Antofagasta, 6 de febrero de 1906: Masacre de obreros en la Plaza Colón
por Julio Cámara (Chile)
6 meses atrás 7 min lectura
06 de febrero de 2026
A VENCER EL OLVIDO…
La de la Plaza Colón de Antofagasta es una de las matanzas casi olvidadas en la historia de las luchas sociales de Chile.
Un movimiento huelguístico iniciado por la Combinación Mancomunal de Obreros de Antofagasta, en apoyo a los trabajadores del Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia (FCAB), al que se sumaron lancheros y estibadores, fue violentamente reprimido la tarde del 06 de febrero en plaza Colon, por «Guardias Civiles» armados y por un piquete de marinos de la fragata blindada Blanco Encalada, que había recalado el día anterior en la ciudad.
¿Cuál fue el orígen del conflicto?
La petición de los obreros del FCAB, de extender en 30 minutos el horario de almuerzo…»Siendo tan poco lo pedido», dicen los versos de la Cantata…Fue el tercer derramamiento de sangre obrera ocurrida durante el mandato del presidente German Riesco Errazuriz: Valparaíso en 1903, y Santiago en 1905.
Al año siguiente, 1907, ocurre la matanza de la escuela Santa María de Iquique.
Y como ha ocurrido con otros hechos represivos, no existen datos precisos acerca del número de muertos, los que se estiman entre 50 y 300.
Honrar la memoria de estos mártires, es una tarea de la mayor relevancia, que debe ser asumida, no solo por las autoridades de turno, sino principalmente por las organizaciones sociales de Antofagasta.
Felicito a las organizaciones laborales de Antofagasta, que han convocado para hoy viernes a una jornada conmemorativa, a realizar a las 16.30 horas, en el auditórium de la CCAF Los Andes.
Entre las entidades organizadoras de este evento, está presente también la Federación de Sindicatos de empresas BHP, FESIN BHP…
Más sobre el tema:
A 120 años de la Matanza de Plaza Colón: memoria, educación e identidad
03-02-2026
Este 2026 se cumplen 120 años de uno de los hechos más tristes y significativos de la historia de Antofagasta: la matanza ocurrida en la Plaza Colón. Un episodio profundamente vinculado a la llamada cuestión social, que marcó con sangre y fuego el inicio del siglo XX en el norte salitrero y cuya memoria, lamentablemente, hoy sigue siendo frágil y poco conocida.
La “cuestión social” se manifestó con especial dureza durante la primera década del siglo pasado. La ausencia de leyes laborales que protegieran a los trabajadores, sumada a los constantes abusos patronales y a una alta inflación persistente, generó un clima de rabia y rebeldía que recorrió todo el norte grande. Antofagasta no fue la excepción. Entre 1906 y 1907 los conflictos laborales en las zonas salitreras de las actuales regiones de Tarapacá y Antofagasta se intensificaron notablemente: solo en 1906 se registraron 21 conflictos, y en 1907 más de 30.
Sin embargo, las causas de esta agitación no fueron únicamente económicas. En estos años el movimiento obrero alcanzó una mayor madurez organizativa y política. Surgieron organizaciones más combativas, como las mancomunales obreras, y líderes con fuerte arraigo popular y carisma, entre ellos Gregorio Trincado, Alejandro Escobar y Luis Emilio Recabarren. Esta combinación de precariedad material y conciencia social explica la intensidad del conflicto y su desenlace trágico.
En ese contexto, dos huelgas terminaron convirtiéndose en verdaderas masacres: la del 13 de febrero de 1906 en Antofagasta y la del 21 de diciembre de 1907 en la Escuela Santa María de Iquique. En ambos casos, el Estado respondió a las demandas obreras con represión armada, dejando una profunda herida en la historia social del país. Las huelgas y manifestaciones eran consideradas por las autoridades como actos subversivos contra el orden establecido. Por ello, no era extraño que el gobierno dispusiera de la fuerza pública, tropas de línea y marinería para sofocar las movilizaciones. Eso fue precisamente lo que ocurrió aquel febrero de 1906 en el principal paseo público de la ciudad.
El conflicto se inició con las demandas de los operarios del Ferrocarril de Antofagasta a Bolivia, quienes solicitaban una jornada laboral de ocho horas y una hora y media para almorzar y reposar antes de reanudar el trabajo. El diario El Industrial, en su edición del 15 de febrero de ese año, explicaba que esta solicitud se basaba en una “razón muy lógica”: los elevados precios de los arriendos obligaban a muchos trabajadores a vivir en los suburbios, lo que les impedía llegar a tiempo a sus faenas.
Ese día 13 de febrero, los obreros no se presentaron a trabajar y, rápidamente, se sumaron trabajadores portuarios, de la fundición Orchard y de diversos talleres de la ciudad, alcanzando una movilización de más de cuatro mil personas. Pasado el mediodía, la marcha derivó en hechos de violencia: se interrumpió el tránsito, se volcaron carretas y se produjeron enfrentamientos con la policía. En el interior del ferrocarril, los trabajadores descargaron la rabia acumulada por años de injusticias, destruyendo bienes de la empresa e incluso volcando una locomotora. La respuesta de la autoridad fue endurecer el control: se cerraron cantinas, se prohibieron reuniones públicas y se ordenó el desembarco de Fuerzas de marinería del “Blanco Encalada”.
Paralelamente, en el Club de la Unión se organizó una “guardia del orden”, compuesta por civiles armados con autorización del Intendente. Cuando este grupo salió a las calles, fue rodeado por los trabajadores en medio de gritos y consignas. Los disparos de la guardia provocaron el desbande de la multitud, que corrió hacia la calle Washington, donde las tropas del Regimiento Esmeralda y la marinería abrieron fuego contra los huelguistas, pensando en que iban a ser atacados. El resultado fue brutal: se estima que murieron 48 personas y decenas resultaron heridas.
La violencia continuó al día siguiente. Hubo incendios (la tienda “La Chupaya”, ubicada en Prat con Matta), nuevos enfrentamientos y la muerte de Ricardo Rogers, presumiblemente uno de los miembros de la “guardia del orden”. Finalmente, el 15 de febrero los trabajadores regresaron a sus labores sin haber obtenido ninguna de sus demandas, pese a las gestiones del obispo Luis Silva Lezaeta. Todo quedó prácticamente igual. Solo se había escrito un nuevo y doloroso capítulo en la historia de la Plaza Colón.
Hoy, a 120 años de estos hechos, resulta inquietante constatar que gran parte de la comunidad desconoce esta tragedia y el lugar exacto donde ocurrió. La plaza es recordada por su reloj, el odeón, el león o la estatua de la hermandad chileno-española, pero no por la matanza. Recién hace pocos años se instaló un pequeño busto que recuerda lo sucedido, un gesto valioso pero insuficiente para la magnitud del acontecimiento.
Desde una perspectiva pedagógica, y en mi rol de profesor de Historia, he tenido la oportunidad de recorrer este lugar con mis estudiantes. La reacción suele ser siempre la misma: sorpresa, indignación y preguntas profundas sobre la ciudad que habitan. Esa experiencia confirma que esta historia necesita ser contada, enseñada y reflexionada con mayor fuerza. La matanza de Plaza Colón no es un episodio marginal: es un hecho fundante de la identidad antofagastina, de sus luchas sociales y también de sus tragedias.
Recordar la matanza de Plaza Colón no es un ejercicio de nostalgia ni un gesto meramente conmemorativo. Es un acto de justicia histórica. Es reconocer que la ciudad que hoy habitamos se construyó también sobre el sacrificio de hombres y mujeres que exigieron dignidad en un tiempo en que hacerlo podía costar la vida. Cuando esa historia se silencia, no solo se pierde memoria: se debilita la identidad colectiva y se empobrece la formación cívica de las nuevas generaciones. La educación cumple aquí un rol irremplazable.
Enseñar este episodio en las aulas, recorrer el lugar de los hechos, interrogar las fuentes y debatir sus significados permite que estudiantes y ciudadanos comprendan que los derechos laborales, la organización social y la democracia no fueron regalos, sino conquistas nacidas del conflicto, del dolor y de la resistencia. Una ciudad que educa sin su historia es una ciudad que se desconoce a sí misma.
A 120 años de la matanza de Plaza Colón, el desafío no es solo recordar, sino enseñar, visibilizar y resignificar este hecho como parte de nuestra memoria viva. Porque mientras esta historia no ocupe el lugar que merece en la educación, en el espacio público y en la conciencia colectiva, Antofagasta seguirá caminando sobre una plaza que guarda silencio donde debería haber memoria. Y educar, hoy más que nunca, es romper ese silencio.
*Fuente: RadioUdeChile
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