El 13 de enero de 2026, Jean-Noël Barrot, ministro de Asuntos Exteriores de Francia, convocó al embajador de Irán en Francia y denunció una “represión intolerable” del régimen de Teherán contra los manifestantes. El día anterior, Roberta Metsola, presidenta del Parlamento Europeo, anunció en un correo electrónico a sus colegas que había tomado la decisión de prohibir a todos los diplomáticos, miembros del personal de las misiones diplomáticas, funcionarios y representantes de la República Islámica de Irán el acceso a todos los establecimientos de la institución.
¿Alcanzará eso para tranquilizar a todos aquellos que creían que por los pasillos del Quai d’Orsay o de la Comisión Europea no había ni un alma? A la República Islámica se le puede reconocer al menos esta virtud: su capacidad de hacer abrir puertas que hasta ahora parecían bien cerradas. De repente, todas las sanciones que hasta ayer parecían tan complicadas de implementar para detener el genocidio que sigue en curso en Gaza quedaron al alcance de la mano. A eso hay que agregarle las amenazas de Estados Unidos y las manipulaciones de Israel, que a duras penas logró ocultar su entusiasmo por una intervención militar, y ahí la tienen, de nuevo, reunida, la familia occidental.
En la radio France Inter, cuando la conductora le preguntó a Raphaël Glucksman1: “¿Qué puede hacer Europa, más allá de las palabras, más allá de las condenas? ¿Se puede hacer otra cosa más que ser espectador?”, el eurodiputado, indignado, respondió: “No somos comentadores de la Historia”. Evidentemente, depende de qué Historia…
Porque los medios mainstream nos sorprenden también por su deseo de mantener la actualidad iraní en las portadas, mientras el sufrimiento de otras poblaciones de la región que son víctimas de las guerras occidentales ocupa poco espacio entre los titulares. El régimen cortó internet en todo el territorio iraní desde el 8 de enero, y nadie envió periodistas al lugar de los hechos. Pero esos mismos diarios, esos mismos canales que tardaron tres meses en darle espacio a las masacres de los palestinos luego del 7 de octubre de 2023, mientras bastaba con conectarse a cualquier red social para encontrar videos y testimonios, esos mismos medios donde muchas veces predominó el relato israelí, se llenaron de placas de “urgente” y de “análisis”. Los cronistas compiten para anunciar la inminente caída del régimen, a riesgo de ser desmentidos, como les ha sucedido en las crisis anteriores.
Una población acorralada
¿Hay que alegrarse de que el levantamiento iraní no sea ignorado en Occidente como sigue ocurriendo con la situación en Palestina, los bombardeos cotidianos de Israel en Líbano o incluso el apoderamiento progresivo del territorio sirio, también por parte de Tel Aviv? Sí y no.
Una de las desgracias de la población iraní es que su revuelta llega después de Gaza. Ya la conocíamos, ahora quedó al descubierto: la hipocresía occidental todavía osa desplegarse, impúdica, a la vista de todos. Hubiéramos preferido una honestidad brutal, como la de Donald Trump al orquestar un golpe de Estado en Venezuela y declarar sin miramientos: “Vengo por el petróleo”. En cambio, los europeos hacen circunloquios, rascan hasta el fondo de la olla de la apariencia moral y se atreven incluso a ponerse el traje de los derechos humanos, que les queda más grande que nunca.
Allá afuera, el “resto del mundo” los observa, mitad enfadado, mitad cínico. La desvergüenza de unos llama a la reacción de los otros, y lo que parece imponerse es una matriz geopolítica que ignora las aspiraciones legítimas de los pueblos. Como si las sociedades solo fueran variables de ajuste. En Irán coexisten tres realidades: una amenaza imperialista estadounidense y los sueños de hegemonía regional de Israel; un régimen corrupto y oligarca que parece usar la amenaza del caos como una extorsión, algo que ya se ha intentado en otras partes, y que solo atrasa lo inevitable; y en el medio, una población acorralada, de la que una parte importante, pero difícil de evaluar, rechaza visceralmente a sus gobernantes. En el medio de esas tres realidades es donde hay que encontrar un camino.
Sí, una parte –difícil de cuantificar– de la población iraní es permeable a la propaganda de los canales satelitales que pertenecen a la diáspora monárquica y que explotan la amnesia política de lo que fueron los terribles años de Pahleví y de la SAVAK2. Sí, la perspectiva de un caos iraní solo puede ser motivo de alegría para Israel. Pero el pasado reciente de la región nos enseñó largamente que no se construye el futuro a partir de una intervención militar extranjera ni sin la participación de los pueblos. Si bien en 2003 nadie dudaba de la naturaleza del régimen de Sadam Huseín, exaltada para justificar la invasión de Estados Unidos y de su fiel aliado británico, no es menos cierto que la operación estadounidense era tan ilegal como injusta, y los responsables nunca pagaron el precio ante una instancia internacional. Más de 20 años después, Irak es un Estado fallido y la mayoría de la población no goza de las riquezas de su país. Escuchemos la revuelta de los manifestantes iraníes, pero no le deseemos a Irán un destino similar al de su vecino.
-La autora, Sarra Grira es periodista, doctora en literatura francesa. Redactor jefe de Orient XXI.
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