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Un socialista decente 

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El 31 de julio de 2014 se conmemoran los cien años del asesinato de Jean Jaurès y, en Francia, todas las tendencias políticas quieren apropiarse de su legado moral – incluso, la candidata fascista, Marine Le Pen se da el lujo de citarlo como un inspirador de su movimiento nacionalista -. Nicolas Sarkozy no se queda corto en esta carrera oportunista. Los socialistas, devenidos hoy en euro-liberales y valets de la democracia bancaria, reclaman su pleno derecho a ser sus legítimos herederos, como también los comunistas, cada día más empequeñecidos en número y en ideas.

Figuras morales e íntegras como las de Jean Jaurès y Salvador Allende, que contrastan con los socialistas actuales – cada día más miserables y dependientes del neoliberalismo – nos muestran, por desgracia, cómo el socialismo y el pensamiento progresista han perdido el norte, y pienso, en consecuencia, que la política sin ética e ideales carece de sentido, pues al haberse convertido, como hoy, en mera técnica de poder y en una forma rápida y eficaz para mamar y enriquecerse a costa del Estado, termina por alejar a los ciudadanos de esta actividad, que debería ser de las más nobles y desinteresadas.

Un intelectual y política de fuste como lo fue Jean Jaurès, difícilmente hubiera triunfado de mediar una profunda educación republicana, laica y universal, que posibilitó la intervención de un inspector de provincia descubriera la genialidad del joven, nacido en Castres, para lograr del gobierno una beca que posibilitara cursar sus estudios secundarios y, luego, su admisión en la Escuela Normal Superior, cuna de brillantes intelectuales franceses.

El mérito de Jean Jaurès consistió en relacionar los grandes valores humanistas universales con el socialismo y la clase obrera, muy lejos de la mezquindad del extremo materialismo de los marxistas de su época: Jaurès fue capaz de asociar los valores republicanos con el socialismo. No en vano escribió, dentro de sus múltiples obras, Historia socialista de la revolución francesa, en la conecta a la perfección, los ideales de la Declaración de los Derechos del Hombre con el movimiento obrero de su época. Nadie, hasta ahora, ha logrado establecer una relación más acabada entre el socialismo y el humanismo – las obras de Norberto Bobio y de otros teóricos actuales, semejan tareas de estudiantes frente a la perfección de la escritura de Jaurès -. Su obra sobre los Orígenes de socialismo alemán, es uno de los aportes más valiosos a la concepción humanista del marxismo.

En Francia, la tierra de las revoluciones de finales del siglo XVIII y de gran parte del siglo XIX, se constató que, después de cada una de ellas, surgía siempre un tirano; Luego del terror revolucionario, de Robespierre, vino el termidor y, finalmente, un dictador militar, Napoleón I. Después de 1848, fue elegido Napoleón II – “El Pequeño”, como lo motejó Víctor Hugo – que, finalmente, se coronó emperador. Luego de tres revoluciones sucesivas se constató que hacía necesario un cambio más profundo, radicado en la educación del pueblo y basado en la escuela laica, republicana y universal; de este gran paso hacia el progreso Jaurès es uno de los grandes productos intelectuales.

En Chile, por fortuna, estamos recién descubriendo que es en la escuela laica, gratuita, republicana y universal donde empezaremos a acortar la brecha de esta inicua sociedad clasista chilena, que la educación privada se encarga de reproducir, a través de colegios de ricos y ata ricos. Lamentablemente, la reforma educacional, hasta ahora, es una verdadera bolsa de gatos y cuesta descubrir su verdadero norte, pues hay demasiados intereses entre los dueños de colegios particulares, especialmente los regentados por la iglesia católica y de los pseudo educacionistas de la Concertación.

Jean Jaurès no tenía nada de sectario, ni anticlerical: en su brillante discurso, en la Asamblea Nacional, sobre la separación entre la Iglesia y el Estado planteó, con claridad, que el laicismo era la apertura a todas las religiones y demás formas de pensamiento y su respeto a todas ellas.

Jaurès estaba lejos de ser un fanático pacifista, y lo que planteaba era la unión entre la clase obrera alemana y francesa, a fin evitar la guerra que veía venir, anticipando una Europa de los pueblos, en contraposición a la actual, la de los bancos.

En 1914, Jean Jaurès era odiado por los nacionalistas, que pedían la muerte de este antiguo Dreyfusar. No fue extraño que fuera asesinado por Raoul Villain, en el Café de Croissant, en Montmartre.

Si escuchamos nuevamente el discurso de Jean Jaurès , unos días antes de explotar la guerra mundial, podríamos analizar cómo profetizó la barbarie y matanza de la más cruel de las guerras que ha tenido la humanidad – 10 millones de muertos -, sólo superado por la segunda guerra mundial.

12/08/2014

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