Maher al-Charif: “El sionismo se inscribe en el marco del proyecto colonial europeo”
por Nada Yafi
9 mins atrás 20 min lectura
22 de agosto de 2026
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El debate sobre el sionismo, que volvió a cobrar fuerza en Occidente, podría hacer pensar en una simple extensión de la “cuestión judía” surgida en Europa en el siglo XIX, de la que los palestinos fueron los grandes ausentes. En su ensayo Fil-fikr Al-Sahyūnī: Al-Sahyūnīya wa mawaqifihā min Al ʿarab Al-falastīnīyyīn, (“Sobre el pensamiento sionista. El sionismo frente a los árabes palestinos”), el historiador palestino Maher al-Charif hace un análisis de la dinámica que llevó al pensamiento sionista a su forma actual. Y sitúa a los palestinos en el centro de la cuestión. Entrevista.
Nada Yafi: No hay duda de que este libro sobre el sionismo no es el primero que adopta un punto de vista palestino. ¿En qué se distingue entonces del resto?
Maher al-Charif: Hace varias décadas, un reconocido historiador, Walid Khalidi, que falleció el 8 de marzo de 2026 y fue uno de los fundadores del Instituto de Estudios Palestinos, en 1963, se dedicó a estudiar ese pensamiento y refutó sus postulados fundadores. Así, en 1958 publicó un artículo en inglés titulado “¿Por qué se fueron los palestinos?”, en el que deconstruye el rumor israelí de que los palestinos habrían abandonado su patria en respuesta a llamados radiales de dirigentes árabes [1]. También podría mencionar las contribuciones en ese campo de investigación de Anis Sayigh (1931-2009), Sabri Jiryis (1938-), Nur Masalha (1957-), Edward Said (1935-2003) y Rashid Khalidi (1948-).
Empecé a escribir este libro al comienzo de esa guerra que un amplio consenso ahora designa como “el genocidio de la Franja de Gaza”, y que se basaba en una deshumanización de los palestinos, considerados por los dirigentes israelíes como pertenecientes a una civilización inferior. Me estimuló la siguiente pregunta: estos posicionamientos de Israel, ¿son un hecho coyuntural, nacido de la sed de venganza por el ataque del 7 de octubre de 2023 del movimiento Hamás, o más bien se inspiran en el pensamiento sionista que surge en la literatura de fines del siglo XIX?
Mi libro tiene la particularidad de inscribirse en el campo de la historia de las ideas y de su evolución, no trata sobre los acontecimientos políticos salvo cuando echan luz sobre el pensamiento en cuestión y su asimilación. También se distingue de los otros trabajos por la amplitud del período estudiado, desde la década de 1840 hasta nuestros días, así como por el examen de las diferentes corrientes del sionismo y de su evolución histórica hasta nuestros días.
N. Y. : Su libro vuelve a colocar el pensamiento sionista en el contexto del pensamiento colonial europeo, del cual habría surgido. ¿Cómo es el vínculo entre el sionismo y el colonialismo europeo?
M. A.-C. : Desde sus orígenes, el sionismo se inscribe en el marco del proyecto colonial europeo, y está basado principalmente en un racismo que ignora los derechos de los nativos y sus aspiraciones. El pensamiento de Theodor Herzl no puede disociarse de la visión colonialista de su época: así, en su libro El Estado judío, publicado en 1896, presenta las ventajas comparativas entre Argentina y Palestina, indica que la elección de un Estado judío en Palestina significaría para Europa “un fragmento de muralla contra Asia y el puesto de avanzada de la civilización contra la barbarie”. Esa idea de un conflicto entre la “civilización” y la “barbarie” siempre está presente en el discurso sionista, sobre todo en los discursos de Benjamín Netanyahu de los últimos años.
Aunque Herzl no haya mencionado a los habitantes originarios de Palestina en El Estado judío y no haya abordado la “cuestión árabe”, su adhesión al discurso de la “supremacía” europea aparece claramente en su novela utópica Altneuland, publicada en 1902 [2]. Allí afirma que los inmigrantes judíos europeos llevarían “progreso” –encarnado en “la riqueza, la propiedad y la salud”– a un país considerado como “atrasado”. También destaca las ventajas y los beneficios económicos que obtendrían los árabes del desarrollo rápido que generaría la inmigración judía. “Nosotros, los judíos, hemos aportado cultura y civilización”, declara uno de los personajes de la novela, mientras que Rachid Bey, que simboliza a los árabes, afirma: “Los judíos fueron la causa de nuestra prosperidad. ¿Por qué tendríamos que odiarlos o tenerles resentimiento? Viven con nosotros como hermanos. ¿Qué motivo tendríamos para detestarlos?”.
Por otra parte, lo que puede confirmar el hecho de que el sionismo solo era una expresión entre otras del movimiento colonial europeo, en busca de un territorio para colonizar, es que, para su proyecto, Theodor Herzl había estudiado otras opciones además de Palestina: Argentina, el desierto del Sinaí e incluso Uganda. Hasta había aceptado esa última propuesta en 1903, cuando el ministro británico de las colonias, Joseph Chamberlain, se la presentó para un posible hogar nacional judío, en particular después de la nueva ola de pogromos contra los judíos en Rusia. Sabemos que Herzl había convencido a la mayoría de los participantes del Sexto Congreso Sionista, celebrado en 1903, de enviar una misión de expertos a África Oriental para estudiar las condiciones de una futura implantación judía. Sin embargo, tras su muerte, el 3 de julio de 1904, el proyecto ugandés no prosperó y se privilegió la opción palestina.
Si bien algunos pioneros del sionismo, como el filósofo Martin Buber, expresaron la idea de un vínculo entre los judíos y oriente, y el deseo de que los judíos de Palestina sirvieran como eslabón entre Oriente y Occidente, la mayoría de ellos atribuía la “superioridad civilizacional de los judíos” a su vinculación con Occidente. Así, para Vladímir Yevgénievich Jabotinsky, los judíos no tenían nada en común con lo que se designa con el término “oriental”. Desde su punto de vista, Oriente había quedado “sometido al yugo del despotismo” y buscaba “introducir la religión en todos los ámbitos de la vida civil”. Allí, las mujeres estaban sometidas al “instrumento de dominación más potente y trágico utilizado por Oriente: la poligamia, el harén y el velo” [3].
N. Y. :Su libro también revela constantes en el pensamiento sionista, no solo a lo largo del tiempo, sino también a través de las diversas corrientes del sionismo.
M. A.-C. : Las investigaciones que he realizado me llevaron a constatar que las divergencias entre las diferentes corrientes del sionismo eran más de forma que de fondo. Todas las corrientes coinciden en la idea de que los judíos del mundo constituyen una nación que se vio obligada a abandonar la “tierra de Israel” hace más de dos mil años. Para ellas, el sionismo es un proyecto que apunta a salvar a los judíos de los peligros del antisemitismo y a llevarlos nuevamente, al reunirlos, a su “patria” histórica, por medio de la apropiación de la tierra y la implantación. Consideran además la Torá como un “título de propiedad” de esa tierra, en la cual el hebreo debe ser la lengua predominante.
También existía una especie de consenso entre esas corrientes respecto del hecho de que los inmigrantes judíos iban a llevar el desarrollo a Palestina en el ámbito económico y social, lo que, desde su punto de vista, sería motivo de interés para los habitantes árabes.
Cuando el sionismo se enfrentó a la “cuestión árabe”, aparecieron divergencias respecto de la manera de abordarla. Una primera corriente defendía la idea de la transferencia de los habitantes nativos del país, por las buenas o por las malas, mientras que una segunda corriente les proponía a los árabes palestinos “vencidos o resignados” elegir entre dos opciones: ya sea volverse una minoría con derechos cívicos y una amplia autonomía en la gestión de los asuntos dentro del Estado judío, o emigrar voluntariamente para ejercer sus derechos nacionales fuera de Palestina. Esa es sobre todo la posición planteada por Vladímir Yevgénievich Jabotinsky en su célebre ensayo The Iron Wall, publicado en 1923 (El muro de hierro). Una tercera corriente, marginal, defendía por su parte la idea de una coexistencia con los árabes palestinos en el marco de un Estado binacional basado en derechos diferentes para ambos pueblos: derechos nacionales históricos para los judíos, y un simple derecho de residencia para los palestinos.
N. Y. :Hay quienes afirman que el sionismo era en sus orígenes un movimiento laico, antes de la deriva hacia un fanatismo religioso que poco a poco se infiltró en el ejército, los servicios de inteligencia y la sociedad.
M. A.-C. : El proyecto de Theodor Herzl era el de un Estado laico basado en la separación entre la religión y el Estado, como afirmó en El Estado judío y en su novela utópica Altneuland. Sin embargo, evitaba cualquier ruptura con el mundo religioso y subrayaba que el sionismo “significa un retorno a la religión judía incluso antes de ser un retorno al país de los judíos”.
Así que el sionismo nunca fue un movimiento verdaderamente laico. Consideraba la religión judía como un componente esencial de la “identidad judía” y estimaba que la Torá había preservado la existencia de la nación judía. Esa idea era la base común de la alianza entre corrientes laicas y religiosas a partir de 1902. Así, el rabino lituano Yitzchak Yaacov Reines, fundador del movimiento Mizrachi –central en la corriente del sionismo religioso– era un fiel aliado de Herzl. Buscaba conciliar, por un lado, una aspiración nacional con miras a establecer un Estado judío por medio de la intervención humana y, por el otro, una fe que prohibiera que los hombres intervinieran en la voluntad divina o realizaran ellos mismos la “redención”.
Esa alianza entre laicos y religiosos se manifestó claramente luego de la creación del Estado de Israel. Así, David Ben-Gurión decidió que la primera Knéset, a comienzos de enero de 1949, no adoptara una Constitución escrita y de ese modo respondiera al deseo de los círculos religiosos, para quienes la Torá representa la única Constitución legítima. Para integrar a los grupos religiosos dentro del nuevo Estado, Ben-Gurión hizo varias concesiones referidas a las relaciones entre la religión y el poder político.
Esa laicidad ambigua, adoptada por el “sionismo socialista”, cuyos orígenes se remontan a Ben-Gurión, así como por el sionismo de derecha nacionalista heredero de Vladímir Yevgénievich Jabotinsky fue tierra fértil para que se desarrollaran las corrientes religiosas. Estas hoy están representadas, por un lado, por los partidos ultraortodoxos (Haredim4) y, por el otro, por los partidos del sionismo religioso, y son fuerzas que ahora tienen una influencia considerable en la vida política israelí.
N. Y. : ¿Hasta qué punto tiene asidero la afirmación de que el sionismo era en sus orígenes una ideología socialista?
M. A.-C. : Abordé la cuestión del carácter “socialista” del sionismo en mi libro examinando las posiciones de cuatro de sus primeros representantes: Itzjak Ben-Zvi, Aaron David Gordon, David Ben-Gurión y Berl Katznelson. Itzjak Ben-Zvi hacía primar el nacionalismo sobre el socialismo. Justificaba la política del “trabajo hebreo” exclusivo y negaba la existencia de un proletariado árabe con el que se pudiera establecer una cooperación basada en el principio de “solidaridad proletaria internacional”.
Con respecto a Aaron David Gordon, teórico de lo que podría llamarse un “socialismo nacional”, fue el primero en formular el principio del derecho a la posesión de la tierra derivado del trabajo realizado sobre ella. La tierra “pertenece al pueblo que soporta por ella los más grandes sacrificios”, decía Gordon5. Se adquiría “por el sudor en la frente” pero también por la conciencia de poseer un “derecho” de propiedad. Con el tiempo, Gordon asoció los “derechos históricos de los judíos” en Palestina a la Torá: “Con la tierra de Israel tenemos un contrato que nada ni nadie puede anular; es un contrato eterno. Y estoy hablando de la Torá”.
Desde la misma perspectiva, David Ben-Gurión estimaba6 que los árabes eran “incapaces de valorizar las tierras” de la “tierra de Israel” y que su presencia allí no era “productiva”. Desde su visión, esa tierra estaba esperando un pueblo desarrollado y entusiasta, rico en recursos materiales y espirituales, armado de ciencia y de técnicas modernas para arraigarse allí y “regar el desierto, hacer florecer las colinas estériles, enriquecer una tierra agotada, volver fértiles las arenas y transformar las ruinas en jardines”.
Ben-Gurión afirmaba también que los sionistas “socialistas”, al contrario de los métodos de los colonizadores europeos, no pedían Palestina para oprimir a los árabes ni para encontrar mercados a los productos de las industrias judías de la diáspora. Lo que reivindicaban, según él, era una patria. Y esa patria solo podía obtenerse cuando la mayoría de sus trabajadores y de sus defensores fueran judíos: “la verdadera conquista de Palestina se hará por medio del trabajo”7.
Quien expresó de la manera más clara esa forma de sionismo “socialista” es sin embargo Berl Katznelson. Rechazaba la idea de que pudieran existir en “tierra de Israel” dos movimientos nacionales que dispusieran de un derecho igualmente legítimo para reivindicar la tierra. También se negaba a considerar al movimiento árabe como un movimiento antimperialista y no excluía la idea de una transferencia de la población árabe de Palestina. Estimaba que, del mismo modo que un trabajador agrícola árabe podía ser despedido de una hacienda judía, incluso después de haber trabajado allí muchos años, a condición de que recibiera una indemnización, también era posible desplazar a las poblaciones árabes “siempre y cuando se compensaran sus derechos individuales”8, que no incluían, según el propio Katznelson, los derechos nacionales. Esa migración podía preverse con la condición de que se efectuara “con su consentimiento”.
N. Y. : ¿No cree que, si Isaac Rabin no hubiera sido asesinado, la situación hoy sería diferente?
M. A.-C. : No hay duda de que, cuando aceptó los Acuerdos de Oslo, Isaac Rabin deseaba sellar una paz con los palestinos. ¿Pero de qué paz hablábamos? De una paz que perpetuaría la ocupación, privaría a los palestinos de su soberanía sobre su tierra y de la posibilidad de fundar su propio Estado independiente.
Claro que Rabin reconoció a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y aceptó negociar con ella, aunque no reconoció los derechos nacionales del pueblo palestino. Es lo que revela la carta, irrisoria en cuanto a su contenido, que le envió a Yasir Arafat el 10 de septiembre de 1993 en respuesta a la que le había enviado Arafat el día anterior.
Lo que había incitado a Rabin a reconocer a la OLP y a sellar un acuerdo con ella era sobre todo su voluntad de eximir a Israel de sus responsabilidades directas hacia la población palestina en los territorios ocupados, reducir el costo de la ocupación y evitar la anexión de los territorios palestinos para mantener el carácter “judío y democrático” del Estado de Israel. Lo motivaba el hecho de que la OLP, debilitada luego de la crisis del Golfo (1990-1991), conservaba legitimidad en Cisjordania y en la Franja de Gaza, y contaba con un aparato militar y administrativo capaz de manejar los asuntos de la población palestina y contribuir al mantenimiento de la seguridad, aunque sin ejercer una verdadera soberanía sobre el territorio.
Por otra parte, contrariamente a la idea ampliamente extendida de que los Acuerdos de Oslo traducían la voluntad común de la OLP y del gobierno israelí de llegar a una solución basada en “dos Estados para dos pueblos” según el principio de “la tierra contra la paz”, Rabin nunca habló de un Estado palestino. Un mes antes de su asesinato, mencionaba más bien un acuerdo transitorio que les permitiría a los palestinos administrar sus asuntos por su cuenta, mientras que el gobierno israelí conservaría la responsabilidad de la seguridad de las colonias y de los colonos, y mantendría su control en todos los puestos fronterizos, así como en “Jerusalén unificada”.
El 25 de febrero de 1994, cuando el militante kahanista Baruch Goldstein disparó con un arma automática contra fieles palestinos en la Tumba de los Patriarcas en Hebrón y mató a 29 personas e hirió a 125, muchos en Israel le pidieron a Rabin que prohibiera que los colonos portaran armas y que abandonaran la ciudad de Hebrón. Rabin se negó a responderles favorablemente, lo que revela su verdadera posición sobre la colonización de Cisjordania ocupada.
Por todos estos motivos, no se puede afirmar que si Isaac Rabin no hubiera sido asesinado, las relaciones entre palestinos e israelíes serían hoy fundamentalmente diferentes.
N. Y. : ¿Cuáles son los hitos de la historia que llevaron al sionismo a su expresión actual?
M. A.-C. : El sionismo atravesó varios momentos decisivos a lo largo de su larga historia. Me detendré brevemente en cuatro de ellos.
El primero ocurre luego de la aprobación, por parte de la Asamblea General, del Plan de las Naciones Unidas para la partición de Palestina, el 29 de noviembre de 1947. Cuando la dirección sionista, liderada por David Ben-Gurión, comprendió que esa resolución significaba que el Estado judío incluiría una importante minoría árabe que representaba a más del 40% de la población, pasó del estado de reflexión de proyectos de transferencia de población a la puesta en marcha de los mismos. Así, logró transferir entre 750.000 y 800.000 palestinas y palestinos.
El segundo hito fue la guerra de junio de 1967. Después de la clara victoria militar israelí, el gobierno de “unión nacional” encabezado por el laborista Levi Eshkol impuso una política de hecho consumado en los territorios árabes ocupados. Se encargó de fundar colonias judías en nombre de los derechos históricos del pueblo judío sobre el conjunto de la “tierra de Israel”.
El tercer acontecimiento clave fue la victoria electoral de la derecha nacionalista dirigida por Menájem Beguín en las elecciones legislativas del 17 de mayo de 1977. Esa corriente accedía al poder por primera vez en su historia. Esa victoria fortaleció las tendencias agresora y expansionista del Estado de Israel, a través de la extensión de la colonización en los territorios palestinos, la anexión de los Altos del Golán y el inicio de la guerra en Líbano en 1982.
Por último, el cuarto hecho fundamental ocurre a comienzos del siglo XXI, con el dominio del poder a manos de un “nuevo sionismo” que buscaba imponerle al pueblo palestino una capitulación total a partir de la convicción de que la guerra de 1948 había quedado inconclusa y había que darle término, en un conflicto considerado como existencial con los palestinos, y sin solución posible. Con esa perspectiva, Israel lanzó una enorme operación militar en Cisjordania en 2002, y luego varias grandes guerras contra la Franja de Gaza en 2008-2009, 2012, 2014 y 2021. Esa tendencia encontró su expresión más acabada en el gobierno formado por Benjamín Netanyahu a fines del año 2022, basado en una alianza entre la derecha nacionalista y la corriente del sionismo religioso. Desde el 7 de octubre de 2023, ese gobierno libra una guerra multiforme contra el pueblo palestino en el conjunto de la Palestina histórica, con la ambición, por medio de su proyecto anexionista, de fundar el “Gran Israel”.
N. Y. : ¿Qué pueden hacer los palestinos ante esa situación? Por otra parte, ¿considera que los debates actuales en torno al antisionismo, así como las críticas cada vez más frecuentes hacia el gobierno israelí, pueden modificar la relación de fuerzas?
M. A.-C. : En mi opinión, la victoria total del sionismo solo puede lograrse si consigue vaciar a la Palestina histórica de su población árabe palestina, o al menos de su mayor parte. Impedir esa victoria supone entonces garantizar la determinación de las palestinos y de los palestinos a quedarse en su tierra y fortalecer las condiciones de esa tenacidad en los ámbitos político, económico y social. Ese es hoy el objetivo central del proyecto nacional palestino. Para lograrlo, tiene que ir acompañado de la continuación de la acción militante destinada a internacionalizar constantemente la cuestión palestina, aumentar el aislamiento diplomático de Israel y ampliar las campañas de boicot y de sanciones.
Hoy parece difícil de alcanzar la creación de un Estado palestino soberano, porque exigiría un profundo cambio del contexto político y de la relación de fuerzas. Sin embargo, no hay que renunciar a las conquistas, entre ellas, el avance del reconocimiento internacional del Estado palestino, a pesar de su significado esencialmente simbólico, ya que no va acompañado de verdaderas sanciones contra los dirigentes israelíes…
Las formas de lucha deben ser coherentes con el objetivo prioritario del mantenimiento de los palestinos en su tierra, sobre todo, la resistencia popular no armada, la forma de acción más apropiada hoy en día. Si bien parece difícil reproducir exactamente las formas de movilización de la Primera Intifada debido a transformaciones políticas generadas por los Acuerdos de Oslo y la creación de la Autoridad Palestina, la Segunda Intifada y los años que la sucedieron vieron el surgimiento de varias experiencias de resistencia popular, de las que sería útil inspirarse, como la de los comités populares, incluido un “comité de coordinación de la resistencia popular”.
La evolución de los objetivos y de los métodos del movimiento nacional palestino, combinada con el auge de la solidaridad internacional, podría contribuir a largo plazo a cambios dentro de la propia sociedad israelí. Eso podría aumentar el círculo de judíos israelíes convencidos de que la Palestina histórica puede albergar a dos pueblos que vivan en la misma tierra, en seguridad, en paz y con los mismos derechos.
Nada Yafi Ha sido intérprete oficial de árabe, diplomática y directora del Centro de Lengua y Civilización Árabes del Instituto del Mundo Árabe… (continuar)
Maher Al-Charif Historiador palestino, jefe del departamento de investigaciones en el Instituto de Estudios Palestinos (Beirut).
*Fuente: OrientXXI
Notas.
1. Ese artículo de Walid Khalidi fue seguido en 1961 por un estudio, en inglés, del “plan Dalet”, adoptado por el mando de la milicia Haganá en presencia de David Ben-Gurión en marzo de 1948 y diseñado para tomar posesión de los pueblos palestinos y expulsar a sus habitantes de ellos. Y otros libros, sobre todo el que publicó en 1984 y luego fue traducido al árabe, Before Their Diaspora: A Photographic History of the Palestinians, 1876-1948 (Antes de su diáspora: Una historia de los palestinos a través de la fotografía, 1876-1948, Institut des études palestiniennes), en el que se empeñó en refutar la leyenda de “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra”.
2. Traducida al español como Antigua nueva tierra, ATICO, 2025.
3. In Sionismes, Textes fondamentaux (en francés)
Más sobre el tema:
La invención del pueblo judío_libroMaher al-Charif: “El sionismo se inscribe en el marco del proyecto colonial europeo”
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