Este 4 de julio se cumplen 250 años de la declaración de la independencia de las trece colonias inglesas establecidas en Norteamérica. La fecha marca el nacimiento de lo que según Seymour Martin Lipset fue la “primera nueva nación”, una de cuyas características fue la de haber sido creada sin tener que lidiar con el lastre autoritario y elitista de un pasado monárquico y feudal. Según este autor tal circunstancia hizo que los Estados Unidos exaltaran la igualdad y el logro individual y rechazaran la interferencia estatal en la vida social, propia de las monarquías europeas. Este sería el núcleo de lo que se conoce como “el credo americano”, a veces también llamado “el sueño americano” (American Dream) y supuestamente plasmado por los Padres Fundadores en la Constitución de los Estados Unidos.
Sin embargo, una atenta mirada a la evolución de la sociedad estadounidense revela que su temprana formación como sociedad burguesa no la eximió de albergar en su seno las contradicciones y conflictos propios del capitalismo y, entre ellos, un fenomenal proceso, acelerado en el último medio siglo, de creciente desigualdad y concentración de la riqueza. En 2024 el coeficiente de Gini de Estados Unidos registraba un valor de 41,8, muy cercano al de un país como Camerún (42,2) y lejos del que presentan las viejas y elitistas monarquías europeas: 23,4 en Bélgica, 33,5 en el Reino Unido, 30,4 en Francia. En otras palabras, el “sueño americano” si existió en las fases iniciales de la conformación de Estados Unidos se convirtió en la pesadilla de clasismo, exclusión, prejuicio y discriminación que hoy padece ese país, con decenas de millones de ciudadanos sin techo, sin salud, sin educación y sin seguridad social.
Lo mismo puede decirse de la frase icónica de la Constitución de Estados Unidos: “Todos los hombres fueron creados iguales”, redactada nada menos que por Thomas Jefferson (foto), quien a lo largo de su vida poseyó más de 600 esclavos y ninguno de los cuales fue liberado. No es un dato menor que de los 56 firmantes de la declaración de la independencia, 41 eran propietarios de esclavos y se opusieron a que en el texto constitucional hubiera, como alguien llegó a proponer, una prohibición explícita al tráfico de esclavos. Las excepciones más notables fueron John Adams y Alexander Hamilton, que jamás tuvieron esclavos.
A diferencia de Washington, Jefferson y tantos otros, Bolívar liberó a los esclavos heredados por su familia poco después de la batalla de Carabobo en 1821. En pocas palabras: cuando los Padres Fundadores hablaban de que todos los hombres habían nacido libres en realidad se referían a los varones blancos y, sobre todo, a los más educados. Al rústico “Farmer” -considerado por lo general como una “chusma revoltosa”- tampoco le alcanzaba esa condición, de ahí la necesidad de crear colegios electorales para mediatizar la voluntad política del populacho. Peor aún era la exclusión de aquel precepto igualitario cuando se trataba de los pueblos originarios de América del norte, los esclavos y, por supuesto, las mujeres.
La tan afamada Constitución de los Estados Unidos adolece también de una notable ausencia: la palabra “democracia” no existe a lo largo del texto y tampoco existía en la vieja constitución argentina de 1853, inspirada muy puntualmente por su contraparte norteamericana. El objetivo nunca fue, y menos hoy, crear una genuina democracia. Abraham Lincoln sintetizó el proyecto democrático en su célebre fórmula: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. La frase la pronunció en su Discurso de Gettysburg en noviembre de 1863; un año y medio más tarde moriría asesinado. De hecho, los Estados Unidos jamás fueron una democracia sino una plutocracia con ropajes y rituales pseudodemocráticos. Hoy más que nunca.
Por último, un dato decisivo para caracterizar a los Estados Unidos como el último hegemón global, hoy en franca retirada. Lo aportó el expresidente Jimmy Carter cuando en abril del 2019 durante su alocución en la Iglesia Bautista de la ciudad de Plains, en Georgia, dijo que “Estados Unidos era la nación más guerrerista y belicosa de la historia mundial” y que sólo había estado en paz durante 16 de los 242 años de existencia como nación independiente. Hoy podríamos decir lo mismo durante los 250 años como nación independiente. Según Carter, esa interminable historia de guerras ha desangrado económicamente al país, y remató diciendo que si China creció de la forma fenomenal en que lo hizo se debe a que desde la fundación de la República Popular en 1949 jamás estuvo en guerra con nadie. Nosotros, dijo, siempre estuvimos librando guerras en el exterior.
Este 4 de julio sorprende a Estados Unidos guerreando en Medio Oriente, sufriendo una derrota de sus planes en Irán, y promoviendo una guerra por delegación a través de sus vasallos europeos en contra de Rusia. Y, además, amenazando con aniquilar civilizaciones, destruir economías mediante brutales medidas coercitivas unilaterales e incorporar a la jurisdicción estadounidense, mediante la fuerza, a Groenlandia y, apenas hace unos días, Venezuela. Lamentable desenlace de aquella guerra de liberación nacional contra el despotismo inglés que dos siglos y medio después culmina su itinerario histórico como un imperio en descomposición convertido en la mayor amenaza a la paz mundial.
*Fuente: Página12
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