Marco Rubio en Múnich: Neocolonialismo sin rubores y ¿primer acto de campaña?
por Crismar Lujano (España)
6 meses atrás 6 min lectura
y las preguntas y respuestas al final del discurso.
La redacción de piensaChile
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El imperio no abandonó el colonialismo, lo transformó. Pasó de la ocupación directa a la hegemonía financiera, tecnológica y militar. Lo que distingue este momento es la franqueza con la que se reivindica la primacía.
En la Conferencia de Seguridad de Múnich, uno de los principales foros geopolíticos del mundo, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, le sacó el último velo a la ya descarnada política exterior MAGA para los próximos años. Su discurso fue recibido con una ovación de pie por buena parte de las élites europeas aliviadas de escuchar al jefe de la diplomacia estadunidense reivindicar la alianza imperialista oldfashioned de colonialismo sin complejos y poder militar sin límites, invitados, ahora sí, a la ansiada restauración geopolítica del dominio occidental.
Desde el inicio, Rubio enmarcó su intervención en esa identidad compartida: “Formamos parte de una sola civilización: la civilización occidental”. Y añadió que esa unidad se funda en “siglos de historia compartida, fe cristiana, cultura, herencia, idioma, ascendencia y los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización común de la que somos herederos”. El guiño no es la evocación de la historia común sino a cómo esa historia se presenta como superior, homogénea y destinada a liderar. La apelación a la “civilización occidental” como fundamento político de una jerarquía global.
La nostalgia del imperio
Quizás el momento más revelador del discurso fue la reivindicación explícita del pasado imperial y genocida. Rubio afirmó:
“Durante cinco siglos, antes del final de la Segunda Guerra Mundial, Occidente no dejó de expandirse. Sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores abandonaron sus costas para cruzar los océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios en todo el mundo”.
Todos eufemismos de esclavitud, exterminio indígena, saqueo de recursos y violencia.
La colonización se presentó desvergonzadamente como una aventura épica. Y cuando se refirió a su declive, el diagnóstico fue claro:
“Los grandes imperios occidentales habían entrado en una fase de declive irreversible. Este declive se vio acelerado por las revoluciones comunistas ateas y los levantamientos anticolonialistas”.
En esta narrativa, la descolonización no es justicia histórica, sino decadencia. Los pueblos que lucharon por su independencia aparecen como catalizadores del “declive” occidental. Esa gimnasia conceptual no es anecdótica: reubica el eje moral del siglo XX y sugiere que el problema no fue la dominación colonial, sino su pérdida.
Cuando Rubio afirma que Estados Unidos no quiere ser “los guardianes educados y ordenados del declive controlado de Occidente” y que busca “revitalizar la mayor civilización de la historia de la humanidad”, el mensaje es inequívoco: el retroceso hegemónico debe revertirse.
Migración y exclusión
Uno de los ejes más enfáticos fue la oposición a la migración. Rubio sostuvo:
“Controlar quién y cuántas personas entran a nuestros países no es una expresión de xenofobia. No es odio. Es un acto fundamental de soberanía nacional. Y no hacerlo no es solo una abdicación de uno de nuestros deberes más básicos para con nuestros pueblos. Es una amenaza urgente para la estructura de nuestras sociedades y la supervivencia de nuestra civilización misma”.
La migración no se aborda como fenómeno vinculado a desigualdades globales, muchas de ellas derivadas de la propia historia colonial y de intervenciones occidentales, sino como amenaza existencial a una civilización que debe preservarse. La soberanía, en este marco, deja de ser un principio universal aplicable a todas las naciones y pasa a ser un atributo prioritario de Occidente.
Libre comercio, clima y competencia estratégica
Rubio criticó la “visión dogmática de comercio libre y sin restricciones” y denunció que “algunas naciones protegieron sus economías y subsidiaron a sus empresas para socavar sistemáticamente las nuestras”, provocando desindustrialización y pérdida de control sobre cadenas de suministro.
Fue incapaz de mencionar a China por su nombre, pero dejó claro que el objetivo es competir y reindustrializar. También atacó las políticas climáticas, al afirmar que Occidente, “para complacer a un culto climático”, se impuso restricciones mientras sus competidores explotan recursos energéticos “no solo para impulsar sus economías, sino para usarlos como palanca contra las nuestras”. El trasfondo es una reconfiguración del orden económico internacional donde el Sur Global aparece como espacio de disputa estratégica y no como actor autónomo.
El orden internacional subordinado
El cuestionamiento al multilateralismo fue frontal: “No podemos seguir anteponiendo el supuesto orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones”. Rubio defendió acciones unilaterales en Gaza, Ucrania, Irán y Venezuela como ejemplos de liderazgo necesario cuando las instituciones internacionales fracasan. En relación con Venezuela, sostuvo que “fueron las fuerzas especiales estadounidenses las que tuvieron que intervenir”.
La lógica es consistente con la tradición imperial: el derecho internacional es válido mientras no limite la capacidad de acción de la potencia hegemónica. Y lo dejó claro: “Si bien estamos preparados para hacer esto solos, si es necesario, es nuestra preferencia y es nuestra esperanza hacerlo junto con ustedes, nuestros amigos aquí en Europa”. La invitación es a una alianza de potencias que actúe coordinadamente, pero sin renunciar a la primacía.
Desde América Latina: memoria histórica
Para América Latina y el Caribe, el discurso no es pura retórica. La región ha sido laboratorio histórico de la política exterior estadounidense: intervenciones militares, golpes apoyados desde Washington, sanciones, bloqueos y condicionamientos financieros. Cuando la colonización se evoca como capítulo glorioso y la descolonización como error histórico, lo que se normaliza es una jerarquía global donde Occidente, y particularmente Estados Unidos, se arroga el derecho de decidir el destino de otros.
El imperio angloamericano no abandonó el colonialismo, lo transformó. Pasó de la ocupación directa a la hegemonía financiera, tecnológica y militar. Lo que distingue este momento es la franqueza con la que se reivindica la primacía. La ovación en Múnich reflejó el alivio europeo ante un tono más elegante que el de Trump o Vance. Pero el contenido sigue siendo el mismo: la formulación contemporánea de una ambición colonizadora que ya no se presenta como carga histórica, sino como misión renovada.
Y también es, difícilmente, un gesto aislado. Más allá de la política exterior inmediata, el discurso de Múnich tuvo el pulso de una plataforma. En su tono y en su síntesis entre trumpismo y reaganismo, se percibió algo más que diplomacia: el inicio de una construcción personal. En Washington muchos lo leen ya como el primer acto de una carrera hacia 2028. Rubio habló como secretario de Estado. Pero también habló como aspirante. Y si ese fue, efectivamente, el punto de partida de su campaña presidencial, dejó claro cuál sería su bandera: no gestionar el declive, sino restaurar, a sangre y fuego si fueran necesarios, la primacía occidental.
-El autor, Crismar Lujano, es periodista. Panelista de La Pizarra.
Artículo enviado a piensaChile desde OtherNews
*Fuente: Diario Red
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