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Carta al Che de un «joven» comunista (2) 

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Finalmente puedo escribirle Che, lo que tantas veces había  pensado decirle.

Es otro aniversario y puede que ésta sea la ocasión propicia. Los catorceañeros de entonces, nos mantenemos a duras penas de pie con tantas escondidas heridas en el cuerpo y en el alma. Usted comandante, nos ha acompañado a lo largo de toda esta larga jornada. En marchas, desfiles, rayados, balaceras, euforias, tristezas, victorias efímeras, desengaños, clandestinidad, prisión, golpes, viajes, exilios, retornos, partidas, furtivos pasos en aeropuertos innombrables, caminando montes y arroyuelos desconocidos, somnolientos, con una sola noche por delante y ruido de pasos por la espalda. Buscando inspiración en aquello tan suyo comandante : “Hay que endurecerse sin perder jamás la ternura”.

Hace algunos años, un viernes del mes de octubre en el anfiteatro Richelieu de La Sorbona, mientras me preparaba para anunciar al siguiente orador, escuché a mi hermano  Francis Combes.

Invocaba  al mismo Che.  Desde hemisferios distintos, igual lo habíamos percibido. Es que el Che vino y se quedó en nosotros para siempre, “ a pesar del asma, la fiebre y las contradicciones de la historia”.

En 1967, la Avenida Kennedy de Santiago no estaba construida y se llamaba Lo Saldes. Negrito pololeaba con la Beatriz y Tarrito se había comprado una burra descapotable con un  inconfundible color amarillo canario, que enfurecía a los carabineros de la apacible 14° Subcomisaría de Vitacura, situada a un costado del cerro San Luis. Al lado de la subcomisaría pintada de verde y blanco, en un sitio eriazo, se había instalado la Carpa-Circo, donde acudíamos por las noches. Al son de los Beach Boys, enlazaba a una cándida paloma tratando de embelesarla con dichos y sentencias que un hombre barbudo y aparentemente desconocido para ella, me soplaba al oído. Creo que era el único del grupo a quien los bichitos de la poesía y de la política ya lo tenían por las cuerdas. Me convertí en escribidor de declaraciones, mensajes y poemas; en el obscuro y discreto plagiador de las “Páginas escogidas de la poesía mundial” de la editorial Sopena que mi padre guardaba en la biblioteca.

En aquellos años, cuando llegaba a la casa de mi musa inspiradora, la sirvienta con delantal blanco abría la gran  reja de hierro y me hacía pasar. “La señorita Cecilita está tomando onces”, me anunciaba. Curioso, siempre la señorita Cecilita tomaba onces. Nunca la vi desayunar, almorzar o cenar. Pero era un regalo del cielo cruzar desde mi casa, bordeando la plaza del Hoyo, en esos atardeceres con olor a tierra y pasto mojado que tienen los jardines santiaguinos a las siete de la tarde y que hoy invaden mi memoria llegando hasta esta ciudad lejana.

La señorita Cecilita era una bellísima jovencita y ella por supuesto lo sabía. Frisaba los catorce años en 1967 y poseía una imponente corte  de amigos-pretendientes, primeros etcéteras, segundos etcéteras y etcéteras vulgares y silvestres.

Creo con toda honestidad que cuando la conocí me clasificó entre estos últimos. Con el correr del tiempo, y gracias a usted comandante, pasé de un viaje al estamento amigos, saltándome con su barbuda ayuda, el estadio tan desagradable de pretendiente.

Había un jovencito engominado al que los envidiosos llamaban “Pinpón”. A ciencia cierta no sabíamos en qué categoría tendría que haberlo situado. Pero luego las dudas al respecto desaparecieron y por ello, pasé rápidamente al primer nivel, al gratificante y halagador lugar de amigo preferido y entonces…un hombre como usted comandante, de tan mala respiración, me sirvió, incluso en las lides aquellas, de poderosa inspiración.

Se avecinaba mi cumpleaños. Estudiaba en el “primer foco de luz de la Nación”, detrás de la casa central de la Universidad de Chile. Saliendo del  Instituto, vitrineaba la librería PLA en Mac Iver. De ahí proviene gran parte de mi rebeldía literaria y política. Pero también llevaba una segunda vida que contribuía a esa rebeldía : era militante de las JJCC, cuando el local del CC se encontraba en la Avenida Matta, bajo una cúpula tipo Santa Sofía de Constantinopla, donde flameaba una bandera roja…

Mi reclutador había sido un compañero de curso, “Pepe Grillo”. Pero yo, obstinado y radicalizado pequeño burgués, buscaba interlocutores  y discusiones encontradas con compañeros más viejos, por una inexplicable necesidad vital de contradicción, que a Dios gracias, nunca dejé que me abandonara. Por culpa o gracias a esa pasión, mis mejores amigos no eran militantes del PC…

Hoy en día “Pepe Grillo” se ha convertido en un eximio tenista que juega  concienzudamente todas las semanas en un centro deportivo de Santiago…

A mi casa llegaba volando diariamente “El Mercurio”. Un intrépido motonetista lo lanzaba con destreza por encima de la reja del jardín, provocando la ira de Ulda, mi perra boxer. Mi padre volvía por las tardes de su trabajo con “Ultima Hora” bajo el brazo, alentando así mi temprana vocación izquierdista.

“El Mercurio” había logrado -como ahora-  un jugoso contrato con el Senado y publicaba in extenso  los debates parlamentarios. Creo poder citar de memoria los nombres de los senadores que habitualmente intervenían en las sesiones. Me gustaban los radicales que en esos momentos viraban a la izquierda : don Cheque González Madariaga, Hermes Humada, Luis Bossay, Raúl Juliet, Humberto Aguirre y otros pescados menos respetables de cuyos nombres no tengo la menor intención de acordarme. Recuerdo con cariño a Alcides Leal, que no era senador pero sí dirigente del PR en 1967. Fue subsecretario de RREE en el primer gabinete del presidente Allende.

Ese año me ausenté por vez primera de la casa en pleno período escolar y acompañé a mi padre al sur; asistimos a la campaña y elección senatorial de Alberto Baltra. Mi viejo -que detestaba a los beatos- conversaba conmigo mientras recorríamos la longitudinal sur. Estaba sorprendido por mi interés por los debates parlamentarios. Yo sabía que de los “nacionales”, “Cachimoco” Ibáñez era uno de los dueños de Almac. Evitaba entrar al Almac de Vitacura, tratando de convencer a mi madre de hacer las compras en el Unicop vecino.

Por ese entonces usted ya había vuelto de la larga gira por Africa y Asia, preparándose para aparecer con su caparazón de “Tatú” en el Congo. El sector rebelde de la DC mostraba abiertamente la cara. Vea usted donde están ahora los que fueron sus dirigentes. No hay salud. Bueno, rescatemos a Rafael Agustín Gumucio, el viejo, del resto.

-Y de los socialistas ¿que piensas?-, me preguntó mi padre volviendo a Santiago. Le divertían  mis juicios tajantes y despiadados. (Si a los catorce años no se tienen juicios tajantes, extremos, ¿cuándo entonces? Sí, pero usted es harina de otro costal, comandante.)

-Bueno siempre leo a Allende en las discusiones. Ahora que es presidente del Senado, habla a cada rato, da o quita la palabra- le respondí.

-El es masón como yo, me dijo- añadiendo luego en tono confidencial : Pero yo en realidad, soy comunista.

Lo miré de reojo. Sabía que en las reuniones con su grupo de amigos cantores siempre se trenzaba en ardorosas polémicas. Yo en esas ocasiones lo quería más que de costumbre. Cuando comencé a visitar asiduamente a la señorita Cecilita, ya había adoptado una personalísima vía seductora, en la que el rigor discursivo marxista primaba sobre el resto. Combinaba las distintas formas de lucha, de una manera que creía sabia: marxismo, historia del socialismo, del comunismo, mezcladas con préstamos y plagios a libros de poesía (Bécquer, sobre todo Bécquer y Rubén Darío; el infaltable Neruda, con unas pizcas de Pablo de Rokha y el poeta alemán Hölderling) y algunos textos que copiaba del Manifiesto y del Canto General.

Debo admitir que Leonardo Fabio, también jugaba un papel destacado en mi estrategia seductora.

Ella, letrada y fille de bonne famille, no se indignó ni se sorprendió, cuando le conté que era militante de las JJCC. Jamás en su vida, ni de lejos, había visto a un bicho parecido. Sus encantadores labios susurraron: “¡Qué bueno que seas mi amigo!”. No sé si por romanticismo sincero o previendo ingenuamente que la amistad con un bolchevique podría evitarle futuros tormentos a su acaudalado papá.

Hubiese deseado que me riñera, que me enrostrara mi vida de joven rojo y se entablara una discusión donde ella me hubiese dado la posibilidad de explayarme, de desenrrollar mis explicaciones materialistas históricas envasadas, con las cuales la Editorial Progreso  nos había metido el “cáncer” del que habló el pinganilla de aviático aquél, y que a pesar de las contradicciones de la historia, no me arrepiento “un tantico así” de haber leído y estudiado con más dedicación e interés -lo reconozco- que el manual de matemáticas de Pröschle y Zapata. En la librería Prensa Latinoamericana de la calle Mac Iver me procuraba libros inexistentes en otras partes. Allí conocí al Gran Cronopio, que era igual que usted comandante, es decir, que ante los honores y el protocolo gritaba : “¡Ça m’enmerde!”, y que como usted, creía que la revolución no tenía por qué estar reñida con la belleza.

En el mes de mayo “El Mercurio” citaba a una agencia de prensa -yanqui, por cierto- que lo daba por muerto. En junio usted ya se había mejorado comandante, informaban que sólo estaba herido. Recuerdo que estalló la guerra de los Seis Días. Nevó, el ministerio de educación decretó feriado escolar y desde nuestra casa vimos caer la nieve en Nueva Costanera. La nevazón coincidió con el último hit de Adamo: “Tombe la neige…”

En el colegio hicimos causa común con los turcos Eblén, Abugarade y Ananías. Castigamos al chico Scherson metiéndolo en el “insectario” por sionista. Ese insectario es el reducido espacio que hay entre los ventanales y los azulejos color violeta o azul del Instituto Nacional que dan a la calle San Diego.

Por supuesto, desde un comienzo tuve problemas con la dirección de las JJCC. “El compañero tiene sus opiniones”, decían los más viejos. Y si la razón me ligaba a las JJCC, mi corazón simpatizaba más bien con los esfuerzos de exportación  de un “producto no tradicional”, que tenía lugar en ese entonces desde Cuba hacia el continente. Este encuadraba mejor conmigo que lo que venía de Moscú. Pasajes de la guerra revolucionaria me era más cercano que Así se templó el acero. No compraba “El Siglo” porque me cargaba. Corregí con el tiempo esa desviación pequeñoburguesa, pero a veces me da una recaída. Es muy conocido: las viejas taras reaparecen con el tiempo.

Mi papá tenía una colección de “Vistazo” y “Principios”. Yo me enfrascaba en largas discusiones con compañeros de la Jota. Pocas veces me convencieron, porque como usted, Che, siempre consideré que el socialismo “científico” y puramente económico sin la moral comunista, no me interesaba para nada. Pero, vea la paradoja comandante, para seguir siendo comunista tuve que dejar el partido después de cuarenta años…

En ese año 1967 me subía a un trolley -el 5 o 7, no recuerdo- y me bajaba en Américo Vespucio, cerca de las Monjas Teresianas, puesto que a la señorita Cecilita, su padre la había cambiado de las Ursulinas. Fueron -por entre las rejas del colegio- nuestros últimos intercambios y citas furtivas. Luego su hermana mayor casó con el hijo de un general del Ejército. En su casa hubo una fiesta descomunal y con “Pinpón”, nos embriagamos de puro despecho.

Creo que fue a tí, señorita Cecilita, la primera persona a quien obsequié el afiche del Che. Usted sabe comandante,  la famosa foto de Korda el día del atentado al “La Couvre”. Recuerdo que te recitaba el capítulo 68 de Rayuela y tú me preguntabas -¿Qué es eso de tordularse los hurgalios?- Es una nueva moda revolucionaria que hace bien, te contestaba, muerto de la risa. También te regalé un viejo poema de Julio Huasi dedicado al Ché : “No es el ocho ni es octubre/no es la quebrada de El Yuro y  te mataron en octubre…”

En aquel tiempo, la cuestión de las vías y formas de lucha alimentaban un gran debate continental. Y nosotros -como siempre- escuchábamos como el perrito de la RCA Víctor. Poco importaba que en Venezuela por ejemplo, una parte del CC del PCV, preso en el cuartel San Carlos, expulsara a Douglas Bravo por su voluntad de persistir en la lucha guerrillera y que Fidel los acusara públicamente. Teodoro Petkof, el expulsador, fue ministro “renovado” en Venezuela y uno de los líderes de la actual oposición al presidente Chávez.

En Chile, los militantes comunistas -como en muchos países- nada sabían, o nada se les decía. Recuerdo a “Choño” Sanhueza, fusilado en Pisagua por la dictadura, explicándome por enésima vez, con toda su enorme buena voluntad y paciencia,  por qué debíamos regocijarnos con las delicias  que nos aportaba la coexistencia pacífica, la cual nos permitía el lujo de tener en el Chile de Frei, una embajada de la URSS…

Tuvimos una información partidaria sesgada y desconocedora de la Revolución Cubana, de sus dirigentes, de sus logros. Nosotros, un partido sudamericano, nos empecinábamos en  querer encontrar más similitudes y lecciones en la URSS que en Cuba. Como antes se había ignorado a Mariátegui, ahora se ignoraba el casi único aporte a la práctica revolucionaria hecho en nuestro continente desde la muerte del gran comunista peruano. No había en cambio, ningún joven comunista que no hubiese leído toda la literatura partidaria soviética, con sus planes quinquenales, éxitos majestuosos y toda la publicidad por la política de gran potencia que ponía en práctica el país que se daba el pomposo título de “patria del socialismo”.

Orlando Millas ya había cometido su exabrupto en La Habana y el partido tenía un “perfil bajo”, como ahora se dice. Mientras que usted, comandante, buscaba un punto de apoyo para Cuba en medio del segundo movimiento de descolonización desarrollado a partir de los años sesenta. Uno, dos, tres Vietnam, proponía usted, ¡Niet!, respondía la política exterior soviética. Y nosotros, ¿qué decíamos o repetíamos?  ¿Qué su política había fracasado? ¿Qué usted era un soñador, un perdedor, un looser?  “Un idealista, cosa que nada tiene que ver con el marxismo”, sentenciaba muy orondo en esos años un cuadro de las JJCC, quien ahora por supuesto, está en el PPD. Ah, comandante, definitivamente, ¡no hay salud que aguante!

Usted empuñaba su adarga y montaba en Rocinante. Y si trató de liberar galeotes en Bolivia y éstos respondieron denunciándolo a los soldados, digamos con Unamuno que es justamente por eso que se debe “libertar a galeotes, precisamente, porque no lo han de agradecer”.

Un análisis “racional y científico” se decía, nos prueba los graves errores cometidos por el Che. Puede ser. Pero la historia está llena de errores y “divinas sorpresas”. ¿Qué menos “científico” y lejano de las previsiones de los clásicos que la construcción del “socialismo” en un solo país y en el más atrasado de Europa? Pero no, usted era un extremista comandante, ¿No le escribió a su viejo un poco enfadado? : “Tus consejos sobre la moderación, el necesario egoísmo personal, es decir las cualidades más execrables que pueda tener un individuo…no sólo no soy moderado, sino que trataré de no serlo nunca…”

Y a las acusaciones de individualismo usted respondía : “Yo no soy un libertador. Los libertadores no existen. Son los propios pueblos los que se liberan”.

Llegó septiembre de 1967. Nos íbamos a pasear los sábados a mediodía después de clases, frente al Coppelia en la burra amarilla de Tarrito. Un día, por une affaire de juppons, el Loco Eche, le sacó la cresta en una fiesta a un cadete de la Escuela Militar. Haciendo gala de la valentía que demostrarían del 73 en adelante, el valeroso aspirante volvió el sábado siguiente al Coppelia con una compañía de cadetes armados con espadines. Ni cortos ni perezosos nos fuimos a las manos en la callecita La Palma, que se encontraba detrás del Coppelia. La riña fue fenomenal, volaban los denuestos, quepís y bolsones, en medio de los alaridos de las niñas del Santiago College y del Jeanne d’Arc. Acudió luego el Grupo Móvil que terminó por dejar la mansa cagada. “Clarín” del Gato Gamboa tituló al día siguiente : “Gresca de pijes y cadetes en Providencia”. Yo me sentí profundamente ofendido por el epíteto y en Chacabuco tuve ocasión de decírselo. No se acordaba.

En septiembre empecé  a pololear con la Susana de la Jota. Vivía en Maipú y yo tardaba como cuatro horas en ir a su casa y volver. No fue el desamor, no, sino la maldita locomoción.

Y en octubre lo mataron, comandante. Me aprendí de memoria la sesión que se hizo en su honor en el Senado. Habló Salvador Allende, publicó la carta de despedida del Che, un discurso sentido en homenaje a quien había escrito como dedicatoria en un ejemplar del libro La guerra de guerrillas :  “A Salvador Allende, que por otros medios trata de hacer lo mismo”. Un beato pienso, Castillo o Fuentealba, no recuerdo, pronunció algunas palabras. Jaime Barros le habló seco y golpeado a los senadores del PC y Volodia leyó una declaración que a esas alturas me sabía de memoria : “Aunque el PC de Chile no compartía todas sus concepciones, se inclina con respeto ante el desaparecimiento del comandante Guevara”. Se lo situaba como un honesto combatiente antiimperialista, una gran pérdida para el continente, etc. En suma, un hombre, este, honesto.

Al día siguiente, reunión de la FESES en la SONAP, en una callejuela frente al Congreso. Escucho con estupor que en el orden del día no hay prevista ninguna manifestación callejera -apedreo de la embajada yanqui, boliviana, o de El Mercurio- nada que pudiera mitigar en parte, la pena e impotencia frente a su muerte, comandante. Un dirigente de las JJCC trataba de darnos a un puñado de refractarios, las instrucciones recibidas: “No podemos llamar a una huelga. Hemos perdido muchas horas de clases. No podemos plantear un paro por el Ché”.

Con un militante de Espartaco y otros dos amigos más, convencimos al flaco Otárola  que le “pidiera prestado” el auto a su padre. Luego de cargar la maleta con abundantes proyectiles, embadurnamos  con barro la patente del coche  –“porque si los pacos nos pillan y mi viejo se entera, me saca la cresta”- y nos dirigimos sigilosamente al Parque Forestal donde en esos años se encontraba la Embajada de Yanquilandia. Llegamos como un celaje y estaba lleno de pacos. El flaco dobló diestramente a la derecha y se metió contra el tráfico por la calle Bueras, frenó, nos bajamos, abrimos la maleta del Volvo y lanzamos cuantas piedras y ampolletas con pintura pudimos. Luego, el auto partió raudo y llegamos a Irene Morales, mientras a lo lejos oímos sirenas y una pila de pacos correr tras del coche.

Por su culpa o gracias a usted, comandante, cometí mi primer acto de disidencia política abierta contra la línea del partido. Más tarde vendrían otros.

Pero oficialmente, ni las JJCC ni el PC hicieron nada.  No se hizo nada.

Esa herida aún no restañada en mi alma, habla en este nuevo aniversario.

Por ese hombre que sabía que no se podían “levantar himnos de victoria en el día sin sol de la batalla”. Por “el hombre más perfecto de nuestra época”, según Sartre, que hace más de cuarenta años cayó en Las Higueras. Ecce homo de treinta y nueve años, esposado, que rehusa mirar a sus captores. “Tendré solamente la pesadumbre de llevar a mi tumba un canto inconcluso”, recitaba a menudo. Duro con los otros en el combate, pero primero y sobre todo, consigo mismo.

Nos recordó a los jóvenes de entonces, sin que lo encontráramos ridículo, “que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”. Manera de decirse tal vez que a fin de cuentas, el desenlace tantas veces vislumbrado le parecía un sacrificio honorable.

¿Por qué entonces esta fascinación mundial por un hombre supuestamente derrotado? ¿Por qué  desde entonces todos han tornado la mirada hacia ese “pequeño condottiero del siglo XX”, y más aún luego de la desaparición del llamado campo socialista, cuando los ricos del mundo celebraban la victoria que creían definitiva sobre las tres cuartas partes del planeta y que hoy hace agua por los cuatro costados?

Porque usted comandante, encarna lo que hoy en día tanto escasea. Pero también porque las preguntas esenciales, aquellas que se han planteado casi todas las civilizaciones, no tienen cabida en un mundo dominado por el rey dinero.

Entonces, la vieja exhortación guevarista, acerca del sacrificio de sí mismo, aquella de la radicalización más extrema, toma cuerpo y aparece como un espectro que no ha sido ni completa ni definitivamente enterrada: “Poco importa el lugar donde nos sorprenda la muerte. Bienvenida sea, siempre que ese nuestro grito de guerra llegue hasta un oído receptivo”.

En medio del silencio de París, hoy, una vez más me interrogo como mi hermano Francis Combes, quien en una solemne velada de homenaje al Che en La Sorbona, ante un anfiteatro repleto, trataba de recordar quién había escrito aquello de : “La revolución es una bicicleta. Si cesas de pedalear, caes”.

Paco Peña, París, octubre de 2009

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