Portugal: Una Revolución que no se marchita
por Leo Mena (España)
13 años atrás 7 min lectura
Jueves, 25 de Abril de 2013 10:18
Conmemoramos el 39 aniversario de la Revolución de los Claveles explicando cómo toda una generación de trabajadores, trabajadoras y jóvenes tocaron un mundo nuevo con sus propias manos. [TAMBÉ EN CATALÀ]
A las 0:30h del 25 de abril de 1974 se escuchaba por la radio la canción Grandola, elegida por los capitanes del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas) para poner en marcha el golpe militar que derrocaría a la dictadura de Antonio de Oliveira Salazar. Ninguno de aquellos militares se imaginaba que iba a vivir uno de los procesos revolucionarios más profundos de la historia del movimiento obrero.
Sin embargo, tras aquel acontecimiento las colonias obtuvieron la independencia, la banca y gran parte de la industria fueron nacionalizadas, la clase trabajadora consiguió el control de las empresas y la burguesía perdió el control sobre el ejército, girando éste hacia la izquierda. La llamada “Revolución de los Claveles” comenzó tras un golpe militar, pero tiene también claros rasgos de revolución socialista, con un peso decisivo de las masas en el proceso.
Régimen salazarista
Hasta 1974, la de Portugal era la dictadura más antigua de Europa, iniciada en 1926 tras un golpe militar encabezado por Salazar. Estaba basada en la represión política y sindical, y solo 100 familias se beneficiaban del terror. La dictadura acentuaba la desigualdad. Sus únicos puntos fuertes eran la mano de obra muy barata y las materias primas de las colonias. Siete bancos controlaban el 84% de los depósitos. El presupuesto estatal para armamento era de entre el 35% y el 45% entre 1961 y 1973; armamento destinado al dispositivo militar desplegado en las colonias portuguesas que vio como los movimientos de liberación nacional, sobre todo en Angola y Mozambique, les declaraban la guerra.
La desigualdad y la miseria de la población portuguesa aumentó y eran los trabajadores y trabajadoras quienes pagaban las consecuencias de la guerra y la crisis.
La dictadura estaba en un callejón sin salida y no tenía ningún apoyo social. Solo se basaba en el terror de la PIDE, la policía política secreta. En la última etapa de la dictadura hubo un gran ascenso huelguístico: más de cien mil personas se pusieron en huelga y un gran número de ellas estaban afiliadas a la Intersindical, ligada al Partido Comunista de Portugal (PCP).
El MFA
El surgimiento del MFA se explica en el contexto del gran giro a la izquierda que estaba dando la sociedad. El desengaño social hacia el ejército debido a la perduración en el tiempo de la guerra en las colonias, además del ejemplo de la guerra de Vietnam –donde el ejército más poderoso no podía hacer frente a la guerrilla– hizo a los cabecillas replantearse el sentido de la guerra. Todo ello, unido a las acusaciones del gobierno de ser incapaz de concluir rápidamente y con victoria las guerras coloniales, sentó las bases para la creación del MFA, surgido de unas reuniones corporativas. Los capitanes llegaron a la conclusión de que para acabar con la guerra había que acabar con el régimen, y esa fue la decisión que tomaron en diciembre de 1973.
El golpe del MFA no fue sangriento. Al mediodía del día 25 el MFA comunicaba al primer ministro que estaba cercado en el cuartel. A las cinco de la tarde se rendían incondicionalmente y era detenido el presidente Américo Thomas, sustituto del difunto Salazar. Era el fin de 42 años de dictadura.
La acción del MFA creó un gran movimiento revolucionario. La población salió a la calle, participando con los suboficiales y los soldados en todos los procesos clave para la derrota de la dictadura. Este ambiente conectó al ejército con la gente, perdiendo la burguesía el control efectivo del mismo.
La entrada en escena de la clase trabajadora cambió la situación por completo. Había caído la dictadura, pero había que poner fin a la miseria, la desigualdad y la falta de infraestructuras sociales. Pero, más allá de derrocar al gobierno y de la solución política al problema colonial, los dirigentes no tenían ningún programa ni perspectivas. Con el beneplácito del Partido Socialista (PS) y el PCP, pusieron al frente al general Spinola, de derechas, ligado al régimen salazarista y que participó en la guerra civil española en el bando franquista.
La perspectiva que se abría tras la derrota de la dictadura era de revolución o contrarrevolución. La caída de la dictadura, la disolución del PIDE, la liberación de las presas políticas, la conquista del derecho a manifestación y a huelga eran grandes pasos. Pero permanecían los salarios miserables, la desigualdad en el campo y en la ciudad. Los capitalistas controlaban las empresas y la banca. Aún así, los trabajadores y trabajadoras habían perdido el miedo y el respeto a los explotadores.
Constituido el Gobierno Provisional, con Spinola al frente, se vivieron los primeros momentos de la revolución de la clase trabajadora. El 1 de Mayo más de un millón de personas se manifestaron en Lisboa, Oporto y otras ciudades. Era el preámbulo de una ola de huelgas y manifestaciones, con una subida espectacular del nivel de afiliación y sindicalización. Se movilizaron las plantillas de los astilleros de Lisnave, de las minas de Panasquiera, de Firestone, etc. Las reivindicaciones eran un salario digno, derecho a vacaciones y saneamiento del fascismo en las empresas. Se produjeron así las primeras ocupaciones de fábricas y los primeros elementos del control obrero. La postura del PCP y del PS fue la de moderar las reivindicaciones salariales y que el derecho a huelga se ejerciera de forma “prudente”. A pesar de ese llamamiento a la moderación, se logró un salario mínimo.
Spinola, en vista de la desorientación de la dirección obrera, presentó un proyecto de modificación constitucional en el que preveía un referéndum para confirmarse a sí mismo como presidente, dando más poder al primer ministro y aplazando las elecciones dos años. Pero fracasó y obtuvo un resultado contrario al que esperaba. El MFA incrementó su participación en el gobierno y Vasco Gonçalves, de la izquierda militar, pasó a ser ministro del II Gobierno provisional.
A pesar de la maniobra de Spinola, se mantuvo como presidente, preparando el golpe del 28 de septiembre. Apelando a la lucha contra el caos y la anarquía, convocó para el 28 de septiembre lo que autodenominarían “mayoría silenciosa”, con claros tintes reaccionarios. Pero la población percibió el peligro y el carácter de la manifestación. La alarma se disparó al conocerse la noticia de que vendrían armados. La respuesta de la clase trabajadora de Lisboa fue heroica e impresionante, montando piquetes populares al grito de “No pasarán”. La operación contrarrevolucionaria fue aplastada por el pueblo portugués y el intento de Spinola de dar un golpe se vio frustrado. A cada intento de la burguesía de retomar el control de su ejército, este se le iba cada vez más de las manos y la clase trabajadora se sentía más fuerte y confiada por ello.
El 11 de marzo 1975 es una fecha clave para el proceso revolucionario. Hasta entonces la burguesía había sobrevivido a la sacudida revolucionaria y al fracaso de los intentos de golpe de Spinola. Pero como respuesta al tercer intento de contrarrevolución se produjeron los cambios sociales más importantes: se nacionalizaron sectores decisivos de la economía y se dio un gran impulso a la reforma agraria.
El tercer intento vino de la mano de la burguesía portuguesa y del imperialismo, con Spinola a la cabeza. La mañana del día 11 fue bombardeado el cuartel de Artillería de Lisboa. Más tarde, los paracaidistas recibieron orden de atacar dicho cuartel, pero se produjeron escenas verdaderamente impresionantes. Por un lado, se fueron concentrando trabajadores y trabajadoras de las fábricas de las inmediaciones, así como gente de los barrios, y empezaron a hablar con los soldados sitiadores, diciéndoles que dentro del cuartel no se estaba cometiendo ningún tipo de movimiento contra la revolución. Los soldados del cuartel y los paracaidistas terminaron por abrazarse, haciendo imposible cualquier intento de ocupación del cuartel.
La clase trabajadora no sólo tomó la iniciativa en el frente político, haciendo frente a los diferentes golpes reaccionarios, sino que también lo hizo también en cuanto las nacionalizaciones, en el terreno de las transformaciones sociales.
Hay una cosa que jamás se borrará de la memoria de la clase trabajadora portuguesa: fueron capaces de hacer lo más difícil, lo más impensable. La Revolución Portuguesa es ya parte del patrimonio de la clase trabajadora mundial. De nosotras y nosotros depende extraer sus lecciones y ponerlas al servicio de la lucha futura.
Leo Mena es militante de En lucha / En lluita
*Fuente: En Lucha
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