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Uruguay: Mujica y el asalto romántico al arsenal de las flores 

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La modernidad logró incubar en su seno un amplio abanico de utopías, sueños y horizontes, cuya encarnación práctica no tardó en revelarse esquiva y también brutalmente reactiva. Situando al capitalismo como propósito y desembocadura de un largo período de transición que no sólo alteró raigalmente las formas de producción y distribución de la riqueza, sino también el derecho, la política, las artes, la filosofía, la ciencia, la cultura y todas las prácticas sociales conocidas, inmediatamente exhibió las dificultades para efectivizar sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. Al inmenso impulso al crecimiento de la riqueza se le contrapuso la miseria de amplias mayorías. Al discurso de la expansión de las libertades y derechos, su conculcación clasista, sexista y censitaria. La mano invisible de Smith que igualaría oportunidades, esfuerzos y resultados, prefirió estrecharse selectivamente sólo con la indisimulable y enguantada mano de los poderosos, negando de esta forma toda igualdad y posible fraternidad.

La modernidad desplegó en la historia sus propias tragedias: políticas, como el nazismo, el stalinismo, el terrorismo de estado; económicas como el escándalo de la más abyecta miseria e indigencia extrema de al menos una quinta parte de la humanidad en la actualidad; ecológicas como la degradación del medio ambiente; bélicas como las dos guerras mundiales y las más acotadas cotidianas que asolan a inmensas poblaciones; tecnológicas como Chernobil y la mortandad vial, entre muchas otras no tan difundidas. La contrastación entre propósitos fundantes y realidad es tan abismal que es inimaginable que no surjan izquierdas, o como se le quiera llamar a la indignación, que denuncien y traten de alterar semejante desequilibrio e inconsecuencia. No pretendemos revisar ni la ubicación física de los jacobinos en la asamblea constituyente posterior a La Revolución francesa, ni alterar la usanza lingüística.

Pero a las experiencias de poder del propio jacobinismo y del socialismo real más tarde, pretendidamente superadoras de las impotencias prácticas de encarnación de los ideales modernos, también le surgieron modelos y proposiciones alternativas de izquierda, cosa que probablemente seguirá sucediendo inevitablemente en la historia como la regeneración de utopías. Basta reparar en las grandes referencias ideológicas como el anarquismo, el trotskismo, el anarcosindicalismo, el socialismo libertario, el luxemburguismo, el foquismo, como tantas otras expresiones relativamente organizadas, además de las corrientes teóricas como el historicismo, el humanismo, la escuela de Frankfurt, el estructuralismo y posestructuralismo, el marxismo analítico, etc.

Sin embargo, raramente se incluye al romanticismo dentro de este espectro izquierdista. La exclusión está parcialmente justificada, no sólo por las implicancias estéticas del movimiento, sino fundamentalmente por la enorme diversidad política de sus diferentes inscripciones, y su débil autoreconocimiento y organización. El malestar romántico, aún esquivamente reconocido, con su crítica acérrima (y justa) a la ideologización del progreso, a la ceguera confortante del positivismo, conlleva también un espíritu de rechazo y resistencia a la novedad, pero sobre todo, una impotencia e inacción políticas, contrarias al espíritu de crítica de la ciudadanía moderna. Los románticos son generalmente estigmatizados como melancólicos y pesimistas, movidos por un sentimiento trágico del mundo, y por sombríos presentimientos, no necesariamente infundados.

Sin embargo hay otra interpretación posible que puede surgir de la reclasificación en términos weberianos de tipologías ideales expresadas en el libro de Michaël Löwy y Robert Sayre, "Révolte et mélancolie: le romantisme à contre-courant de la modernité" en su acepción revolucionario/libertaria, cuanto marxista/utopista-humanista, donde la melancolía da paso a la revuelta y donde el principio freudiano de la inacción melancólica puede ser superado por la intervención, si se nos permite forzar textos y autores de muy diversa procedencia. El zapatismo me parece el mejor ejemplo en esta compleja dirección, aún con sus indisimulables límites políticos, o en el plano del pensamiento donde encontramos un amplio espectro desde William Morris a Herbert Marcuse.

Introduzco estas líneas interpretativas, aún desde la estrechez que impone una contratapa, porque sospecho que describe de un modo más preciso que los clisés habituales la actual disyuntiva electoral uruguaya, en lo que hace a las concepciones y a las representaciones de las personalidades en pugna, y al referente de la izquierda y su relación con las masas. El Frente Amplio es la encarnación de uno de los ideales tan deseados como prácticamente imposibles de la izquierda mundial: la unidad, a la que ya me he referido el domingo pasado, que permitió trazar como pocas veces en la historia una frontera tan clara y polarizada entre izquierda y derecha, entre pasado y futuro. Pero la impronta romántica a la que aludo no deviene de este logro tan significativo, sino particularmente de la trayectoria, acciones y personalidad de quién encabeza la polarización en esta coyuntura.

Este romanticismo que a falta de mejor nombre intentamos delimitar aquí no es ni restauracionista, ni mucho menos ingenuo. No es contemplativo sino activo. No persigue una restauración premoderna, sino de rescate de (al menos) una parte de las cualidades y valores perdidos con la modernidad: el sentido comunitario y su integración, la gratuidad y el espíritu del don, el trabajo como arte y realización subjetiva, la armonía y cuidado de la naturaleza, el reencantamiento con la vida. Definida en estos términos, una izquierda romántica no es un oxímoron más como podrían serlo las expresiones "izquierda reaccionaria" o "derecha progresista". Este romanticismo no tiene que ser necesariamente tecnocrítico, apocalíptico y atrasado como no lo es el movimiento hacker, que estuvo y está a la vanguardia de la desmercantilización de los bienes informacionales o digitales.

En Mujica no se trata de un discurso de ocasión, dictado por el marketing videopolítico. De las balas recibidas (y disparadas), del rigor del aljibe y la tortura, da cuenta su cuerpo. Del desprendimiento en la persecución de ideales al límite de la propia vida (como con todos los guerrilleros) da cuenta su historia y más limitadamente en lo que hace a la riqueza material, lo expresa el hábitat que Lacalle, y la ultraderecha que lidera, califican de sucucho. Tuve ocasión de referirme en este espacio a la inédita resignación que tanto el intendente De los Santos como algunos legisladores y líderes, entre los que se encuentra el propio candidato frenteamplista, hacían de una parte muy significativa de sus ingresos (ver "Irritante austeridad"). Es la actitud personificada en el don, para incredulidad de los beneficiarios de media o una docena de miles de dólares de jubilación, si utilizamos con algo más de precisión el sistema contable duodecimal que el candidato blanco inauguró para alivio de Mirta Legrand.

No hay ingenuidad en la entrega, como no la hay en la estrategia. ¿Se puede vivir mejor sin resignaciones del propio peculio? Si por mejor vida se entiende, como lo hace la derecha, el atesoramiento de riquezas materiales, indudablemente que sí, por simple deducción algebraica. Si por el contrario, el buen vivir se interpreta como una realización personal en coherencia ética con los ideales que a lo largo de la vida y en forma dinámica se sustentan, la respuesta es negativa.

De forma tal que no se podrá vivir mejor que quienes hacen de su libertad un medio para la transformación material y política de la realidad colectiva. Desde una trinchera o desde el almácigo de un vivero. Desde un curul hasta el sillón presidencial. Entonces, no se podrá vivir mejor que Mujica, quién cambió balas por flores, luego por leyes y su última apuesta son sueños políticos en próxima floración.

|*| El autor es profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.

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