Gregorio, el traidor inventado
por Enrique Villanueva Molina (Chile)
1 día atrás 7 min lectura
«Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.
…
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.»
Miguel Hernández
03 de octubre de 2026
En este mes de octubre Iván Figueroa Araneda, el comandante Gregorio, cumpliría 79 años. Hablo de un destacado y querido dirigente revolucionario, un luchador social convencido de que la lealtad a su pueblo era más que una declaración de principios. Por eso estuvo siempre dispuesto a seguir el ejemplo de Salvador Allende, materializando la idea de que la lealtad a los principios era una decisión que se respaldaba con la propia vida.
Su largo e intachable recorrido por los caminos de la vida política lo inició en 1970, siendo suboficial de la Fuerza Aérea de Chile (Fach). Allí se transformó en uno de los líderes principales del movimiento antigolpista que, junto con un grupo de oficiales y suboficiales en servicio activo, se creó para oponerse al golpe de Estado y comprometerse con la defensa del gobierno de la Unidad Popular y del presidente Salvador Allende. Su inteligencia y su transparencia permitieron que esa incipiente organización creciera clandestinamente entre los sectores honestos de la Fuerza Aérea, convenciendo, en medio de la incesante ofensiva golpista y la persecución de los servicios de inteligencia militar, de que los militares debían superarse profesionalmente y acercarse a los problemas y a los sueños que se estaban construyendo en el país, para no ser manipulados ni llevados a cumplir el rol de represores del pueblo.
En esa búsqueda, entre muchas otras iniciativas, fue uno de los gestores de un convenio con la Universidad Técnica del Estado y la Central Única de Trabajadores, que nos permitió ingresar, junto a trabajadores y trabajadoras, a cursos propedéuticos que luego abrirían el camino a carreras universitarias, elevando los niveles técnicos de la institución y creando una nueva mentalidad militar. Por estas actividades públicas, antes del golpe de estado, la inteligencia de la Fach identificó a Iván Figueroa y a otros como “agentes infiltrados de la Unidad Popular”, y fueron castigados por el propio Gustavo Leigh “por estar estudiando en la universidad comunista y alentar a otros para hacerlo, descuidando, según él, sus deberes militares”.
A pesar de ello, continuó al frente de un trabajo abnegado y relevante, que concluyó en logros orientados al bienestar y la calidad de vida, en particular de la suboficialidad de la institución. Por eso, por sus acciones y su coherencia, permanece en el recuerdo de quienes fuimos sus compañeros, y también de no pocos de quienes se mantuvieron en la institución después del 11 de septiembre de 1973.
Iván Figueroa forjó su liderazgo con sus habilidades innatas y en los rigores de la tortura y la cárcel. Obligado al exilio, se preparó en la ex República Democrática de Alemania, se hizo militante del Partido Comunista y se integró a la dirección internacional del Frente Patriótico Manuel Rodríguez (FPMR), organizando la presencia de la organización en Europa. Su camino continuó en 1982 hacia Nicaragua, para cooperar como asesor en la construcción de la Fuerza Aérea Sandinista. Allí creó una escuela para técnicos aeronáuticos, pionera en la formación de quienes luego se prepararon como técnicos e ingenieros en distintos países socialistas. También participó como instructor de paracaidismo de los pilotos de la Fuerza Aérea.
En 1989 ingresó clandestino a Chile para integrarse a la dirección política del FPMR, papel que desempeñó hasta 1995. En 1990 fue elegido miembro de la Dirección Nacional. Este recorrido, abreviado, de la trayectoria política de Iván Figueroa Araneda no fue suficiente para impedir que un grupo del FPMR lo acusara de traidor y de agente de la CIA, lo asesinaran e hicieran desaparecer su cuerpo, actuando de la misma forma que lo hacían los agentes represores del Estado en la dictadura. Nunca hubo pruebas que justificaran esa cobarde acusación. Quien ordenó y quienes llevaron a cabo la ejecución del comandante Gregorio actuaron sobre la base de la construcción deliberada de la imagen de “traidor y delator”, para justificar lo que ya se había decidido hacer con él.
El asesinato de Gregorio, obra de un grupo al interior del FPMR, se justificó aprovechando la rigurosidad de la vida clandestina y el control de la información, argumentando sin presentar prueba alguna que la supuesta traición era una amenaza para la seguridad de toda la organización. Utilizaron ese argumento vulgar para silenciar la disidencia de Gregorio frente a los manejos turbios al interior de la organización, lo que configura una acción profundamente despreciable, ruin, inmoral y contraria a la dignidad humana.
Lamentablemente, el largo silencio cómplice sobre lo sucedido con Gregorio, también cobarde y acentuado con el paso del tiempo ha avalado el abuso de poder inspirado en el ego, la mezquindad y la mentira, que sirvieron para justificar una acusación sin fundamentos que terminó con una vida valiosa. Fue, sin lugar a duda, una acción traicionera, absolutamente contraria a la nobleza de la vida revolucionaria, a la historia de los partidos y movimientos revolucionarios de la izquierda chilena y, en particular, a la vida y al aporte del FPMR en el derrocamiento de la dictadura civil militar que asoló el país por casi dos décadas, cuya historia está escrita con el ejemplo de cientos de héroes y heroínas que entregaron generosamente sus vidas por la libertad de Chile.
Como a miles de mujeres —madres, esposas, hijas—, el asesinato de un luchador social les obligó a iniciar un calvario, aún inconcluso, para encontrar a su ser querido desaparecido. La madre de Iván Figueroa también fue obligada a este dolor, ella empezó a vivir en 1995 la espera por un hijo hecho desaparecer no por agentes del Estado durante la dictadura de Augusto Pinochet, sino que, por un grupo de sus propios compañeros de organización.
Ruth, la madre de Iván, había hecho del miedo, igual que miles de madres, una fortaleza necesaria para recorrer prisiones, cuarteles y comisarías en busca de su hijo después del golpe de Estado. Acompañarlo luego en la cárcel pública y posteriormente en el exilio fue un golpe duro. Poco a poco se fue haciendo cómplice de la bondad, el sacrificio y los ideales de justicia de su hijo y de sus compañeros, hasta compartir su lucha, aportando en muchas ocasiones como correo y nexo entre el trabajo internacional del FPMR y las necesidades de la clandestinidad en Chile.
En agosto de 2005 fui a visitarla a su casa en Maitencillo. Ella esperaba mi llegada; llevaba años esperando noticias, o la confirmación de una noticia que nadie quería entregar a una madre: que su hijo ya no volvería a verla. Mi encuentro con Ruth fue desgarrador, porque le confirmé lo que ella ya sabía por medio de personas que compartieron la última parte de la vida militante y clandestina de Iván.
Ruth me esperaba frente a la entrada de su casa.
Me abrazó y, sin decir palabra, me tomó de la mano y me llevó frente a una puerta lateral, la que mantuvo sin seguro hasta ese día, esperando que su hijo, que había dado su vida entera a la lucha clandestina, pudiera volver a sus brazos.
Ruth murió en 2008 esperando que surgiera el valor moral que terminara con su dolor y con los silencios que ocultaron el asesinato y el cuerpo de Iván Figueroa.
A su hijo desaparecido en 1995 nunca pudo llevarle una flor. Un final doloroso para una madre abnegada y comprometida, que ocupó un lugar valioso y desconocido en la vida del FPMR.
Los casos del traidor inventado no son nuevos en la historia, ni en la literatura. Personajes cegados por el odio, la mediocridad, el resentimiento y el afán de poder están dispuestos a destruir, desde la oscuridad de la clandestinidad, la confianza y la vida de su rival político mediante mentiras fabricadas. Para ello, el manipulador construye su propia imagen, a fin de impedir que se sospeche de sus intenciones malvadas.
Feliz cumpleaños, hermano Ivan o Gregorio. Ya no estás en este mundo, pero estarás siempre en el corazón de quienes te conocimos y compartimos una larga vida de entrega, sacrificios y logros. Tu convicción de lucha nunca será opacada por quienes te traicionaron y asesinaron. Tu imagen en Chile y en Nicaragua está presente, como la de quienes aportaron a realizar cambios profundos y duraderos desde la discreción, la convicción y la humildad, lejos de los reflectores y de la necesidad de aplausos constantes.
Enrique Villanueva Molina
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