De Rosa a Simone: un siglo de inacabadas luchas
por Emilio Cafassi (Uruguay)
7 años atrás 4 min lectura
Exactamente un siglo atrás era asesinada Rosa Luxemburgo en Berlín, por la Socialdemocracia (SPD), partido que ella ayudó a construir, antes de alejarse de ese partido, frente a las genuflexiones imperial-chauvinistas de apoyo a la primera guerra mundial. También cayó su compañero Karl Liebknecht con quien fundó el periódico La bandera roja, además de la Liga Espartaquista (no es casual ni infrecuente que los periódicos y revistas deriven en la formación de grupos políticos) embrión de lo que luego sería el Partido Comunista Alemán (KPD). Por supuesto que en esos días también asesinaron a miles de manifestantes más anónimos de la insurrección de enero del ´19 y masacraron la República de los Consejos de Babiera. Con el aplastamiento de la revolución alemana de ese año, comenzaba a sellarse la suerte de las dos sucesivas (’21 y ´23) y la monstruosa tragedia política que se avecinaría en aquel país y toda Europa. Probablemente hoy, 15 de enero, mientras garabateo estas líneas, Berlín quede sin claveles rojos porque anualmente, en un raro reconocimiento -que descreo tenga un ápice de necrofilia- decenas de miles de personas se dan cita ante su tumba para depositar esa flor. Hasta su propia muerte parecería otra de sus pioneras denuncias, ya que esas acciones criminales del primer presidente de la República de Weimar, Friedrich Ebert, anunciaban la descomposición de la socialdemocracia europea hasta nuestros días, aunque su primera línea de fuego actual haya sustituido a los paramilitares por politiqueros profesionales de la puerta giratoria.
Venimos reconociendo a Rosa, tal vez insuficientemente, por sus inmensas contribuciones a la teoría clásica del imperialismo (sin duda su libro sobre la acumulación es uno de los 4 que la fundan), a la crítica tan fraterna como demoledoramente premonitoria de la Revolución Rusa ya en el ´18, a su inquebrantable militancia libertaria en la organización de huelgas, consejos y también por sus experimentaciones en el amor libre (de sujeciones, propertizaciones, aunque no necesariamente de padecimientos).
Pero quisiera ensayar una semblanza algo diferente y permitirme una interconexión que intuyo más inexplorada. Creo que Rosa, tanto como Alejandra Kollontai, Clara Zetkin y otras revolucionarias que jamás hablaron de patriarcado ni de género alguno, contribuyeron a fundar las bases de un feminismo históricamente ligado a la condición proletaria. Por caso, aquel feminismo setentista, de Mary Alice Waters o Isabel Larguía si tomamos ejemplos tan distantes entre sí. Las concibo herederas de aquel movimiento de mujeres revolucionarias que tanto intentaron promover. Y en este propósito quisiera aprovechar provocativamente el azar de las efemérides para traer conjuntamente a la memoria el 70° aniversario de la publicación de El Segundo Sexo de Simone de Beavoir.
El feminismo sufragista de principios de siglo, despreciado por las revolucionarias, aunque mayoritariamente conquistado en la Europa de la segunda posguerra, fue contextualizado como irrelevante para emancipación alguna por Simone. Pero la convergencia que pretendo insinuar no está en la posición distante sobre el importante movimiento sufragista aún vigente en el ´49, ni en las búsquedas de libertad en las prácticas amatorias, sino en el combate al mundo privado, sentimentalizado, significado socialmente como subalterno, de retaguardia, privado de las características de productividad, poder organizacional y potencialidad cognitiva reservado a los varones. Es decir a la construcción histórica -explícita en Simone y tácita en Rosa- de la vulnerabilidad y estupidización femenina por la coquetería y la sacralización uterina. Desde sus trayectorias, nada genético le impedirá a la mujer tomar parte de las luchas por su propia emancipación y la de la humanidad, que trasciende y complejiza la de género.
Un agudo artículo de la politóloga Nancy Fraser, glosado por María Bartolomeu en la publicación Sin Permiso, llama particularmente la atención sobre el giro individualista, meritocrático y hasta neoliberal (o emprendedorista) del feminismo actual, consecuencia parcial de la deshistorización y neodeterminismo del concepto de género. En parte también el que, aún con propósitos antideterministas, es reconocible en las concepciones de libertad e independencia de la primera versión de El segundo sexo que lo sitúa en la inserción calificada de la mujer en el mercado laboral.
Sin embargo, no es la que sostiene en la última década de su vida, ya pasados los acontecimientos del mayo francés, 25 años más tarde, cuando revisa su texto y al respecto afirma en una entrevista que fue a través de ese libro que comprendió “que la gran mayoría de las mujeres simplemente no tenía la posibilidad de elección que yo había tenido”. De forma tal que “sólo las que tienen una fe política, las que militan en un sindicato, confían en el futuro y pueden dar un sentido ético a las ingratas fatigas cotidiana. Así, la militancia aparece como una realización en sí misma y como una promesa de libertad para las que no tienen elección, que son la gran mayoría de las mujeres”. Pareciera escrito por Rosa, aunque la primera no tuvo el contacto con el existencialismo que Simone logró con el marxismo.
Obviamente sus destinos les depararon divergentes desenlaces. Mientras Rosa, luego de soportar la cárcel, persecuciones y tortura encontró la muerte cruenta en la plenitud de sus 47 años, Simone consiguió en vida el mayor de los reconocimientos que un texto puede alcanzar: la prohibición de la iglesia católica.
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