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«El Cura Carlos Mugica fue un transgresor de su clase y un transgresor dentro de la Iglesia, por ello lo asesinaron” 

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La primera vez que Domingo Bresci vio a Carlos Mugica fue en un partido de fútbol en el seminario de Villa Devoto. Le llamó la atención no por la habilidad sino por la garra: empujaba, pateaba. “Así fue toda su vida, un apasionado, entregado a full”, dice Bresci, quien confluiría con Mugica en el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Juntos compartieron, entre muchas otras cosas, una “parada” frente a la Casa Rosada contra la erradicación de las villas, a las que pretendían transformar en barrios obreros, y protestas en la cárcel de Devoto y en el interior por las condiciones de detención de los presos políticos. Bresci, ahora al frente de la parroquia San Juan Bautista el Precursor y asesor de la Secretaría de Culto, fue delegado regional del MSTM. Mugica no tuvo cargos en el Movimiento, pero se destacaba por su personalidad y carisma. Bresci habla con Página/12 en una pequeña sala de la Cancillería, muy cerca del coqueto barrio en el que vivió Mugica y también de la Villa 31, donde el cura fundó la parroquia Cristo Obrero y llevó adelante su trabajo pastoral y social. “Fue un transgresor de su clase y un transgresor dentro de la Iglesia”, lo define.

–¿Cuándo y cómo conoció a Mugica?

–En el seminario de Villa Devoto. El se ordena sacerdote en 1959, yo en 1962. Lo conozco mirando cómo jugaba al fútbol los jueves a la tarde, que era el día libre de los seminaristas. Sobresalía porque era un tipo que se metía, pateaba, empujaba, ponía toda su potencia. Y así fue toda su vida, era un apasionado por la vida, entregado a full. Por la forma de ser de Carlos lo llamaban La Bestia. Pero no era bestia en el fútbol, era bestia para trabajar, para rezar. Era un obsesionado con todo lo que hacía.

–¿En el seminario también destacaba?

–Por lo que sé, a diferencia de su primario y secundario, que parece que no fueron muy brillantes –es interesante que no fue a un colegio religioso sino a uno de gestión estatal y la secundaria la hizo en el Nacional de Buenos Aires–, en el seminario era una persona muy inquieta, preocupada. Era la época de preparación del Concilio Vaticano II, que se hizo en 1962.

–¿Cuándo se acercaron?

–En el seminario empecé a trabajar, junto con un grupo de profesores del seminario, con universitarios de la UBA. Había un grupo que se llamaba Juventud Universitaria Católica que tenía la idea de acercarse, en el espíritu del concilio, muy abierto, ecuménico, a la realidad del pensamiento, de la intelectualidad. Todo estaba en ebullición. Había un clima revolucionario en todos los ámbitos, la guerra de Vietnam había influido mucho, antes la Revolución Cubana, Argelia. Los grupos cristianos participaban. Ahí nos conocimos. Después tuvimos otras aproximaciones con cuestiones sociales. En el ’57 hubo una gran inundación que afectó mucho al gran Buenos Aires y fuimos a las zonas inundadas, ayudamos. El incursiona ayudando al sacerdote de la parroquia Santa Rosa de Lima, en Belgrano y Pasco, en una actividad de visita a conventillos de Balvanera. Eso era una novedad para él, que venía de acá a la vuelta, de la calle Arroyo. El papá había sido ministro de Relaciones Exteriores de Arturo Frondizi y la mamá, dueña de muchas hectáreas en la provincia. De Arroyo al conventillo fue un salto enorme. La otra etapa fue irse a Resistencia a hacer una experiencia de vida rural y conocer esa problemática. Después organizó campamentos de trabajo en el Chaco santafesino. Yo, simultáneamente, iba por ese lado, a los campamentos, en las vacaciones íbamos a las fábricas, ayudábamos a familias en la autoconstrucción y ahí se fue dando esa afinidad, en la línea de preocupación por lo social. Luego de conocer la situación nos planteábamos por qué tanta injusticia y ahí empezó lo que aquí se llamó el diálogo con el marxismo, que venía de Europa también.

–¿Eso fue orgánico?

–Era en la Facultad de Filosofía y Letras. A él lo llamaron porque lo conocían, era un hombre de reflexión. Los universitarios eran agrupaciones, pero desde la Iglesia éramos sujetos sueltos, los que queríamos estar. La organización de los Sacerdotes para el Tercer Mundo fue posterior. Antes fue el proceso de “conversión”. Carlos no nació pobre, se convirtió a los pobres. Empezó por el descubrimiento de la problemática social, los barrios, el interior, los sindicatos, las villas. Después, o en simultáneo, se planteó la pregunta por las causas de esa situación. Para entender eso había que buscar instrumentos de análisis y en ese momento el marxismo era lo que estaba en boga. Luego hubo críticas, una actualización, se constituyeron las cátedras nacionales para analizar los procesos nacionales de liberación y por eso la denominación de Tercer Mundo. A pesar de que lo nombran secretario del cardenal de Buenos Aires Alberto Caggiano, a pesar de que lo nombran en la parroquia de El Socorro, de Juncal y Suipacha, Carlos empieza un acercamiento a la villa, que estaba a la vuelta de su casa y de la parroquia donde trabajaba. Empieza a ver esa contradicción entre esos dos mundos. Enseguida la presencia de él en la villa fue para incentivar las mejoras en las condiciones de vida de la gente y eso lo llevó a organizar a la misma gente del lugar. Su conversión lo llevó a su compromiso. Después de las etapas social e ideológica está la etapa política. El y muchos otros empezamos a incursionar, después de que se fundó el Movimiento, en la política… cómo se hacía, con quiénes, con qué herramientas. Siempre tratando de acompañar el proceso de la propia gente. Todos aprendimos que había que escuchar al pueblo, no decirle lo que había que hacer.

–¿Y entonces se acercaron al peronismo?

–Las mayorías populares eran mayoritariamente de identidad peronista. Si queríamos estar con el pueblo no había otra forma. Había que acompañarlo, pero no sumarse indiscriminadamente. Diferenciamos la identidad peronista de la dirigencia peronista y el partido justicialista. Nosotros nos apoyábamos en la esencia histórico-cultural del peronismo.

–¿Cómo fue la relación personal de Mugica con Perón?

–Perón se interesa por el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo porque su última experiencia había sido pelearse con la Iglesia en el ’55. Muchos de los curas que pertenecieron al Movimiento habían sido antiperonistas en el ’55 por defender a la Iglesia. El Movimiento fue el que redescubre al peronismo a través de estas experiencias de inserción en territorios. Lo que le costaría a Mugica, que venía de una familia recontra antiperonista, decir que era peronista. Era un peronismo que tenía una gran expectativa en Perón, en su regreso. En 1968 Mugica viaja a París para hacer seis meses de actualización teológica y va a Puerta de Hierro y conversa con él.

–¿De ahí que después lo nombran en el Ministerio de Acción Social?

–A Carlos, la Juventud Peronista lo quiere poner en la lista de diputados de Capital. Eso lo charlamos entre todos y quedamos que no, que no queríamos asumir ese rol, sino el de apoyar, acompañar. Le contraproponen ser asesor del Ministerio de Acción Social, porque se suponía que eso iba a favorecer la acción que él estaba desarrollando en las villas.

–¿Y ya sabían quién era López Rega?

–Bastante, pero no todo. Desde el comienzo, Carlos se empieza a sentir incómodo en lo personal, pero también discrepaba con los proyectos que tenía López Rega acerca de las viviendas. Los curas villeros proponían que fueran los mismos villeros los que pensaran sus casas y participaran en proyectos de autoconstrucción. López Rega quería hacer eso a través de las empresas. A Carlos no le interesa… y el manejo del dinero… Llama a una asamblea del barrio y decide renunciar. Eso le trae un enfrentamiento con López Rega, que incidió seguramente en que la Triple A lo matara.

–¿Y la relación con las organizaciones armadas, sobre todo con Montoneros?

–Venía sobre todo del Colegio Nacional de Buenos Aires. Fue asesor de grupos juveniles católicos. Ahí los conoció. Después ellos se organizaron, no le preguntaron a él sobre la organización, pero él y Alberto Carbone eran referentes. Luego hay diferencias con el modo de encarar y analizar cómo tenía que ser la revolución en la Argentina. Hay un distanciamiento que se agudiza con la vuelta de Perón y el pase a la clandestinidad de Montoneros. Ellos no responden a la conducción de Perón, eran muy verticalistas, se militarizaron.

–Pero Mugica no descartaba la lucha armada, ¿o sí?

–El tiene esa frase que dice “yo puedo dejarme matar pero nunca voy a matar a nadie”. Todos decíamos que esa decisión tenía que partir del pueblo en su conjunto, no de un grupo de dirigentes iluminados que decían qué, cuándo y cómo había que dar esa lucha armada.

–Pero en un contexto de dictadura la apoyaba…

–La apoyamos. El Movimiento. En un contexto de dictadura era legítimo, pero tenía que estar muy respaldada por el pueblo. Ese era también un cuestionamiento hacia las organizaciones. En democracia se deslegitimaba.

–¿Estaba claro en ese momento quiénes habían sido o hubo discusiones?

–No estaba muy claro al principio. Al día siguiente de la muerte, el diario Noticias, de Montoneros, sacó un comentario muy lavado sobre la muerte de Carlos y eso hizo sospechar que podían tener algo que ver. Carlos no ahorraba críticas para los que habían sido sus alumnos. Inclusive en el velatorio, en la parroquia San Franciso Solano, hay una pelea cuando vienen algunos miembros de Montoneros. Después Mario Firmenich convoca a Alberto Carbone, lo llevan en un auto con los ojos vendados, y en un tono amistoso le dice que ellos no habían sido, que no habían dado la orden. Luego se especula con que fuera un grupo que discrepaba con la conducción. Pero finalmente se supo que vino de la Triple A, que tenía muchos motivos para hacerlo. En pocos meses, además, matan a otros referentes sociales como Rodolfo Ortega Peña, Atilio López, Silvio Frondizi. Era un operativo de terror, para implantar el miedo.

–¿Mugica tuvo muchos choques con la jerarquía de la Iglesia?

–En 1972 el arzobispo Juan Carlos Aramburu le pidió que no fuera más sacerdote, que se dedicara a la política. Lo sancionaron. A él le dolió mucho porque era una persona de la Iglesia. Fue un transgresor de su clase y un transgresor al interior de la Iglesia. Renunció a la posibilidad que tenía de dinero, mujeres y renunció también a la posibilidad de una carrera eclesiástica. Enseguida lo nombraron secretario del cardenal y en la Iglesia del Socorro. Podría haber sido obispo rápido, si se portaba bien, por la familia de la que venía. Pero no quería eso.

–¿Qué lugar ocupa lo que fue el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo en la Iglesia?

–Serían los curas en opción por los pobres, pero el contexto es muy distinto. Los problemas de fondo en algunas cosas mejoraron, pero otros se mantienen. Hoy siguen siendo un desafío la vivienda, la tierra, la organización de la gente. Ahora está el plan Pro.Cre.Ar, pero la envergadura de lo que hay que hacer es enorme. Se agravó por la droga.

–¿Hay un cambio con Francisco dentro de la Iglesia?

–Como Francisco apoyó a los curas villeros, los que hablaban en contra se cuidan. Pero es contradictorio ver a ciertos medios hablando de los pobres cuando los que están con esos medios son los que fabrican a los pobres. Es absurdo, “preocupados por la pobreza”… si la generan los sectores que están con ellos. Con Francisco cambia un poco el eje. Si él dice “una Iglesia pobre para los pobres”, que es lo que decíamos nosotros, bienvenido sea. Pero veamos cómo eso se implementa. Están vigentes las cuestiones que Carlos planteó y él tenía vinculación con los jóvenes también. El grupo Cristianos para el Tercer Milenio reclama a la Iglesia que dé a conocer los archivos de la época de la dictadura que hay en el Episcopado y también se lo pide al Vaticano. Al parecer, Francisco dio el visto bueno, pero hasta ahora no se supo nada. También solicitaron al Episcopado que se declare a Carlos como mártir del pueblo de Dios, a él y a todos los obispos, sacerdotes y laicos asesinados.

*Fuente: Página 12

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LA MEGACAUSA Y LA DECLARACION SOBRE EL ASESINATO DE MUGICA

El fantasma de la Triple A

El juez Oyarbide emitió una declaración en 2012 en la que establece que el asesinato fue realizado en 1974 por Fernando Almirón, por órdenes de la AAA. Los testimonios, cómo reconocieron al asesino, el marco de la megacausa.

El ex policía Fernando Almirón llega a la Argentina deportado después de 31 años en España.

Por Irina Hauser

Todos los sábados al anochecer, Carlos Mugica daba misa en la iglesia San Francisco Solano de Villa Luro. Tenía la costumbre, previo a eso, de hacer una charla con las parejas que se estaban por casar en la que siempre les decía: “No es mirarse el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección”. El 11 de mayo de 1974 repitió el ritual. Luego, cuando comenzó el oficio, en la última fila apareció un hombre que desentonaba con el lugar. Era un extraño en un barrio donde todos se conocían. Hubo vecinos y feligreses que lo describieron como una persona de facciones algo aindiadas, robusto, de pelo oscuro y bigote. Cuando Mugica estaba por salir de la iglesia lo llamó, “padre Carlos”, e inmediatamente comenzó a dispararle. Carlos Capelli, su amigo y colaborador, quien había ido a buscarlo para ir a un asado en la Villa 31, lo vio caer sentado contra una pared, mientras él mismo se desplomaba al recibir otros balazos.

La escena, nítida, surge de los relatos volcados en una resolución que firmó el juez Norberto Oyarbide el 12 de julio de 2012 en la que establece que “Rodolfo Eduardo Almirón fue el autor inmediato del homicidio de Carlos Francisco Sergio Mugica, en el marco del accionar delictivo de la Triple A”. En términos jurídicos es una declaración, no es una condena, porque Almirón había muerto tres años antes. El texto dice que, como el juzgado logró reunir las pruebas necesarias, decidió “declarar la verdad de lo que aconteció, y así brindar una respuesta a los familiares de la víctima y a la sociedad”.

Lo que determinó a Oyarbide a reactivar la causa penal fue que a fines de 2006 periodistas españoles encontraron a Almirón cerca de Valencia. El ex comisario llevaba 31 años allí. Había sido pilar de la organización terrorista que comandaba José López Rega desde el Ministerio de Bienestar Social durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón. Además, era custodio del Brujo. Fue extraditado en 2009 y estuvo preso hasta su muerte pocos meses después. La orden de captura original había sido librada en 1984, cuando fue procesado por asociación ilícita en concurso real con homicidio doblemente agravado. Ya se le adjudicaban los asesinatos del diputado Rodolfo Ortega Peña, del ex subjefe de la Policía Bonaerense, Julio Troxler, el de Silvio Frondizi y el de Mugica, unificados en el expediente sobre los crímenes de la Triple A, que sigue tramitando y llegó a sumar 680 hechos atribuidos a esa organización.

Capelli, quien tenía un vínculo de amistad con Mugica, colaboraba con él en sus actividades sociales en la Villa 31 y solía llevarlo y traerlo. Tanto su relato como el de otra amiga del cura, Helena Goñi, fueron centrales en el expediente judicial. Capelli tenía presente la cara de Almirón por haber acompañado a Mugica al Ministerio de Bienestar Social, donde hacía una suerte de asesoría ad honorem, ya que en algún momento había tenido la expectativa de poder hacer algo desde allí por los pobres. Goñi, en su testimonio, recordó que cuando el cura advirtió que en el organismo no existía el más mínimo interés por el tema, hizo una renuncia pública en la villa de Retiro ante una multitud, que fue transmitida por televisión. Allí explicó sus razones y pidió permiso para dar un paso al costado en nombre de ellos, los villeros. “Fue su sentencia de muerte”, dijo ella.

Los relatos de las personas más cercanas a Mugica en la causa reflejan que recibía amenazas de muerte por lo menos desde 1972. Llamados telefónicos (“sos boleta, te vamos a reventar”) y atentados, uno de ellos con una bomba en la casa familiar de la calle Gelly y Obes, donde en pisos distintos vivían sus padres y él. Desde sectores evidentemente cercanos al Ministerio de Bienestar Social y grupos de derecha se intentaba instalar la teoría de que lo amenazaba Montoneros, pero Mugica decía que tenía claro que era López Rega. Algo de esto se susurraba mientras lo velaban primero en la iglesia de San Francisco Solano y luego en la capilla Cristo Obrero de la Villa 31. Allí se habló hasta de Almirón. Por el terror que reinaba entonces, nadie se animó a señalarlo con nombre y apellido pero los relatos que hoy se asientan en el juzgado son coincidentes.

Capelli relató que ese sábado no había ido a la misa pero fue a buscar a Mugica para ir a Lanús y luego a un asado. Cuando abrió la puerta de la iglesia vio en la última fila a dos hombres, pero en el momento no advirtió quiénes eran. Cuando terminó la misa, entró a buscar al cura porque se les hacía tarde. Salió primero, y notó que alguien llamaba a Mugica. Caminó unos metros y escuchó la balacera. “A mí me tiraron del otro lado, yo caí mirando hacia el lado del padre Carlos, y conocí a la persona que estaba dentro de la iglesia. Esa persona continuaba disparándole. Lo conocí por la ropa. El padre Carlos quedó ahí sentado como fue cayendo, en el piso, y yo quedé a esa distancia, caído. A mí me dispararon de frente, es decir que fue otra la persona que me disparó. Supongo que era la persona que estaba con la anterior descripta en la iglesia, pero lo supongo porque no llegué a verlo. El que mató a Mugica fue Almirón”, testimonió Capelli.

Según varios testigos, los asesinos huyeron en un Chevy verde claro. A Capelli y Mugica los subieron a un Citroën, y el cura de la parroquia de Villa Luro, Jorge Vernazza, y una amiga de ellos, Carmen Artero, los llevaron al Hospital Salaberry. El médico de guardia dijo que Mugica había recibido cinco disparos en el abdomen, tórax y el brazo izquierdo, mientras que Capelli tenía uno en el tórax. Mugica murió allí. A Capelli lo llevaron al Rawson, donde tuvo catorce intervenciones en dos días.

Además de los testimonios más directos, el juez Oyarbide tuvo en cuenta dos relatos iniciales de la causa: el del ex militar Salvador Horacio Paino, quien trabajó con López Rega y exhibió una nómina del Ministerio de Bienestar Social de personas a ejecutar por la Triple A, entre ellas Mugica; y el del edecán de Presidencia Tomás Eduardo Medina, quien dijo que había escuchado a Miguel Angel Rovira y a Almirón decir sobre el cura “lo vamos a hacer boleta” días antes de que lo asesinaran.

Oyarbide declaró en marzo de 2008 que los crímenes de la Triple A son de lesa humanidad, lo que confirmó la Cámara Federal. El fiscal de lo que devino en megacausa es Eduardo Taiano. La declaración sobre el asesinato de Mugica es una ínfima parte. La investigación tardía tramita con las reglas de un viejo Código Penal, por eso no habrá un juicio oral propiamente dicho sino una etapa de plenario que estará a cargo de María Servini de Cubría. Están presos para terminar de ser juzgados Jorge Héctor Conti, Norberto Cozzani, Carlos Alejandro Gustavo Villone, Julio José Yessi y Rubén Arturo Pascuzzi. Además de Almirón, murieron su suegro, el ex comisario Juan Ramón Morales (también custodio de López Rega), y Felipe Romeo, quien dirigía El Caudillo, órgano de difusión de la Triple A.

*Fuente: Página 12

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