Discurso de Mark Carney en Davos 2026, en opinión de tres autores
por piensaChile
8 mins atrás 10 min lectura
28 de enero de 2026
Entre el choque simbólico, la factura material y la dramaturgia ideológica
François Vadrot and Fausto Giudice
Version originale en français – English version
El discurso que dio Mark Carney en Davos el 20 de enero generó muchas reacciones, sobre todo en el mundo alternativo. Una semana después del evento, nos parece interesante analizar no el discurso en sí, sino la forma en que fue interpretado en el llamado mundo alternativo. Para eso, nos vamos a basar en tres análisis publicados con pocos días de diferencia: los de Arnaud Bertrand, Craig Tindale y Simplicius. Tres análisis desde tres ángulos totalmente diferentes.
Tlaxcala – Tlaxcala – Tlaxcala
“Carney acaba de anunciar que Occidente ha perdido la Segunda Guerra Fría.”
Arnaud Bertrand
El primer análisis, el de Arnaud Bertrand, sale en caliente, apenas unas horas después del discurso. Trata la intervención de Carney como un evento histórico en sí mismo, un punto de quiebre comparable a 1989. El texto adopta un registro enfático, asumiendo la idea de que el discurso va a figurar entre los más importantes pronunciados por un dirigente occidental en varias décadas.
“This is THE speech. There is no coming back from this: the cat is out of the bag.”
”Este es EL discurso. No hay vuelta atrás posible: el secreto salió a la luz.”
El corazón del argumento se basa en una analogía con Václav Havel y su crítica de “vivir en la mentira”. A través de la figura del comerciante que exhibe un eslogan en el que ya nadie cree, Bertrand ve en el discurso de Carney el acto por el cual un Estado central retira públicamente el cartel de la vidriera: la hegemonía estadounidense sería reconocida como una ficción que se volvió insostenible. El cambio sería de orden cognitivo, vinculado al pasaje del saber privado al saber común.
Esta lectura es coherente dentro de su propio marco. Se basa en una concepción del poder fundada en la creencia y los rituales. Pero la analogía fuerza la nota. Supone una simetría entre el fin del bloque soviético y la situación actual, cuando las condiciones históricas y geopolíticas son radicalmente diferentes: hoy no existen bloques herméticos, ni una confrontación ideológica totalizadora, ni una escasez material comparable.
Sobre todo, la transposición de la figura de Havel hacia Carney es problemática. Havel hablaba en 1978 desde una posición de disidencia real, frente a un sistema coercitivo. Carney se expresa en Davos, en un espacio de regulación entre élites, sin riesgo personal ni ruptura institucional. Asimilar esta toma de palabra a un gesto de disidencia equivale a transformar un ajuste estratégico de la elite en un momento existencial.
La lectura de Bertrand es estimulante y casi entusiasmante, porque proyecta sobre el presente un esquema heredado de la guerra fría, que no le calza del todo.
Tlaxcala – Tlaxcala – Tlaxcala
“El Dorian Gray de Threadneedle Street [La sede del Banco de Inglaterra]: la factura material de la ficción financiera de Carney.”
Craig Tindale
El texto de Craig Tindale, publicado con seis días de distancia, trata la intervención de una forma muy diferente, desencantada. El discurso ya no es un giro, sino un álibi tardío.
“His speech is a masterpiece of the tepid alibi, the sound of a man attempting to write his own pardon while the ink is still wet on the warrants for his arrest. While the consensus greets this performance as a courageous awakening, it is in truth a forensic attempt to distance the architect from the ruins.”
“Su discurso es una obra maestra del álibi tibio, el sonido de un hombre que intenta redactar su propio indulto cuando la tinta de las órdenes de arresto en su contra todavía está fresca. Donde el consenso saluda esta performance como un valiente despertar, se trata en verdad de un intento forense de distanciar al arquitecto de las ruinas.”
Al convocar a Dorian Gray, Tindale describe una economía cuya apariencia financiera se mantuvo intacta —inflación contenida, mercados fluidos, planillas elegantes— mientras que el cuerpo real de la nación se degradaba fuera de campo: fábricas cerradas, saberes perdidos, territorios vaciados de su sustancia productiva. Threadneedle Street, sede del Banco de Inglaterra donde Carney ejerció como Gobernador entre 2013 y 2020, designa acá el santuario institucional desde el cual se administró y racionalizó esta disociación.
Tindale se centra en lo material para entender. La cuestión no es la creencia, sino la materialidad: desindustrialización, destrucción de capacidades productivas, dependencias construidas durante décadas en nombre de la optimización financiera. Menciona fábricas desmanteladas, oficios perdidos, umbrales irreversibles. El discurso de Carney aparece entonces no como un acto de coraje, sino como el reconocimiento tardío del costo real de políticas de las cuales fue uno de los artífices.
Este análisis, centrado en las restricciones materiales, está suficientemente estructurado como para prescindir de largos comentarios; ofrecemos su traducción completa en el anexo.
Tlaxcala – Tlaxcala – Tlaxcala
“El discurso decisivo de Mark Carney en Davos señala una escisión entre la élite.”
Simplicius
El análisis de Simplicius, que llegó último, amplía aún más el marco. El discurso se convierte en un indicio de una lucha interna en las élites occidentales, de una fractura del deep state, de un reposicionamiento estratégico frente al ascenso de China y a la imprevisibilidad estadounidense.
“The system is eating itself; its foundations are shaking.”
”El sistema se está devorando a sí mismo; sus cimientos tiemblan.”
El texto es denso, enérgico, a veces intuitivo. Pero tiende a sobrecargar el evento de intenciones, facciones y escenarios globales. Donde Tindale parte de restricciones materiales identificables, Simplicius privilegia una dramaturgia ideológica: luchas de clanes, estrategias conscientes, recomposiciones calculadas del poder mundial.
Carney aparece acá como un simple portavoz de fuerzas superiores —”facciones”, “cábalas”, “intereses financieros”— cuya existencia a menudo se postula más que se demuestra. El discurso es así absorbido por un relato omniabarcador, de descomposición del sistema, donde cada palabra se vuelve síntoma de un derrumbe total.
Esta lectura dice sin duda tanto sobre el estado del “mundo alternativo” como sobre el propio Carney. Revela una dificultad creciente para pensar la crisis de otra manera que no sea como un enfrentamiento final entre bloques, clanes o imperios, con el riesgo de perder de vista las determinaciones materiales concretas.
Tlaxcala – Tlaxcala – Tlaxcala
De las tres interpretaciones, nuestra preferencia va por la de Craig Tindale, porque está anclada en lo concreto y en las restricciones materiales. Los acontecimientos posteriores a Davos van en esa dirección:
Pocos días después del discurso de Mark Carney, el grupo minero chino Zijin Mining anunció la compra de Allied Gold, una empresa canadiense, por alrededor de 4.000 millones de dólares, lo que le otorga a China el control de varios yacimientos auríferos estratégicos en África (en particular en Malí, Costa de Marfil y Etiopía). La operación se produjo inmediatamente después de una visita de Carney a Pekín y de una reactivación explícita de las relaciones sino-canadienses, pese a las objeciones de Estados Unidos.
Esta secuencia permite leer el discurso de Davos de un modo menos simbólico: mientras se abandona públicamente la ficción de un “orden basado en reglas”, lo que efectivamente cambia de manos son activos físicos, recursos y cadenas de valor. La ruptura es material.
ANEXO: Traducción del artículo de Craig Tindale.
El Dorian Gray de Threadneedle Street [La sede del Banco de Inglaterra]: la factura material de la ficción financiera de Carney.

El álibi del arquitecto: cómo el dogma neoclásico liquidó el mundo real
Mark Carney se acerca al atril [en Davos] con la humildad pulida de un sumo sacerdote que, después de dedicar su carrera a exigir sacrificios humanos a los dioses apátridas de la eficiencia, ahora se molesta, y de forma mesurada, al ver que las cosechas fallan.
Su discurso es una obra maestra del álibi tibio, el sonido de un hombre que intenta redactar su propio indulto cuando la tinta de las órdenes de arresto en su contra todavía está fresca. Donde el consenso saluda esta performance como un valiente despertar, se trata en verdad de un intento forense de distanciar al arquitecto de las ruinas.
Carney presenta la ruptura económica actual como un shock exógeno, un meteorito caído de un cielo despejado para sorprender a la clase tecnocrática. Habla del fracaso como de algo descubierto entre los escombros, y no como de algo administrado desde el santuario en caoba de Threadneedle Street.
La deforestación industrial de la economía británica fue una política deliberada de la escuela neoclásica, de la cual Carney fue el vicario metropolitano de traje reinante. Durante años, presidió una economía al estilo Dorian Gray. El retrato, pintado al óleo estéril de las “condiciones financieras serenas” y la “inflación contenida”, permanecía inmaculado en la galería pública, mientras que el cuerpo físico de la nación era sometido a una grotesca enfermedad consuntiva.
Bajo su custodia, la “bella historia” del orden mundial se mantuvo mediante la externalización de la podredumbre. Mientras las planillas seguían elegantes, el cierre de una fundición o la muerte de un astillero se rebautizaba como optimización. Tomó el silencio de una fábrica cerrada por la serenidad de un mercado estable. Sin embargo, las élites adormecidas piden todavía más.
La “autonomía estratégica” que ahora invoca es un fantasma. Trata la resiliencia como una palanca de política que se puede accionar, olvidando que la autonomía es una propiedad material de una nación, forjada en el calor y el trabajo. No se puede convocar a una industria siderúrgica o a una cadena de suministro de minerales críticos cambiando las tasas de interés una vez que los hornos se vendieron como chatarra y que la expertise fue liquidada.
Las minas no reabren porque a un banquero central le da un subitáneo ataque de coraje. Al tratar la capacidad nacional como una ineficiencia, Carney creó un sistema optimizado para un mundo que nunca existió, un mundo sin fricción, sin historia y sin enemigos. Es, de hecho, el sumo sacerdote de una idiotez económicamente venerada.
La puesta en armamento (weaponization) de la integración económica que hoy denuncia era un seppuku [Hara-kiri, o sea autodestrucción en el contexto N. del T.], producido por sus propias elecciones. Forjado con sus propias manos. Alentó una dependencia que trataba la resiliencia como un costo a reducir, valorando lo líquido en detrimento de lo sólido, lo digital en detrimento de lo físico, y el valor presente en detrimento de la supervivencia futura. Su rechazo repentino del pensamiento fortaleza no es más que una nueva máscara para la misma vieja complacencia. Se otorga el lujo del tiempo, creyendo que podemos coordinar y suavizar una transición que ya se volvió violenta.
Cuando se cruza un umbral de decadencia industrial, el proceso se vuelve irreversible.
La “señal en la ventana” nunca fue una cuestión de reglas; era una declaración de fe secular en la providencia siempre asegurada del mercado. Esta creencia es una superstición hueca, un pacto fáustico.
La ruptura que enfrentamos es la factura final de años de confort comprado a crédito. Es el precio de la confianza de un banquero central en que sus propias abstracciones eran más reales que el cobre, el acero y el sudor que reemplazaban.
Solo reconoce la fractura porque ya no puede ignorar la corriente de aire, y sin embargo todavía habla como si la quiebra fuera una sorpresa, y no el resultado inevitable de un marco que conocía el precio de todo y el valor de nada.
Substack, Craig Tindale, 26 de enero de 2026
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