Chile: La Canción de Patricia
por Andrés Figueroa Cornejo (Argentina)
13 años atrás 6 min lectura
“Hay 10 mil veces más coincidencias entre el cristianismo y el comunismo que entre el cristianismo y el capitalismo”
Fidel Castro
“44. Todos los que habían creído vivían unidos; compartían todo cuanto tenían,
45. vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos según las necesidades de cada uno.”
Hechos de los Apóstoles, Capítulo 2
Cuando decidiste desbaratar el cáncer, simplemente abandonándolo para siempre y quedándote en medio de nosotros también para siempre el 23 de septiembre que pasó en Santiago de Chile, yo sabía que no eras allendista en lo de la Unidad Popular. Que eras una pendeja, militante convincente de la juventud de la Democracia Cristiana, brazo de ese partido que intenta representar junto a otras concesionarias y emprendimientos y grupos de interés, hoy vacíos, los intereses de la embajada norteamericana.
Pero lo importante, pese al olvido que apesta como nuevo rico, es que tú, Patricia Roa Fenero, como dirigenta de secundaria del Liceo Nº 4, el mismo día del golpe de Estado de 1973, al contrario de tanto joven demócrata cristiano y de la dirección hegemónica de ese partido que brincó de dicha, brindó con champaña y aplaudió a rabiar y con rabia anticomunista al generalato mientras La Moneda se eternizaba como lección para los pueblos del mundo; tú, Patricia Amalia, podrida de indignación, contraviniendo la orden del partido, te colgaste de la bandera chilena izada para celebrar la ruina de Allende en el patio de tu colegio porque el olor de la muerte y la infamia te sublevaron. Desde entonces no te detuviste, espada de la resistencia pacífica, en los años de plomo. Ahí están tus fotografías, flaca y en blanco y negro, mientras te arrastran otra vez, presa por la tiranía.
Otros, incluso muchos allendistas, incluso miristas, incluso súper revolucionarios, incluso líderes del más alto rango de los partidos de la propia Unidad Popular, ese mismo día y a esa hora en que intentaste con tus pocos kilos hundir el estandarte elevado por los vencedores, ya telefoneaban a embajadas donde refugiarse y salvar el pellejo cuando sólo días antes juraban lealtad espartana a Salvador Allende, al proyecto de la UP, a los intereses de los trabajadores y los pueblos. ¿Te acuerdas, Patricia, cuando en El Suceso -boliche único casi frente a La Moneda, en plena Alameda, plantado entre los cadáveres de la Central Unitaria de Trabajadores y de la sede del Partido Demócrata Cristiano actuales- hablamos largamente sobre por qué Allende en su discurso final se despide de todos, menos de los partidos políticos de la UP?
Si en los cordones industriales, en las corridas de cercos de mapuche y campesinos en el campo, en los comandos comunales de autoabastecimiento, es decir, en las expresiones más maduras del poder popular en aquel período, el pueblo insurrecto, con o sin partido, se volvió protagonista libertario, superación autovalente de toda servidumbre conocida hasta ese momento en la historia chilena, transformado por necesidad y conciencia en voluntad que destruye el fatalismo y el miedo, ¿por qué algún feligrés de capilla ortodoxa, podría extrañarse de tu conducta, Patricia, de un acto rebelde que se ampliaría durante la dictadura? (En una fotografía te veo en una arteria capitalina abarrotada de policías, al lado de Andrés Aylwin, luchador intachable por la causa de los derechos humanos y que, siendo hermano del golpista y primer presidente de la ronda de gobiernos civiles desde los 90’ del siglo anterior, Patricio Aylwin, dejó la Concertación por diferencias axiológicas y políticas con sus posiciones. Una nueva prueba de que en política la genética no corre, no explica, no cuenta. Por eso el nepotismo, los apellidos y el ADN, en política son mitología faraónica, romana, estrategia del poder fundada sobre sus intereses y propalada para formar sentido común y opinión pública favorable. Mierda.)
Patricia, el verso de Cameron nos condensa cuando dice que “En verdad salí cachorro / en la calle me hice perro”. Mientras un puñado volaba torres, disparaba contra el enemigo, llenaba botellas con combustible para defenderse como lo hacen los plebeyos alzados, apilando piedras efectivas y resorteras; tus municiones fueron la protesta pública desde los inicios del levantamiento popular en el Chile de 1983 y hasta tu último día. En buenas cuentas, tu lucha fue una forma más, proveniente de la resistencia histórica de los oprimidos. Otros, demasiados, se ocultaron con mil excusas en las faldas de la dictadura, en el silencio, en el pasmo, en la familia pequeña. Tú también, Patricia, tenías hijos. E incluso otros deberes familiares que sólo una mujer entera podrían enfrentar.
Sé que hace años “te llamaban loca” y que, por ahí, tú acentuarías la parte de esa canción que sigue “pero fue por amor”. Sé que conocías a medio mundo, que la Concertación y tu partido político, derechizado como siempre, pero en los últimos 20 años, con alevosía, te castigó por las mismas razones que cementaron la amistad nuestra. Sé que como tantos, te entristecía nuestra incapacidad para crear una alternativa política popular, superadora del capitalismo. Sé que preparaste hasta el último detalle de tu funeral en el Cementerio General de Santiago. Y reconozco tu honorabilidad política de elegir ese lugar y no otro.
¿Cuáles son los elementos de tu corazón que se quedan en la habitación mejor iluminada de los nuestros? Que tanta lealtad, que tan peleadora con la vida, que el cigarrillo infinito y un par de vasos de pisco con gaseosa, que ácida, crítica, reflexiva, mata-come-mierdas, impulsiva, busca vidas y busca pleitos, la mejor conversadora, el cariño sin nombre por tus hijos, díscola de verdad, trabajadora sin horario y en cualquier empleo, encariñada hasta los huesos con el cura más comunista conocido, Alfonso Baeza; la combinación tensa entre los principios del Cristo de los pescadores –ese palestino encubierto- y una socialista revolucionaria no confesa.
Por eso Patricia, cuando te encontraron el cáncer –seguro estoy, aparecido por los dolores profundos, las pateaduras, las detenciones, las heridas innombrables, las situaciones límites en la dictadura y en la cotidianidad (si es que pueden separarse)- y las cosas se volvieron azules e intercambiamos correos, tú desde Santiago y yo desde aquí, en Buenos Aires, la arteria combatiente de tu conducta me revolvió la arena del pecho hasta, finalmente, llevarme a retomar al Cristo que expulsó a los mercaderes del templo y que había dejado colgado en mi adolescencia. Con Papa y todo, aquí en Buenos Aires los cristianos no abundan. Me siento entonces en el último escaño de la iglesia, imperceptible bajo la luz mortecina de tango y santos de yeso, y discuto con el que resumió todo en el amarse los unos a los otros (te aclaro, Patricia, que de todos modos, los unos y los otros, para mí son los desheredados de cualquier parte y allí no caben los enemigos de la clase social ínfima que gobierna la vida aún por la fuerza y la alienación). Con espanto y un par de certezas, argumento desde tu propia experiencia, y hago malabares presentables para congeniar la dialéctica materialista e histórica, el socialismo, el cristianismo como ética y su posibilidad, nada nueva, de transformarse en expresión liberadora, sobre todo entre los pueblos dependientes y etcétera.
Recién es primavera, Patricia. Cuando triunfemos y cambiemos la vida por voluntad histórica, necesidad y sobrevivencia humana, me colgaré de tu risa intacta para que en medio de los buenos y los todavía invisibles, lavemos la Tierra de la miseria, la propiedad privada, la crueldad, el trabajo asalariado, el egoísmo.
(Credo – Misa Campesina del cantautor revolucionario nicaragüense, Carlos Mejía Godoy)
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