La política es el arte de los tiempos. Por lo mismo no es un arte fácil, como en general ningún arte lo es. Pero singularmente, destaca por el cúmulo de intentos fallidos y de múltiples engaños puestos en marcha en el teatro de los tiempos donde suele llamarse vivos a los muertos y muertos a quiénes se encuentran más vivos que todos. Como sea, me parece que una parte de la tarea que este arte implica es –paradojalmente-, liberarnos de los engaños hasta donde ello nos sea posible a través de la denuncia, el humor y tanto medios al alcance de persona de inteligencia media. Ello porque detrás del arte está la ética que a no dudar es otra excelsa manifestación artística, uno de cuyos nortes consiste en la búsqueda de la verdad.
El movimiento estudiantil ha muerto. Probablemente desde el día en que sus dirigentes fueron cooptados por los cuadros políticos. O más bien, porque inevitablemente su métodos y posturas devinieron en moda. Tal vez porque en el momento en que la educación se ha institucionalizado como problema los actores necesariamente se ven las caras en una arena con reglas distintas a la calle y las salas de clases (El sistema es capaz de absorberlo todo). Pero sobre todo, porque si acaso hubo un auténtico espíritu revolucionario en las nuevas generaciones, nunca fue más fuerte que el miedo y la culpa instalados en todo el resto (Especialmente en lo dirigentes de partidos), que de haber transigido en los setentas, -piensan-, se habría evitado el golpe de Estado y todo el horror que le siguió, ni más fuerte que el porfiado error que siguen repitiendo parte de las élites de no transar cuando debe transarse y de transar donde se debe ser intransable.
Lo engañoso, sin embargo, es que todos siguen hablando del movimiento estudiantil, favorable u odiosamente. Sus dirigentes siguen de invitados permanentes de la fiesta mediática de la industria noticiosa. Y no hay político que no quiera entenderse con ellos pues quién lo logre tiene asegurada la presidencia en unos años. Pero en verdad, se trata de mantener la interlocución con un muerto, con un envase vacío – como ocurre desde hace años con la CUT- para ordenar el mapa de los conflictos según convenga. No nos movamos a engaño. El truco fue dinamitar las posibilidades internas del movimiento pero conservando convenientemente el nombre.
Hace poco más de 40 años, la falta de entendimiento de la DC y el PS fue uno de los factores que empujó un golpe de Estado. Cierto. Hoy por hoy, ese acuerdo ha provocado otra tragedia; la de apagar una de las pocas luces de esperanza en un Chile que camina hace mucho rato sobre la cuerda floja.
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