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Iquique, Plaza Manuel Montt: a la hora señalada 

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Cruzando espacios y dimensiones difíciles de explicar, pero que la libertad, la imaginación y la irreverencia de la palabra escrita hace posible, me dirijo a usted don Patricio, y discúlpeme, pero, sin ningún ánimo de perturbar su descanso, intento indagar, a través del tiempo que cubre  implacable la memoria de tantos  “hombres sencillos”, al decir de Neruda, qué razones lo motivaron a estar esa funesta tarde del  21 de diciembre, en la céntrica plaza Manuel Montt de Iquique.

Reconozco que no sé mucho de usted, don Patricio, casi nada, un nombre y una fotografía que los años y la intemperie han desdibujado, pero donde todavía puede advertirse sin mucha dificultad la imagen de un hombre que mira sereno y confiado la vida, lejano y distante – mientras la máquina lo retrataba – de cualquier heroísmo que no fuera la odisea cotidiana de sobrevivir en el difícil Iquique de comienzos del siglo pasado.

Es posible que haya bajado desde la pampa, junto a otros miles, cifrando las  esperanzas que en el puerto sí escucharían sus demandas, siendo “tan poco lo pedido”, no había para qué pensar en tragedias, sino más bien en regresar pronto al campamento, a  seguir golpeando la dura veta del caliche, generoso y rentable para unos, esquivo y miserable para otros, para los más, por supuesto…

Si vino de la pampa, quien sabe si lo hizo de San Lorenzo, porque fueron los primeros. Quiero imaginarlo, pleno de energías, caminando bajo el cielo estrellado de la noche pampina, dejando a sus espaldas las débiles luces del Alto San Antonio en dirección a Iquique, arropado para la “camanchaca”, y codo a codo con otros hombres y mujeres,  sin preguntar nacionalidades, porque para ganarse el pan en las  calicheras nunca fueron necesarias las banderas, que algunos exaltan para dividir.

Caminaron hermanados por una causa común, mejorar un poco las condiciones de vida en el desierto nortino, un poco de respeto, un salario más digno, no mucho, habrá una causa más justa y merecida que esta?, créame, don Patricio, hasta el día de hoy la aspiración sigue siendo la misma…

Pudo también arribar al puerto grande en tren, junto a otros miles, hasta la estación de ferrocarril de la calle Sotomayor, que hoy luce marchita, silenciosa y casi entregada al abandono, y luego inmerso en el gentío, quiero imaginarlo caminar hasta la escuela Santa María, recibiendo reconfortantes expresiones de solidaridad de otros “hombres sencillos” como usted, los gremios de la ciudad,, quizá un poco sorprendido por el temor infundado, a su buen entender, que su presencia y la de muchos pampinos  provocaba en “los señores de Iquique”…

Es posible, porqué no, don Patricio, que no viniera de la pampa, que fuera un iquiqueño que decidió manifestar su apoyo a aquellos hombres y mujeres curtidos de sol y caliche, como lo hicieron muchos como usted, y concurrió inspirado por el noble sentimiento de la solidaridad hasta la plaza Manuel Montt;  quizá estuvo más de una vez en el interior de la escuela, que compartió la olla común con ellos, prestó alguna ayuda, expresó una palabra de aliento, siempre bienvenida frente a la incertidumbre, o simplemente quiso empaparse de esa fuerza misteriosa y potente de la unidad de los “hombres sencillos”, que cruza fronteras y es capaz de transformar mundos y realidades, cuando ésta logra alguna vez cristalizar… alguna vez…

Como haya sido, don Patricio, quizá fue sólo a observar el desarrollo de los acontecimientos en la escuela. Qué importa, lo verdaderamente cierto es que usted estuvo a la hora señalada en su cita con la muerte, en la fatídica plaza Manuel Montt la tarde del 21 de diciembre de 1907, de eso no cabe duda, y ambos lo sabemos.

Es posible que haya escuchado las palabras de los líderes del movimiento, y emocionado con la firme decisión de todos de no abandonar la escuela hasta no obtener alguna respuesta, pese a ser conminados a hacerlo en medio de preparativos de guerra que observaba en torno a la plaza.

Quizá también, es comprensible, que sintiera miedo, por qué no, un sentimiento tan humano cuando uno se siente inerme frente a la fuerza y el abuso, pero, quizá pensó, como lo hicieron muchos esa tarde aciaga en la escuela…¿Podía caber tanto egoísmo en el corazón de otros hombres?; ¿Era posible tanta maldad en esos rostros con uniforme tan parecidos a ellos, los “hombres sencillos”?..¿Sería posible que..?…

La respuesta, brutal,  vino a través de las balas, eficaz y recurrente argumento en nuestra historia para acallar demandas, don Patricio; pienso que tal vez corrió inútilmente junto a otros a protegerse como fuera de la furia de ese otro “galgo terrible” en nuestra propia tierra. Quizá también…pero no, ya no tiene caso, la muerte, como un abismo insondable, se abrió esa tarde en la escuela y en la plaza Manuel Montt, y hacia el fondo del olvido cayeron los nombres de tantos y tantas, hoy día reconocidos como restos y osamentas en un lugar y otro…

Pero no fue ese su caso, don Patricio, por eso pude hallarlo, por indicaciones de un amigo, que me hablo de su paradero, y me gustaría poder decirle, y no se me ocurre cómo, que este año conmemoramos los 100 años de la tragedia que cegó tantas vidas, como la suya, y queremos hacerlo, pese a la indiferencia de unos y la desconfianza de otros, con toda la fuerza que podamos reunir, para decirles a todos y todas, que no los hemos olvidado, que su ejemplo y su grandeza, que nunca la buscaron, sigue en nuestras memorias.

Y sobre todo, don Patricio, que no se trata de una grandeza fundada en arengas, tambores y fanfarrias, sino simplemente de aquella que inspira a los “hombres sencillos” a soñar con un mundo mejor, donde la voracidad y la ambición de otros hombres ya no tengan cabida…

Uno de estos días pasaré a dejarle algunos claveles, de todos los colores, como los tonos de la vida que intentamos mejorar. A eso me comprometo por ahora…y discúlpeme nuevamente, siga descansando en paz…

Nota del autor (junio de 2007): En el sector más antiguo del cementerio Nº 1 de Iquique, existe junto a otras sepulturas de la época, una lápida en que se lee lo siguiente:
“Patricio Rojas Ramírez, Q.E.P.D., fue victima inmolada entre los mártires de la plaza Montt en 21 de diciembre de 1907. La familia.”

La plaza Manuel Montt ocupaba el espacio que se extendía frente a la escuela Santa María de Iquique.

Nota  del autor (diciembre 2012): Después de publicado este artículo el 2007, en la prensa local y en PiensaChile, surgieron algunos valiosos antecedentes de don Patricio, verificándose que efectivamente “no vino de la pampa”, sino que fue un ciudadano iquiqueño que brindó su apoyo generoso y solidario a los huelguistas instalados en la escuela, razones que lo llevaron a estar también a “la hora señalada” en su cita impensada con la muerte.

A la fecha, los restos de don Patricio Rojas Ramirez, junto a los del pintor Sixto Rojas, sobreviviente de la masacre de 1907, descansan en un modesto mausoleo construido por el municipio de Iquique, el que fue inaugurado en diciembre de 2007.

Julio Cámara Cortés
e-mail:  jcamara1@hotmail.com

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