¿Se han preguntado qué gana EEUU exponiendo una red que compromete a sus propios ricos y políticos?
por Edison
6 mins atrás 7 min lectura
06 de febrero de 2026
¿Se han preguntado qué gana EEUU exponiendo una red que compromete a sus propios ricos y políticos?
¿Por qué ahora liberan millones de correos, imágenes, videos?
Spoiler: el sionismo.
La liberación de archivos sobre Epstein no es un accidente mediático. Ni siquiera se trata de él: es una maniobra calculada para empujar a Estados Unidos hacia una intervención contra Irán.
El sistema opera mediante lo que se denomina una “trampa de miel”: prostitución, favores sexuales, grabaciones, fotografías, vigilancia.
Un dispositivo diseñado para chantajear y controlar élites políticas y económicas, sobre todo en Estados Unidos, aunque también alcanzaría a monarquías y élites británicas, francesas, saudíes y emiratíes.
La estructura es monumental. Global. Una arquitectura de captura que no se limita a un criminal aislado.
Miren, por ejemplo, el tráfico sexual de menores atribuido a sectores de la monarquía emiratí, particularmente Abu Dhabi y la familia Al Nahyan.
Eso sí, el objetivo central es controlar al gobierno estadounidense entero: el bipartidismo, la plutocracia, el poder legislativo, ejecutivo y judicial; niveles municipales, estatales y federales. Y además: multinacionales, militares, inteligencia, academia, entretenimiento, artes y cultura.
Todo ello al servicio de un único interés: favorecer el expansionismo sionista, del cual Irán es el principal obstáculo.
Para explicar esta tesis, retrocedamos cien años e introduzcamos el concepto de sayanin: “amigos” o “socios”. Un término hebreo que alude a colaboradores no necesariamente formales, personas —a menudo judías en la diáspora— con fidelidad al sionismo, presentes en todo el mundo, incluso en Latinoamérica.
Como antecedente histórico, ubiquémonos en Egipto, a inicios del siglo XX, con Eli Cohen: judío egipcio araboparlante, sionista.
Antes de 1948, los judíos egipcios no tenían grandes conflictos: es el sionismo el que modifica radicalmente las relaciones en Asia occidental y el norte de África.
Cohen se vincula con los invasores sionistas en Palestina y, tras 1948, migra y oscila entre Argentina y la Palestina ocupada, conectándose en Buenos Aires con el Mossad.
Desde allí opera casas microfoneadas, fotografía invitados, invita a la diáspora araboparlante —sirios, libaneses—, incluso vinculada al gobierno de Damasco, para obtener información mediante sexo, prostitución, drogas y grabaciones.
Cohen posa como comerciante, viaja entre Buenos Aires y Damasco, se relaciona con la élite siria de los años 40, 50 y 60, y se convierte en modelo de operaciones del Mossad y del Shin Bet, bajo un lema que podríamos resumir así: guerra a través de la mentira y la desinformación.
Finalmente, Cohen es detenido en Damasco gracias a inteligencia soviética asociada a los sirios, y es colgado en la capital siria.
Después del caso Cohen debemos ir a Europa del Este. El escenario cambia: ya no estamos en Damasco, sino en el corazón convulso de la Europa del siglo XX.
Aparece entonces un personaje puente entre inteligencia, élites occidentales y control mediático: Jean Ludvik Hoch, nacido en el espacio checoslovaco, judío sionista, quien durante la Segunda Guerra Mundial habría colaborado con el Ejército británico en operaciones contra la Alemania nazi.
Tras el fin de la guerra, en 1948, participa en redes de tráfico de armas desde Checoslovaquia y desde el imperio británico hacia grupos armados sionistas como la Haganah, el Irgun y Lehi.
En ese tránsito cambia de identidad: deja de ser Hoch y se convierte en Robert Maxwell.
Ya no es un agente clandestino, sino un magnate. Se inserta en la élite británica, se casa con familias vinculadas a círculos aristocráticos europeos y construye un imperio mediático.
Maxwell organiza fiestas en Londres y Nueva York, registrando material íntimo para vigilar a élites angloparlantes. Súmenle el control de periódicos sensacionalistas como el Daily Mirror.
Su poder no fue solamente económico o editorial, sino estratégico: un instrumento para disciplinar figuras públicas.
“Si no haces lo que el proyecto quiere, te destruyo con mi prensa.”
En ese contexto nace su hija, Ghislaine Maxwell, heredera natural de esa sociabilidad de élite: Londres, Nueva York, fiestas monumentales, redes angloparlantes.
Sí: Ghislaine Maxwell será más adelante socia central de la red pederasta de Epstein.
La premisa es esta: Epstein no fue el cerebro, sino el operador visible. El linaje Maxwell, el de su pareja, es parte de la arquitectura real.
Ahora debemos desplazarnos a Norteamérica, primero a Canadá.
Aquí aparece la familia Bronfman: judíos sionistas de origen ruso asentados en suelo canadiense. El personaje clave es Samuel Bronfman, empresario que emerge durante la Prohibición.
En las décadas de entreguerras, Canadá funciona como laboratorio de lo que luego será la prohibición estadounidense: un clima moralista donde el alcohol se vuelve clandestino.
Bronfman construye su fortuna comprando destilerías, produciendo alcohol ilegal, organizando redes de distribución. Pero lo importante no es solo el whisky: es el espacio social que se abre.
Tugurios, fiestas subterráneas, senadores, diputados, farándula, mafia.
El Estado prohibía el alcohol, pero las élites lo consumían en secreto.
Bronfman forma alianza con Meyer Lansky, el gran capo de la mafia judeoestadounidense.
En ese mundo se perfecciona el mecanismo:
Si un político denuncia, ya está capturado.
Si un senador habla, ya está fotografiado.
Si alguien se sale del guion, ya está comprometido.
El chantaje como técnica.
Bronfman terminará como fundador de Seagram’s, y reconocido incluso por la reina Isabel II.
Bueno, ahora sí vamos al corazón, a Estados Unidos. Al macartismo.
En los años cincuenta aparece Roy Cohn, abogado brillante, agresivo, mano derecha de Joseph McCarthy.
Cohn conecta dos mundos: la persecución ideológica oficial y la vigilancia privada clandestina.
No solo acumula expedientes políticos, sino expedientes íntimos: quién estuvo con quién, quién es vulnerable, quién puede ser destruido.
Cohn se relaciona con Bronfman: Bronfman le pasa información de su red de chantaje, y Cohn se la pasa a McCarthy sobre las víctimas comunistas.
En el ambiente de Hollywood debemos recordar el caso del sionista Elia Kazan, director de cine que delata a colegas comunistas. Y también el caso Rosenberg, matrimonio de espías judíos antisionistas ejecutados por espionaje para la URSS.
En Nueva York, Cohn monta un centro de operaciones en el Hotel Plaza, con una suite llena de micrófonos y espejos falsos.
Donald Trump compra el Plaza en 1988 directamente a Roy Cohn tras asistir a sus fiestas.
Más adelante aparecen Charles Bronfman (hijo de Samuel Bronfman) y Leslie Wexner (Victoria’s Secret).
Ellos crean un club exclusivo de judíos sionistas estadounidenses llamado “Mega”, por los miles de dólares requeridos para pertenecer.
Aparecen más nombres: Lauder, Wiesenthal, hasta el mismísimo Spielberg.
De ahí sale el capital que patrocinó a Epstein: poder económico, poder político del sionismo, y experiencia heredada de Cohen, Maxwell y la red mafiosa.
Epstein entra en la órbita de Wexner. Obtiene dinero, propiedades, acceso.
Epstein no surge como un individuo aislado, sino como un operador patrocinado.
Bueno, retomemos entonces a Rafael Eitan, “Rafi Eitan”, jefe de operaciones especiales de la inteligencia israelí.
Eitan conecta directamente con el caso Jonathan Pollard: ciudadano estadounidense y judío sionista que habría enviado documentos hiper-ultra secretos al proyecto israelí.
Junto a Pollard aparece Mark Rich: patrocinador financiero acusado de lavado, tráfico y criminalidad transnacional.
Cuando Pollard y Rich convergen en el radar estadounidense, comienza la presión directa israelí sobre Washington:
“Libérenlos. Denles el perdón. Somos un país amigo.”
Bush padre dice no.
Clinton dice no.
La presión sube de tono.
Netanyahu plantea un ultimátum:
“Tienes 24 horas.”
Clinton no cede.
Entonces ocurre el golpe de expediente: una filtración.
De pronto circulan en medios angloparlantes, vinculados al entorno mediático construido por Maxwell, los detalles de la infidelidad presidencial:
Lewinsky.
La orden vino como represalia por la negativa a liberar a Pollard y Rich.
El chantaje convierte lo sexual privado en político, planetario y público.
Lo enviciado que estaría Clinton con esta red pederasta, que siguió asistiendo a las fiestas de Epstein incluso después del escándalo durante años.
¿Sí se dan cuenta?
Epstein no inventó nada. Epstein heredó.
El “proyecto Epstein” fue creado previamente. Construido antes. Epstein lo recibe como continuidad.
Un modelo de vigilancia, prostitución, pederastia, grabación, captura de élites y control.
Epstein es solo una versión contemporánea: perfeccionada, globalizada, financiada desde arriba.
Una operación moderna para controlar a la plutocracia estadounidense: los dos partidos, el poder judicial, las multinacionales, la inteligencia, la cultura, los millonarios, los presidentes.
Todo.
Si lo piensan con calma, con seriedad y datos, Epstein deja de ser un criminal aislado y se convierte en un síntoma: un operador dentro de una maquinaria histórica de chantaje y control sionista que atraviesa un siglo entero.
Desde Eli Cohen hasta Maxwell, Bronfman, Lansky, Roy Cohn, Wexner, Pollard, Netanyahu…
Y finalmente, Epstein.
*Fuente: Edison
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