegando otro lote, en el vapor Liguria».
Vicuña añade que los encerrados en el O’Higgins «… fueron sometidos a inicuas torturas» y que «… eran amenazados cada día con que serían fondeados». Agrega que «… una carta anónima que recibí en Iquique, fechada a 14 de agosto de 1925, me cuenta entre otros horribles pormenores que a bordo del O’Higgins falleció de un ataque el teniente Lizama, a causa de la impresión que le causó la orden de fondear a un grupo de obreros, que arrodillados, llorando, sobre la cubierta le pedían piedad».
*Fuente: CiperChile

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