Me ha tocado estar en Valparaíso en al menos tres eventos catastróficos de estos últimos años. En la devastadora explosión por gas de parte de la calle Serrano -la calle más antigua de Chile-; en el incendio del cerro Barón y ahora, este domingo, en la avalancha que destruyó casas y dejó a miles de personas sin agua, a causa de la rotura de una matriz. En el origen de los tres hechos hay privados que no han tomado necesarias medidas de resguardo y prevención. En el caso del agua, las roturas de la misma matriz en cuatro oportunidades este mismo año (marzo, abril, junio y julio) muestran que no se trata de fallas o accidentes eventuales, sino de resultados de un descuido sistemático, por no decir olímpico.
Duele ver a Valparaíso anegado, incendiado, destruido, vulnerable, víctima de la desidia, de la ineptitud, del abandono. Porque Santiago (el poder centralista y autista) dejó a Valparaíso a su propia deriva hace tiempo. Y lo que es peor, las mismas autoridades locales parecen haberse conformado con el naufragio lento de esta ciudad milagrosa y catastrófica.
Valparaíso nació y se desarrolló entre dos azares. Primero, el azar poético de su arquitectura espontánea y popular, que ha sorteado quebradas y los azotes del viento y la pobreza, para levantarse como un anfiteatro armonioso, en que todos se respetan la vista mutuamente, en un ejemplo de cortesía y cultura urbanas único, solo transgredido por los recién aparecidos edificios, descomunales e insolentes.
El otro azar, en cambio, es el lado oscuro de la improvisación, y ese no produce resultados creativos, sino destructivos. Es la ciudad entregada a la especulación inmobiliaria, al caudillismo tramposo y mentiroso, y a cierto turismo de fin de semana infiel, irreal, de tarjeta postal, que ha matado la vida de muchos barrios y comunidades reales. El Valparaíso auténtico, el de los lugares valiosos, esas ferreterías, panaderías, vidrierías, lencerías y restaurantes de pequeños comerciantes dignos y con oficio, ha resistido con entereza la sucesiva oleada de los bárbaros de toda laya. Pero, ¿por cuánto tiempo más?
Valparaíso, a veces, parece eterno, y dan ganas de decirle ese piropo que Borges le escribiera a su Buenos Aires: «Te juzgo tan eterna/ como el agua o el aire». «Pero la ciudad cambia más rápido que el corazón de un mortal», dijo Baudelaire de otra ciudad eterna, París. Valparaíso es, en realidad, solo la cara más evidente no solo de su propia ruina, sino de la del espacio público de todo Chile.
En Valparaíso eso es más visible porque esta ciudad nunca ha sido hipócrita, jamás ha escondido su pobreza ni su deterioro, como otras ciudades que la han metido debajo de la alfombra. Pero no es solo Valparaíso el que se está cayendo a pedazos, es el Chile republicano que costó décadas levantar el que ha sido aplastado, pasado a llevar por este nuevo Chile del retail , de los malls , de los duopolios, de la ignorancia e insensibilidad por lo que no sea ganancia inmediata, rapiña fácil.
Este domingo se rompió una matriz de agua en Valparaíso. Qué significativo, pues su barrio emblemático y fundacional se llama La Matriz. Lo que se ha roto hace tiempo, en realidad, es la matriz ética y estética de Chile, y es esa rotura -que no se puede reparar a la rápida- lo que ha permitido que esplenda esa mezcla letal de avidez, desidia y falta de visión.
Cuando escuché a un ejecutivo español (o de acento madrileño) de la empresa del agua dando explicaciones de las causas de la rotura de esta matriz, tuve una extraña sensación. Ese hecho se me cruzó con la noticia que hablaba, ese mismo día, del ingreso al negocio inmobiliario de una importante multinacional española que anuncia que «estamos ofertando por la construcción de malls y edificios de alturas».
Qué horror. Valparaíso, alma de Chile: que no te vendan, que no te «oferten», que no te liquiden. Que te salven el viento, el azar, tus compañeros de siempre. Y el amor de tus habitantes, dignos de ti.
*Fuente: El Perjurio
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